Gerrymandering a la española

Luis del Pino

2013-01-08

 

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 5/1/2013

En Estados Unidos, se denomina "gerrymandering" (pronunciado guerrimandering) a la técnica consistente en manipular las fronteras entre los distritos electorales, con el fin de maximizar el número de representantes conseguidos por el partido que ocupa el gobierno en cada estado.

Imaginen, por ejemplo, un cierto estado que tuviera que elegir tres representantes y en el que hubiera un 65% de voto demócrata y un 35% de voto republicano. Lo más justo sería tener dos representantes demócratas y uno republicano, ¿verdad? Sin embargo, jugando con las divisiones de los tres distritos, se puede conseguir fácilmente que los demócratas se lleven los tres representantes, dejando a los republicanos sin ninguno. O, a la inversa, se puede conseguir que los republicanos se lleven dos representantes y los demócratas uno, a pesar de tener éstos el doble de votos que aquéllos.

Tanto el Partido Republicano como el Partido Demócrata han recurrido, y siguen recurriendo, sin el menor rubor al "gerrymandering": cada vez que consiguen el gobierno en un estado, la primera tentación es redibujar el mapa de los distritos para asegurarse el mejor resultado posible en la siguiente elección. Y en muchos casos se dejan llevar por esa tentación, para escándalo de los defensores de los derechos civiles, que argumentan, con razón, que eso es un auténtico fraude democrático.

No sólo en los Estados Unidos se practica el "gerrymandering". Se trata de una costumbre muy extendida y un ejemplo paradigmático es la Venezuela de Hugo Chávez, donde ese dictador con apariencia democrática redefinió en 2010 los distritos electorales con el fin de asegurarse una mayoría en el Congreso. Y, en efecto, en las siguientes elecciones obtuvo casi dos tercios de los diputados, a pesar de que la oposición tenía más votos.

La redefinición de los límites geográficos de los distritos electorales no es la única manera de tratar de asegurarse un buen resultado. Existen otras técnicas de manipulación electoral, como por ejemplo jugar con el número de representantes asignados a cada distrito, como hizo el PSOE en Castilla-La Mancha, realizando en la época de Barreda un nuevo reparto de escaños donde primaba a las provincias que mejores resultados podían proporcionar al Partido Socialista. Esa jugada no impidió, de todos modos, la victoria en las elecciones autonómicas de María Dolores de Cospedal.

En estos días, se está discutiendo mucho sobre la reforma de la administración que están tratando de pergeñar el Partido Popular y el Partido Socialista. Como saben ustedes, en nuestro país tenemos la friolera de 8100 ayuntamientos, 2000 de los cuales tienen menos de 500 habitantes. Además, tenemos unas autonomías que cada vez más españoles quieren que se eliminen, tenemos unas diputaciones que nadie sabe muy bien para qué sirven, y tenemos mancomunidades que duplican competencias de ayuntamientos, diputaciones y autonomías.

Pero, en lugar de suprimir autonomías, diputaciones o mancomunidades, o en lugar de proceder a la inmediata fusión de municipios para ahorrar costes (como se ha hecho por ejemplo en Grecia por imposición de Bruselas), aquí el PP y el PSOE se dedican a discutir, como medida estrella de ahorro administrativo, sobre la reducción en el número de concejales de cada municipio.

Pretenden presentar esa medida como una manera alternativa de ahorro, pero en realidad se trata de un inmenso paripé, porque los sueldos de los concejales representan el chocolate del loro dentro del inmenso mar de dispendios municipales.

Pero entonces, si esa medida no contribuiría a reducir los gastos de manera significativa, ¿por qué la proponen? Pues muy sencillo: porque es una forma de protegerse ellos mismos. Al reducir el número de concejales, el número de votos necesario para obtener un concejal crece, con lo que ponen más difícil que los partidos minoritarios o los partidos de nueva creación puedan entrar en los ayuntamientos.

En otras palabras: en vez de eliminar estructuras administrativas, lo que el PP y el PSOE barajan al alimón es aprovechar el clamor en pro del ahorro de gastos para hacer un ejercicio de gerrymandering a la española, con el fin de perpetuar el reparto de poder existente.

La palabra gerrymandering se acuñó en 1812, a raíz de una redefinición de distritos electorales que hizo el entonces gobernador de Massachusetts, Elbridge Gerry (pronunciado "guerri"), uno de los padres de la Constitución americana, para tratar de beneficiar electoralmente a su partido. En caso de que la propuesta de reducir el número de concejales con el fin de blindar a los partidos mayoritarios saliera adelante, supongo que deberíamos también nosotros acuñar un término apropiado: por ejemplo, "rubalrrajoyismo".

Pero aquella jugarreta del gobernador Elbridge Gerry no le sirvió para ganar los comicios, igual que la jugada de Barreda en Castilla-La Mancha no impidió la victoria de María Dolores de Cospedal. Así que tendremos que esperar a las siguientes elecciones municipales para saber, finalmente, si el rubalrrajoyismo se sale con la suya o, por el contrario, si empieza a entrar algo de aire fresco en muchos ayuntamientos españoles.