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Pertenezco a una generación que ha llegado tarde a todo. Primero, llegamos tarde al antifranquismo. Fatalidades del destino: el dictador se nos murió de viejo justo cuando empezábamos a perder el tiempo en las juventudes del Partido. Así que toda aquella épica de la militancia revolucionaria, el lucrativo cuento que tanto habrían de exprimir nuestros hermanos mayores, ni siquiera nos dio para fabricar una leyenda colectiva comercializable en el mercado de las emociones kitsch.
Después, igual llegamos a deshora al gran asalto a calzón quitado a la nómina del Estado. En consecuencia, cuando nos caímos del guindo y dejamos de exigir a gritos la socialización de los medios de producción y la nacionalización inmediata y sin condiciones de la banca, amén de otras bagatelas, para sumarnos al muy castizo coro del "qué hay de lo mío", ellos, los antiguos héroes bolcheviques, ya no habían dejado un solo trozo de moqueta oficial sin colonizar. Por no dejar, ni siquiera nos dejaron la esperanza de que surgiese algún hueco a la sombra paternal del Leviatán durante los siguientes veinticinco años.
En consecuencia, nos tocó ponernos a buscar algo parecido a un empleo remunerado en un país con una tasa de paro juvenil del noventa por ciento. Genuina hazaña histórica que, sin embargo, no ha dado pie a ningún emotivo cantar de gesta en el cine subvencionado, ni a autocomplacientes suplementos coleccionables en los dominicales de la prensa. Pero lo peor aún estaba por llegar. Porque, tanto tiempo después, con mucha más cabeza y, ¡ay!, mucho menos pelo, cuando vamos y nos hacemos liberales de una vez, aparecen los legatarios de Adam Smith, Hayek y Von Mises proponiendo...colectivizar el sistema financiero. En fin, hay siglos que uno no debería levantarse de la cama.
En realidad, lo dicho hasta ahora nada tiene que ver con el tema de este artículo. Sin embargo, me ha venido de golpe a la mente al tratar de buscar argumentos contra los liberales; que yo, como el viejo Pio Cabanillas, tampoco sé ya si soy de los nuestros. Y mira por dónde, hay uno inédito, a pesar de ser evidente incluso para las personas que carezcan de formación económica. Veamos. El valor de todas las hipotecas basura que han dejado de pagar los americanos pobres durante este año asciende a 300.000 millones de dólares. Bien, pues las pérdidas sumadas de los cuatro gigantes yanquis que se han hundido a consecuencia de ello (Bear Stearn, Wachovia, Washington Mutual y Lehman) representaban 260.000 millones de dólares, prácticamente la misma cantidad. Dicho de otro modo, ¿cómo puede estar en quiebra el sistema financiero mundial por culpa de unas cuantas hipotecas? Simplemente, porque el malo no se llama –lo siento, amigos– intervencionismo estatal, sino derivados financieros.
Aunque, bien pensado, ése no es el tema de este artículo, yo quería hablar de mi generación.
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