
En uno de los carteles electorales que han comenzado a poblar nuestras calles andaluzas puede leerse: "Vota lo que sientes." Un lema revelador. Lo es, en primer lugar, porque podría pertenecer indistintamente a cualquiera de los partidos que concurren. Pero lo es, sobre todo, porque condensa el modelo pervertido de ciudadanía que pretende imponerse en nuestras democracias contemporáneas, el del elector emocional.
Durante décadas, al menos como ideal normativo, se sostuvo que la democracia requería ciudadanos capaces de deliberar, de contrastar argumentos, de evaluar programas y decidir en función de razones. Ese ideal nunca se cumplió del todo, pero servía de horizonte. Hoy, en cambio, parece haberse abandonado incluso como aspiración. El votante medio ya no es concebido como un sujeto racional en potencia, sino como un consumidor de estímulos políticos, alguien que se "activa" más que se convence.
El resultado es una transformación profunda del discurso público. Las campañas ya no apelan a la más mínima argumentación, sino a la identificación afectiva, como si fueran vulgares programas de tertulias compuestas por jabalíes, tenores y payasos. A ningún político se le pasa por la cabeza persuadir con algún argumento mínimamente racional, sino que únicamente trata de emocionar siguiendo las pautas de la empatía más demagógica y populista. Las consignas reemplazan a los programas, las imágenes sustituyen los razonamientos, y los asesores de campaña han desplazado a los ideólogos. La política se vuelve banal espectáculo y el ciudadano, público cautivo al que le señalan cuando aplaudir o silbar como si fueran focas amaestradas.
"Vota lo que sientes" es, en ese sentido, mucho más que un eslogan, es la formulación explícita de una renuncia. La renuncia a pensar la política como ejercicio de juicio, y el consentimiento a una forma de ciudadanía que confunde participación con pulsión, decisión con impulso. Esta deriva no es inevitable sino el fruto de una estrategia deliberada. Tratar al electorado únicamente como una masa emocionalmente manipulable resulta, a corto plazo, mucho más rentable que considerarlo una comunidad de ciudadanos críticos. Pero el precio es alto ya que cuando la política se reduce a una guerra de estímulos, el espacio público se vacía, la deliberación se extingue y la convivencia se polariza.
Desde esa perspectiva, no votar puede ser también un acto político. No como expresión de apatía, sino como una forma de protesta contra una democracia degradada en mercadotecnia sentimental. Negarse a participar en el simulacro es señalar que algo esencial se ha perdido: la convicción de que el ciudadano piensa. Y una democracia sin pensamiento se vuelve, inevitablemente, un ritual de obediencia emocional, una dictadura amable como la que trazó Aldous Huxley en Un mundo feliz y diagnosticó Hannah Arendt en toda su obra, sobre todo cuando analizó la banalidad del mal. En este caso, la banalidad del mal electoral.
En ese escenario, el presidente de la Junta de Andalucía disfruta de una posición prácticamente inexpugnable. Su camino al poder se ha basado, más que en la confrontación ideológica, en la perfecta administración de la imagen. Educación, cortesía, afecto en dosis calculadas. ¿Su solución a los problemas relacionados con la inmigración como los servicios públicos colapsados y las tensiones sociales provocadas por la negación a la integración de determinados grupos de "migrantes"? Cito: "Un corazón ‘asín’ de ancho", mientras abre los brazos aproximadamente un metro y medio. En el colmo de la demagogia, Moreno Bonilla (que se hace llamar "Juanma" para crear un falso vínculo emocional de cercanía con el ciudadano elector) le recriminó a la candidata socialista que hubiese planteado dos medidas racionales en el sistema sanitario público, como son el copago y las facturas "a la sombra" que simplemente informan a los usuarios del sistema del coste para las arcas públicos de los servicios prestados, que se suelen denominar "gratuitos" como si se pagasen solos. "Juanma" es un político de temperamento moderado que ha entendido que, en la era de la sobreexposición, la forma es fondo, la sonrisa, una política de Estado, y que hay que evitar cualquier medida a largo plazo porque supondría un coste electoral en el corto.
Pedro Sánchez, por el contrario, ha optado por una estrategia que parece inspirada en el voluntarismo ciego. Nombrar una candidata que confunde autenticidad con estridencia y carácter con vulgaridad es un gesto que roza la temeridad y el suicidio. Su discurso directo, lejos de conectar con el votante, confirma la imagen que se tiene de la exministra de Hacienda como la única que podía hacer sombra a Óscar Puente en la carrera por ser el más maleducado del orbe político.
Claro que peor aún ha sido la tentativa de recuperar a viejas glorias para insuflar legitimidad donde falta convicción. Rodríguez Zapatero, con su tono condescendiente, su ética de trilero y su retórica cursi, representa a la perfección el síndrome del autoengaño socialista, consistente en creer que la invocación del pasado basta para disimular el vacío del presente. Cada vez que al aliado de Chávez, Maduro y Delcy Rodríguez habla de derechos humanos se escribe un nuevo capítulo de la historia universal de la infamia, la desvergüenza y el cinismo. Hablar de empatía y justicia social desde urbanizaciones de lujo blindadas, lobbies conectados a dictaduras y torres de marfil académicas ya no conmueve lo más mínimo, sino que produce un gesto de irritación, cuando no de indignación e ira.
En una Andalucía tensionada por los desafíos de la inmigración, el abandono institucional y la desigualdad, el sermón buenista, ya sea de Juanma o Montero, suena a discurso hipórita, a eco desfasado. El ciudadano no debería buscar excusas envueltas en un lacito, sino eficacia y respeto. Sin embargo, los políticos andaluces insisten en sermonear desde la altura, como si el electorado necesitara ser redimido por quienes se creen guardianes de su conciencia. Esa pedagogía condescendiente ha agotado su crédito porque si hay algo que el pueblo andaluz no necesita es de tutores morales que, además, predican pero solo reparten el trigo para sí mismos sino responsables políticos.
Por eso, el andaluz que decide no votar no elige la indiferencia, sino la retirada digna ante un sistema que lo trata como espectador de una tragicomedia cada vez más previsible. La abstención se convierte en un recordatorio de que quien se niega a elegir entre la impostura y la caricatura, la farsa o la tragedia, no renuncia a la política, sino que la exige con mayor seriedad.
Quizá el verdadero desafío no sea decidir qué sentimos al votar, sino qué pensamos al hacerlo. Y mientras la política siga reducida a un concurso de emociones prefabricadas, habrá quien prefiera guardar silencio antes que aplaudir a los jabalíes embistiendo a payasos mientras desafinan los tenores.
