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Iván Vélez

Delcy Rodríguez y El Dorado

Los hechos acaecidos en Venezuela son fundamentales para refutar muchos de los atributos de la leyenda negra antiespañola.

Los hechos acaecidos en Venezuela son fundamentales para refutar muchos de los atributos de la leyenda negra antiespañola.
La vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez | EFE

El reciente paso, levitatorio en principio, gravitatorio después, de la vicepresidente de la República Bolivariana de Venezuela, Delcy Eloína Rodríguez, por el aeropuerto de Barajas ha dejado un preocupante rastro de sospechas a propósito del contenido de las cuarenta maletas que, tras viajar en la bodega de su avión, se cargaron a pie de pista en un vehículo de la embajada venezolana en España y salieron del aeródromo sin pasar ningún control de seguridad. Las especulaciones sobre lo que albergaban esos bultos apuntan al movimiento de documentación, lógico dadas las conexiones podemíticas y socialistas, Morodo y ZP mediante, con el régimen bolivariano, pero también, dado el precedente del decomiso de una avioneta venezolana con 932 kilos de oro de alta pureza, de otras materias más valiosas. En definitiva, no son pocos los que creen que, al igual que ocurriera con el barco que Hernán Cortés mandó a España desde Veracruz, cargado de regalos que asombraron incluso a Alberto Durero, la aeronave fuera "lastrada de oro", ya sea en su forma metálica ya en timbrado formato vegetal.

La salida de oro de Venezuela ofrece la oportunidad de regresar a las primeras fases de hispanización de aquellas tierras, periodo abierto con la llegada de Alonso de Ojeda a unas costas en las que los barbudos avistaron una suerte de palafitos que a Américo Vespucio, integrante de la expedición, le recordaron a Venecia, razón por la cual bautizaron el lugar como Venecia Chica o Venezuela. Aunque aquellos territorios quedaron incorporados a los dominios hispanos, suelen desatenderse, ensombrecidos por la grandeza de las conquistas de los imperios mexica e inca. Sin embargo, los hechos acaecidos en Venezuela son fundamentales para refutar muchos de los atributos de la leyenda negra antiespañola. Nos referimos, en concreto, a los protagonizados por los banqueros alemanes a los que Carlos I favoreció, obligado por los compromisos financieros adquiridos con ellos durante el tiempo de sobornos que le condujo a su elección como emperador.

Dos fueron las familias, ambas originarias de la ciudad alemana de Augsburgo, en las que se apoyó el monarca: los Fugger y los Welser, apellidos españolizados como Fúcares y Bélzares. Con la primera de ellas ya había mantenido relaciones el abuelo de Carlos, Maximiliano. En cuanto a los Welser, su fortuna se debe al talento de Antón Welser, que se dedicó a la explotación de minas de plata y al comercio de textiles flamencos y lana inglesa. Fue esta familia la que se acogió a la posibilidad abierta en 1525, cuando se permitió que los extranjeros pudiesen establecerse en el Nuevo Mundo del mismo modo que los españoles. Así, el 28 de marzo de 1528 consiguieron la exclusividad para la conquista y colonización de un territorio que hoy pertenece a Colombia y Venezuela. Sin embargo, la implantación venezolana de los Bélzares, lejos de ofrecer una suave alternativa al modo hispánico, mostró formas más cruentas con respecto a la población indígena, sin que por ello la actual Alemania se haya resentido en su imagen. Los Welser, en todo caso, son tratados como privados que no representan a la nación germana.

Según el acuerdo inicial, los banqueros se comprometían a fundar dos pueblos de trescientos habitantes y a construir tres fortalezas. Asimismo, debían enviar a la zona cincuenta técnicos para explotar las minas de su rico subsuelo. A todo esto hemos de sumar el compromiso de armar una escuadrilla de cuatro navíos con doscientos hombres cada uno. La Corona, por su parte, otorgaba el título vitalicio de gobernador y capitán general para el jefe de la expedición, y de teniente de las fortalezas que construyera, a los que hay que sumar el de alguacil mayor y de adelantado de las tierras descubiertas y pobladas, así como la exención del pago de numerosos impuestos. También se les concedía el 4% de los beneficios de la conquista e incluso se les permitía la esclavización de indios que no acataran el requerimiento del doctor Palacios Rubios, de cuya venta debían descontar el habitual quinto real.

Todo ello propició que Ambrosio Alfinger se convirtiera en el primer gobernador de Venezuela desde 1529 hasta 1533, cuando fue asesinado por los indios tras partir en busca de El Dorado, prueba de que el influjo áureo no era exclusiva de españoles. A Ambrosio le sucedió Nicolás Federmann, que, obsesionado por descubrir el mítico lugar, emprendió una expedición que terminó en febrero de 1539 en Santa Fe de Bogotá al coincidir con Gonzalo Jiménez de Quesada y Sebastián de Belalcázar. La muerte vendría a visitarle en febrero de 1542 en la cárcel de Valladolid, a la que fue conducido tras ser acusado de numerosos delitos.

El gobierno de los Welser hubo de ser intervenido varias veces por la Audiencia de Santo Domingo por sus reiterados intentos de evadir impuestos, hasta que, finalmente, el Consejo de Indias les retiró la concesión en 1546, pues a los asuntos financieros hemos de añadir el poco interés que los alemanes mostraron en lo tocante a la predicación de la fe católica entre los indígenas, relajamiento acaso motivado por las simpatías que pudieran tener con el luteranismo.

La conducta de estos mercaderes en tierras venezolanas no escapó a las críticas de fray Bartolomé de las Casas, si bien ello no impidió que, siglos más tarde, Simón Bolívar, cuyo culto sigue vivo en unas repúblicas que se reclaman herederas de su obra, por más que don Simón nunca reparara en aspectos fundamentales del credo que se autocalifica como bolivariano, se refiriera a España, nunca a Alemania, como "desnaturalizada madrastra" o "vieja serpiente".

Hoy, como antaño, los negrolegendarios hombres bolivarianos conservan la lucrativa fascinación áurea, haciendo buenas aquellas palabras de Bernal Díaz del Castillo en las que, después de referirse al servicio a Dios y al rey –ideales hoy sustituidos por "la libertad, la independencia, la paz, la solidaridad, el bien común, la integridad territorial, la convivencia y el imperio de la ley para esta y las futuras generaciones", contenidos en la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, impulsada por Hugo Chávez al finalizar el siglo XX–, expuso los motivos que le empujaron a arriesgar su vida:

Por haber riquezas, que todos los hombres comúnmente venimos a buscar.

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