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Ley y orden mundial

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Aunque el espionaje electrónico internacional no va a desaparecer, se percibe un cambio hacia una mayor vigilancia del enemigo interno, es decir, los ciudadanos. La búsqueda de los grandes secretos entre las naciones está dando paso a la "vigilancia de barrio", donde cada nación extiende sus esfuerzos hacia un mayor grado de control sobre las comunicaciones de sus ciudadanos.

(A.Quirantes, "Echelon y la gran familia" 29/09/00)



Una de las más extrañas paradojas del FBI a lo largo de su historia es que, cuando pasa por época de crítica y ataques, no solamente logra salir del paso sino que sale con poderes reforzados. Como el héroe de película que, tras recibir una paliza descomunal, se levanta para acabar con el malo, los hombres G han salido airosos de todas las purgas. Sobrevivieron al período represivo de Hoover, salieron con la piel intacta de las audiencias de la comisión Church, sortearon los obstáculos puestos ante su paso por las asociaciones de derechos civiles, y ahí siguen.

Hace poco se reveló que el FBI había cometido fallos garrafales antes del 11S. Informes que hubieron podido poner a los agentes de la ley tras la pista de los comandos suicidas fueron ignorados, y los agentes silenciados. Tras un período de histeria inicial, han sido totalmente incapaces de determinar la fuente de los ataque de ántrax (al menos, no pueden revelarlo, que de eso ya hablaremos otro día). La solución ha sido la de siempre: proclamar su falta de medios, solicitar más poderes... y obtenerlos.

Resultaba difícil que, tras las leyes tipo CALEA de los años noventa y la reciente ley antiterrorista PATRIOT, la oficina norteamericana de investigación pudiese obtener todavía más poderes. Pero se ha superado a sí misma. A partir de ahora, los agentes federales podrán inflitrarse en todo tipo de lugares, desde mezquitas a chats, sin mandamiento judicial. Podrán pinchar teléfonos, interceptar comunicaciones, seguir a sospechosos sin demostrar siquiera causa probable. Y, en una orwelliana inversión de la presunción de inocencia, anuncia que se dedicarán tanto a perseguir el crimen como a prevenirlo. Pégale a tu esposa, tú no sabrás por qué pero ella sí, rezaba el dicho. Pues ahora no es un dicho popular, sino que ha sido elevado al rango de ley.

La excusa del terrorismo es perfecta. Los ciudadanos norteamericanos han visto cómo sus grandes enemigos caían uno tras otro, dejando poco más que países molestos aquí y allá. En el Viejo Continente estamos ya de vuelta de todo eso. La opinión pública no apoya ya campañas militares, a no ser que nuestros soldados se dediquen a repartir latas de comida, instalar hospitales de campaña y traer de vez en cuando algún nativo para operarlo y recordarnos a nosotros mismos lo buenos y solidarios que somos.

Pero la lucha contra el enemigo interno salva obstáculos formidables. Permite pulsar las alarmas y autorizar actividades y leyes que en circunstancias normales jamás se hubiesen aprobado. Cuando, hace un par de años, se filtró un plan de la policía británica para almacenar todos los datos de tráfico de los ciudadanos, culpables o no, se armó tal algarada que tuvieron que plegar velas rápidamente. Hace unos días, una propuesta semejante dio el primer paso tras la aprobación en el Parlamento Europeo de una nueva Directiva sobre privacidad en las comunicaciones electrónicas (ver el artículo "Tráfico de datos"). Una propuesta tras otra, inaceptable hace un año, se toma en consideración y aprueba bajo la excusa de la lucha antiterrorista. Y quien se atreva siquiera a criticarla es un amigo de los violentos y le hace el juego a Al Qaeda, por no hablar de que deslucirá la rutilante presidencia española de la UE.

En otros tiempos, el enemigo interno eran los rojos. Comunistas, masones, vagos y gentes de mal vivir. Ahora los malos son los terroristas. Dan más miedo que los pederastas, son más fáciles de combatir que los narcotraficantes y amenazan la civilización occidental en mayor grado que los traficantes de armas. Así que hay que ir a por ellos. Si, por el camino, perdemos libertades, qué mas da. Nos han arrebatado tantas, que un poco más no importa. Claro que hay gente que sí le importa y hace algo al respecto, pero ante la silenciosa mayoría que solamente grita ante Operación Triunfo o los goles de la selección, no hay color.

Dentro de no mucho, el almacenamiento a gran escala de los datos de tráfico (denominado eufemísticamente "retención de datos") será una realidad. Las resoluciones Enfopol, que duermen por miedo a la mala publicidad, podrán ser ahora sacadas del cajón. Luego vendrán los carnés de identidad con datos biométricos y claves digitales, puede que chips implantados. Y por supuesto olvídese de la privacidad de sus comunicaciones.

¿Exagero? Bien quisiera yo. Así que hágase a la idea de que esto es lo que tenemos. Si no le gusta nada de eso, bienvenido a la lucha. Y si le da igual, si piensa que eso no va con usted, siga durmiendo tranquilo. Cuando le toque la china, llámeme y le enviaré el poema ese de Bertold Brecht que acaba diciendo "ahora vienen a por mí, pero ya es tarde".

Feliz (orden) mundial.



Arturo Quirantes edita la página Taller de Criptografía.

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