Los riesgos de un período constituyente

Luis del Pino

2013-02-05

Se multiplican las voces que reclaman la apertura de un nuevo proceso constituyente que permita modernizar la Carta Magna que los españoles adoptamos en 1978.

Curiosamente, coinciden en esa petición dos corrientes claramente diferenciadas:

1) Por un lado, los que achacan a la Constitución la deriva partitocrática de nuestra democracia y el actual desbarajuste territorial. Por ejemplo, UPyD presentará mañana su propuesta de apertura de un proceso constituyente.

2) Por otro lado, los que quieren reformar la Constitución en sentido federal, para lograr un nuevo acuerdo con los sectores más posibilistas del nacionalismo. El PSOE en general, y el PSC en particular, se abonan a esta tesis.

Permítanme que manifieste mi escepticismo y que advierta de los riesgos que una reforma constitucional tendría en estos momentos.

¿Por qué soy escéptico? Pues porque los problemas que hoy padecemos no se deben a que la Constitución sea inadecuada, sino a que no se cumple. Una lectura reposada de la Carta Magna permite comprobar que no hay apenas artículos que no estén siendo sistemáticamente violados en la actualidad.

Si eso es así, entonces no sirve de nada cambiar la Constitución, porque cualquier otra nueva constitución, por perfecta que sea, podría llegar a ser pervertida de la misma manera. Si queremos que la nueva constitución se respete, tendríamos que hacer también, en paralelo, una limpia brutal dentro de nuestra casta política, para sustituir a nuestros actuales representantes por personas capaces de cumplir y hacer cumplir la nueva constitución.

Pero entonces, si tenemos que hacer esa limpia en la casta política, ¿para qué necesitamos una nueva constitución? Si la clase política empezara a respetar las normas constitucionales, entonces la actual Constitución sería perfectamente válida.

En consecuencia, creo que deberíamos centrarnos en la regeneración política y dejarnos de abrir procesos que sabemos cómo empiezan, pero no cómo terminan. Y con eso, entremos en los riesgos que percibo.

Si se abre ahora un proceso constituyente, sin haber regenerado previamente la casta política, entonces existe el inmenso peligro de que quienes piloten esa reforma constitucional sean, precisamente, los mismos que han pervertido la Constitución actual. ¿Cuál sería el resultado? Pues que esa reforma constitucional se orientaría de acuerdo con los intereses de la casta política y no de acuerdo con los intereses de los ciudadanos. Y lo más probable es que lo que se terminara imponiendo fuera la reforma federal que el PSOE está reclamando, incluido el derecho de autodeterminación para las comunidades autónomas.

Pero hay otro peligro igualmente grave. La apertura ahora de un periodo constituyente ayudaría, precisamente, a la casta política a desviar el foco de atención. Si la actualidad política se centrara en cómo debe ser esa reforma constitucional, entonces pasaría automáticamente a segundo plano el debate sobre la necesaria regeneración de la casta política. En consecuencia, el periodo constituyente, en lugar de contribuir a sanear la actual situación de putrefacción, contribuiría a prolongarla. La reforma constitucional se convertiría, irónicamente, en el mejor aliado de los que han pervertido y ninguneado la Constitución actual.

Es por eso por lo que me permito, con todos los respetos, sugerir que quizá no sea éste el mejor momento para embarcarnos en modificaciones de la Carta Magna.

Cuando las cosas están muy mal, existe la tentación de tirar por la vía de en medio y proponer cambios aparatosos que, a pesar de ser espectaculares, no tocan los verdaderos problemas de fondo. No cometamos ese error: abordemos primero la renovación de la casta política y luego, con políticos honrados dirigiendo la Nación, nos podremos plantear si hace falta reformar la Constitución o no.