El duelo mortal de Evaristo Galois

Luis del Pino

2013-06-29

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 29/6/2013

Evaristo Galois murió al día siguiente de recibir un balazo en el estómago mientras se batía en duelo por una mujer. Lo enterraron en una fosa común del cementerio de Montparnasse, cuya ubicación se desconoce. Nadie sabe, por tanto, dónde descansan hoy exactamente los restos del que fuera uno de los mayores matemáticos de la Historia.

Aquel duelo por amor que le llevaría a la muerte se produjo pocos meses después de que Galois fuera expulsado de la Universidad por su compromiso político. Eran tiempos turbulentos, en los que Luis Felipe acababa de ser nombrado rey constitucional después de la revolución de Los Tres Días Gloriosos, que había expulsado del trono a Carlos X, el último Borbón francés.

Su compromiso con las revueltas radicales republicanas no solo motivó la expulsión de Galois de la Universidad, sino que también le hizo dar con sus huesos en la cárcel, por protagonizar un intento de alzamiento con sus compañeros de la Guardia Nacional. Poco antes, Galois había sufrido la muerte de su padre, un radical republicano que se suicidó tras una disputa de carácter político con un sacerdote.

Aquella fiebre política, y sus consecuencias en el terreno personal, hubieran bastado para llenar completamente la vida de cualquier otra persona y absorber todas sus energías. Pero Galois encontró tiempo, en medio de toda aquella agitación vital, para realizar avances revolucionarios en el campo de las Matemáticas. Sus obras completas solo ocupan 60 páginas, y solo se publicaron completamente 11 años después de su muerte, pero a él le debemos muchos de los conceptos fundamentales en los que se asientan las Matemáticas modernas, desde la Teoría de Grupos hasta el cálculo de permutaciones o de raíces de polinomios.

Y lo más extraordinario de todo es que, en el momento de morir, aquel genio francés acababa de cumplir hacía poco... los 20 años de edad.

Es decir, en el espacio de su cortísima existencia, Galois ingresó en la Universidad y fue expulsado de la misma; vivió el suicidio de su padre; publicó o escribió diversos artículos que revolucionarían las Matemáticas modernas; ingresó en el ejército; participó activamente en la vida política de su tiempo, compartiendo las inquietudes revolucionarias de mucha de la juventud de aquella época; fue detenido dos veces; estuvo en la cárcel y salió de ella y murió batiéndose en duelo por su amada. Todo esto en solo 20 años. ¿Cabe imaginar una vida más intensa y novelesca que la suya?

Como saben ustedes, estos días estamos viviendo fuertes debates sobre la Educación en España, en los que resulta inevitable plantearse cuánto se ha degradado la calidad de esa educación con el paso de los años y si los resultados se corresponden con lo que esa educación nos cuesta. Y viendo la figura de Galois, uno se pregunta: ¿sería posible hoy en día en España una figura excepcional como la suya, capaz con 20 años de ser tan fructífera?

La tentación inmediata es responder que no, que nuestro sistema educativo no favorece el que los talentos extraordinarios desarrollen todo su potencial: no se fomenta la admiración por el que más se esfuerza o por el que más genio demuestra, sino que se favorece la mediocridad; no se estimula en los alumnos la creatividad, ni la originalidad; no se inculca la cultura del esfuerzo; no se exige el respeto por quienes tienen que transmitir los conocimientos a las nuevas generaciones... Da la sensación de que, con todo eso, sería imposible hoy en España que alguien como Galois llegara a nada.

Y, sin embargo, no es así. La Educación en época de Galois tenía los mismos defectos que tiene hoy en día. De hecho, Galois no fue al colegio hasta los 12 años: antes de eso, fue su madre, una mujer culta e inteligentísima, la que lo educó en casa. Después, en el colegio, Galois era considerado y tratado por los profesores como alguien brillante, pero poco aplicado. El propio Galois consideraba aquel colegio como un lugar aburrido y mediocre.

Llegado el momento de entrar en la Universidad, su solicitud de admisión en la prestigiosa Escuela Politécnica de París fue rechazada por dos veces, así que Galois se tuvo que conformar con ingresar en la Escuela Normal.

Y en cuanto a sus artículos matemáticos, tropezaron inicialmente con el rechazo de los matemáticos más prestigiosos de su época. Cauchy y Poisson, por ejemplo, rechazaron sendos artículos suyos por "incomprensibles": Galois era demasiado avanzado para aquellos viejos dinosaurios.

Es decir, que Galois llegó a ser quien fue, no por el sistema educativo o las condiciones sociales, sino a pesar de esas condiciones sociales y de ese sistema educativo. Galois hizo lo que hizo a pesar de la rutina del sistema, a pesar de la mediocridad de los maestros y a pesar de la envidia y estrechez de miras de sus colegas.

Hoy en día, existen muchísimos Galois en potencia entre nuestra juventud. Nuestros colegios adolecen de muchos defectos, sí, pero lo cierto es que la tecnología pone a disposición de nuestros jóvenes herramientas de aprendizaje nunca antes imaginadas. Nuestras universidades no se encuentran entre las mejores del mundo, en efecto, pero lo cierto es que nuestros universitarios, cuando salen al exterior, hacen un papel que nada tiene que envidiar al de los titulados de otros países.

Está bien que nos preguntemos qué cambios introducir en nuestro sistema educativo para que lleguen a florecer esos muchos jóvenes que llevan hoy en su interior la semilla de un Galois. Y quizá el más necesario de esos cambios sea inculcar en la sociedad, desde el colegio, la admiración por el esfuerzo y el talento. Pero lo que la historia de Galois sugiere es que, en realidad, lo más importante que puede hacerse en el terreno educativo es, simplemente, dar libertad: libertad para que cada cual enseñe como quiera, libertad para que cada cual aprenda como quiera. Porque es esa libertad la que permite que seres extraordinarios desarrollen soluciones extraordinarias y novedosas.

En lugar de preguntarnos cómo organizar la educación de las nuevas generaciones, ¿qué tal si empezamos a preguntarnos cómo dejar de interferir en la educación de esas nuevas generaciones y damos más libertad a los colegios, a los padres y a los alumnos?

Sería muchísimo más efectivo. Y probablemente más barato.

(P.D.: No os perdáis los mensajes de Belga a Philidor en los comentarios al hilo anterior)