
Se pierde en la niebla de los tiempos pretéritos y, por lo que parece, muy, muy lejanos en nuestros usos democráticos –si es que alguna vez los tuvimos, más allá de acudir a votar–, aquel día en que el Comité Federal del PSOE defenestró a su secretario general. Lo hizo solo a medias y después pasó lo que pasó. El susodicho era Pedro Sánchez y estaba emperrado en el "no es no", abocando a los ciudadanos a votar por tercera vez en poco más de un año. La Comisión Gestora socialista, presidida por el asturiano Javier Fernández, un señor cabal y responsable al que le hubieran puesto a pingar unos y otros si hubiese aceptado dirigir el PSOE, propuso, y así se aprobó por amplia mayoría, abstenerse en la segunda votación para la investidura del candidato del PP. Sucedió el 24 de octubre de 2016 y Mariano Rajoy fue elegido presidente cinco días después. El PSOE antepuso el interés de los ciudadanos a su ideología y estrategia partidista.
Después, España entró en la etapa más convulsa de nuestra democracia. Los independentistas proclamaron la republiqueta catalana. La izquierda reeditó el discurso frentepopulista de "clase contra clase" y la extrema derecha hizo su aparición como fuerza parlamentaria. Comenzó una polarización y división social extrema que anulaba cualquier intento de moderación. Ciudadanos se consumió en sus contradicciones. Resolver los problemas de la ciudadanía y gestionar los dispares intereses de una sociedad tan compleja como la española pasaban a un segundo plano. Además, esto da pocos titulares. Nos declaramos en guerra cultural. Todo es ideología. El muro contra la reacción; el lawfare. Los españoles primero. El problema de estos discursos es que no aguantan un paseo por las calles de muchas de nuestras ciudades. Terrazas llenas con el personal tomándose unas cañitas y hablando de sus asuntos. Los muy inconscientes. Cuando deberían estar alistándose en una nueva Cruzada contra la invasión musulmana o en el Quinto Regimiento para defender la España plurinacional.
Comento con un buen amigo los resultados de las elecciones andaluzas. Conoce bien el paño. "La gente es de sus problemas y no te votan por si eres de izquierda o de derecha. Lo hacen si arreglas lo suyo o si perciben que contigo van a vivir mejor. Ellos y sus hijos". Durante años esto sucedió con el PSOE. El ciclo se agotó entre escándalos de corrupción. Ahora quien gestiona es el PP. Lo hace desde la moderación y esta política le ha valido el apoyo del 41,6% de los ciudadanos que acudieron a votar. Después de ocho años al frente de la Junta de Andalucía, revalidar una mayoría incontestable –19 puntos sobre el PSOE y 28 sobre Vox– es un fracaso para una parte de la opinión publicada porque va a depender de la ultraderecha. Hasta este punto se ha interiorizado el discurso divisivo de Pedro Sánchez. Con la contribución entusiasta de Vox, que tiene en el PP su objetivo a batir. Ahora les toca plegar velas y, después de dar los gritos de ordenanza con la prioridad esa –"¡los extremeños primero..., los andaluces first!"–, preguntarán: "¿De lo mío, qué?". Si Vox quiere sobrevivir y pastorear a sus fieles con algo más sustancioso que palabrería, tendrá que tocar poder y tragarse muchos de sus insultos. Fíjense en el consejero extremeño de Agricultura. Ahí anda ocupado el hombre con las vacunas de la lengua azul. Para eso le pagan. La guerra cultural en los ratos libres.
La izquierda a la izquierda del PSOE ha resultado ser la gran sorpresa. Pues miren ustedes, sí, lo ha sido, si lo analizamos mirando el titular de anteayer. Pero seguro que los expertos nos dicen que los cambios en el electorado tienen una secuencia más amplia. Les doy los datos. En 2018, el año en el que el PP y Ciudadanos, con el apoyo de Vox, desalojaron al PSOE de la Junta, la izquierda se presentó unida en una candidatura –Adelante Andalucía, Podemos, Izquierda Unida, Primavera Andaluza, Izquierda Andalucista… no faltó nadie. Después salieron a tortas. Lo normal. Obtuvieron el 16,2% de los votos y 17 diputados. Ocho años después y alguna que otra puñalada trapera mediante, concurren en dos candidaturas –Adelante Andalucía y Por Andalucía). El porcentaje de voto (15,9%) baja unas décimas y pierden cuatro diputados (de 17 a 13). Esto dicen que es un éxito. Pues será. En las elecciones de 2022 la izquierda se estaba recomponiendo. El desenlace ha sido que los anticapitalistas han superado al PCE emboscado en IU. La suma sigue siendo la misma.
Florentino Pérez es el presidente del Real Madrid –¡Hala Madrid!– ininterrumpidamente desde junio de 2009. Durante estos 17 años el club ha conseguido 7 Copas de Europa, 7 Mundiales de Clubes, 6 Supercopas de Europa, 7 Ligas, 3 Copas del Rey, 7 Supercopas de España, 3 Copas de Europa de baloncesto, 9 Ligas de baloncesto, 7 Copas del Rey de baloncesto, 9 Supercopas de España de baloncesto y 1 Copa Intercontinental de baloncesto. Pero ha bastado una mala temporada para que una recua de envidiosos y frustrados lo intenten achicharrar en la hoguera. Juan Manuel Moreno fue presidente de la Junta de rebote, sin querer ofender, después de 39 años de gobiernos del PSOE –40 si contamos el de Plácido Fernández Viagas–. En las siguientes elecciones consiguió una mayoría absoluta y, después de ocho años, los andaluces le han apoyado mayoritariamente. Pero es un fracaso y tiene que ajustar el discurso de moderación y buena gestión.
La diferencia entre Florentino y Juanma Moreno es que el primero puede mandar a esparragar a los asistentes a una rueda de prensa y el presidente andaluz no. Aunque seguro que ganas no le faltan.
