El señor de las moscas

Luis del Pino

2012-11-03

 

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 3 de noviembre de 2012

"El señor de las moscas" es la obra más conocida - casi podría decirse que la única obra conocida - de William Golding, Premio Nobel de Literatura en 1983.

Se trata de una novela magnífica, aunque bastante deprimente. En ella se narra la historia de unos niños, todavía no adolescentes, que sobreviven a un accidente aéreo y quedan aislados en una isla desierta, sin ningún adulto.

Se trata, en cierto modo, de una crítica al mito del buen salvaje, a aquellos que piensan que la naturaleza humana es inherentemente buena y que es la sociedad quien vuelve malas a las personas.

En la novela de Golding, aquellos niños confinados en una isla crean, partiendo de cero, su propia organización social, al estar privados de todo contacto con los adultos. Pero lejos de dotarse de una organización pacífica, justa y benévola, lo que termina triunfando es lo peor del alma humana. Aquellos niños bien educados no tardan en caer en el salvajismo más brutal y las luchas de poder llevan a que un jefe despótico termine haciéndose con el mando y llevando a los náufragos a la mayor de las barbaries, para horror de los escasos niños que aún conservan la cordura. Como cabe esperar, la violencia no tarda en hacerse presente.

El título de la novela proviene del ídolo al que los niños comienzan a adorar, que está formado por una cabeza de cerdo ensartada en una estaca. Las moscas cubren la cabeza putrefacta, de donde proviene el nombre de "El señor de las moscas" con que bautizan al ídolo.

Les recomiendo que se lean el libro, si no lo han hecho ya. Es desasosegante, pero tiene tantas lecturas y encierra tal contenido simbólico, que seguro que les hará meditar.

Uno de esos elementos simbólicos es, precisamente, la imagen del señor de las moscas. En cierto modo, cabría decir que esa cabeza de cerdo colgada de un palo representa la idea de que los grupos humanos no son mejores que los ídolos a los que veneran. Son éstos los que dan la medida de los componentes de una sociedad. Y en el caso de los niños abandonados en la isla, nada mejor que esa cabeza de cerdo comida por las moscas para representar la violencia, la muerte y la putrefacción en las que terminan sumergiéndose los protagonistas, por la vuelta al primitivismo.

Esta semana hemos conocido varias decisiones de determinados ayuntamientos españoles que dan bastante que pensar sobre la naturaleza de la clase dirigente que se adueñado de los destinos de este país. En Madrid, donde el PP gobierna con mayoría absoluta, el ayuntamiento ha decidido poner a una calle el nombre de Santiago Carrillo. Es cierto que Carrillo representó durante la Transición un papel que contribuyó a estabilizar la naciente democracia. Pero no es menos cierto que Carrillo arrastraba a sus espaldas responsabilidades de uno u otro tipo en la terrible matanza del Madrid de noviembre de 1936, en donde en un solo mes fueron asesinados en torno a cinco mil civiles madrileños, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Incluso suponiendo que Carrillo no ordenara esa masacre, ni participara directamente en ella, era responsable de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid, por lo que resulta inverosímil que no supiera lo que estaba pasando y, en cualquier caso, a él le competía evitarlo. Por menos que eso se juzga hoy en día a la gente en el Tribunal Penal Internacional.

El ayuntamiento de Barcelona, donde CIU y PP cuentan con mayoría absoluta, ha entregado la medalla de oro de la ciudad, por su parte, a Heribert Barrera, ex-presidente de Esquerra Republicana de Cataluña fallecido en agosto del año pasado.

Para que se hagan ustedes una idea del personaje, Heribert Barrera fue alguien capaz de pronunciar perlas como ésta: "Hay una distribución genética en la población catalana que estadísticamente es diferente a la de la población subsahariana, por ejemplo. Aunque no sea políticamente correcto decirlo, hay muchas características de la persona que vienen determinadas genéticamente, y probablemente la inteligencia es una de ellas". O esta otra perla: "El cociente intelectual de los negros de Estados Unidos es inferior al de los blancos". O esta otra: "A mí no me parece fuera de lugar esterilizar a una persona que es débil mental a causa de un factor genético". O esta otra: " ¿Por qué ha de ser bueno que se bailen sevillanas en Cataluña, si con eso se pierde alguna tradición propia? Las sevillanas, en Sevilla". En definitiva, se trataba de un personaje racista, clasista y xenófobo, que no dudaba, por ejemplo, en defender públicamente las declaraciones del líder ultraderechista austriaco Jörg Haider.

Por su parte, el ayuntamiento de Murcia, donde el PP cuanta con mayoría absoluta, ha decidido rechazar la propuesta de UPyD de conceder a una calle, plaza o centro cívico, el nombre del fallecido opositor cubano Oswaldo Payá.

De modo que eso es lo que tenemos: en los ayuntamientos españoles se homenajea a presuntos genocidas y a declarados racistas, pero se niega una calle a quien murió peleando por la democracia contra la dictadura castrista.

Como decía al principio, las sociedades, los grupos humanos, los partidos... se retratan de manera extraordinaria mediante los ídolos que veneran.

Nuestra clase política ha instalado sus cabezas del cerdo en mitad de las plazas públicas de nuestros ayuntamientos, y ahora ya no quedan sino moscas y un insoportable olor a podrido.