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La crisis financiera ha traído el despliegue de una retórica anticapitalista, antiliberal e incluso anticonservadora, en todo el mundo. La retórica se ha acentuado, como no podía ser menos, en España. Uno de los últimos ejemplos lo daba la vicepresidenta en Marruecos. Ataviada de conde Drácula, se atrevió a criticar la libertad en uno de los países más dictatoriales e intervenidos del mundo... Tal vez habría estado mejor, aunque sólo hubiera sido por compasión hacia los marroquíes, reducidos a la condición de siervos, hacer un elogio de la prosperidad que la libertad ha contribuido a traer al mundo en estos años...
Por su parte, los dirigentes políticos de todo el mundo han proclamado que están dispuestos a garantizar la solvencia del sistema financiero, que es el núcleo del capitalismo. Así que quienes declaran el capitalismo superado, se postulan salvadores de ese mismo sistema. Eso sí, intentando al mismo tiempo imponer sus condiciones, es decir afirmando que el intervencionismo del Estado, disimulado bajo la forma de nuevos derechos y prestaciones, no va a disminuir nunca. Algo que ellos mismos saben que es mentira, como sabían que estaban mintiendo cuando decían que ni había crisis, ni se la esperaba.
La paradoja ha quedado bien clara cuando un representante del Ejecutivo ha sido incapaz de garantizar que el dinero (de los contribuyentes) que va a aportar el Gobierno para sanear el sistema financiero vaya a llegar nunca a las pequeñas empresas y a las familias. Así que nos están diciendo que van a seguir gastando nuestro dinero para mantener un intervencionismo gubernamental disparatado, de una profunda inmoralidad y que nadie es capaz de saber cómo se va a pagar, mientras que, por otro lado, afirman que van a aportar más dinero –público, se entiende– al núcleo de aquello que dicen combatir.
Nadie les ha prestado el menor crédito y la respuesta a la retórica anti libertad de los círculos políticos la han dado los mercados financieros, que no creen, obviamente, en las medidas gubernamentales ni en las de los bancos centrales. Los mercados siguen hundiéndose o, dicho de otra manera, han proseguido por su cuenta el trabajo de saneamiento al que los dirigentes políticos no se atreven ni siquiera a aludir. Hasta el momento, los mercados son lo único que ha funcionado con eficacia. La clase dirigente política, por su parte, ha quedado en entredicho y ha empezado ya a hacer el ridículo. No recuperará el crédito –si es que lo recupera alguna vez, porque ésta es una de esas crisis que quedan marcadas a fuego en la memoria de varias generaciones– hasta que no empiece a dar alguna señal de humildad.
Lo más probable es que en vez de apearse de sus privilegios prefiera asegurárselos argumentando que está garantizando los llamados derechos sociales. La intervención gubernamental prolongó la crisis de 1929 más de una década. Las consecuencias políticas de aquella crisis, entre las que está el apuntalamiento del totalitarismo, duraron otros cincuenta años, hasta la década de los 80 del siglo pasado. Las de la crisis actual pueden no ser menores y, por lo que se empieza a barruntar, no menos graves.
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