Ustedes mismos

Luis del Pino

2012-05-12

 

Editorial del programa Sin Complejos del sábado 12/5/2012

El domingo pasado se celebraron elecciones en Grecia, y los resultados han sido aún más catastróficos, para los partidos tradicionales, de lo que las encuestas preveían.

Después de cinco años de crisis económica e incompetencia política, un 25% de los griegos vive ya bajo el umbral de la pobreza. Unicef estima en más de 400.000 los menores que pasan hambre en el país heleno y el abandono de niños por parte de sus padres en manos de ONGs se ha disparado, ante la imposibilidad de darles de comer. El empleo infantil ha hecho su aparición, la criminalidad se ha multiplicado y los incidentes de carácter racista menudean en las zonas con mayor número de inmigrantes.

La riqueza del país ha sido expoliada por una casta política compuesta por golfos, que llevaba décadas en el poder y que ha intentado, desde el inicio de la crisis, mantener su chiringuito por todos los medios, lo que ha obligado a cargar el coste del ajuste sobre las espaldas de los ciudadanos.

Falsificaron las cuentas, jugaron al gato y al ratón con las autoridades europeas en la negociación de cada reforma y cada ayuda. Y pretendieron resolver con cataplasmas lo que requería de una cirugía en toda regla.

Hasta que Bruselas se hartó, claro. Las autoridades europeas impusieron, en lo que constituye un auténtico golpe palaciego, un gobierno tecnocrático de concentración.

Pero la intervención de Grecia, lejos de resolver los problemas, los ha agravado más aún. Porque el gobierno tecnocrático, de nuevo, en lugar de reformar de raíz el sistema político y la administración del estado, ha aplicado ajustes aún más duros a los ciudadanos, agravando la recesión. El paro se ha disparado y las previsiones son que empeore aún más. El país está inmerso en una fortísima contracción económica.

Como consecuencia de todo ello, la clase media griega ha sido literalmente arrasada y empujada a la pobreza. Y la ira de la población ha crecido en proporción exponencial. Hace ya meses que los políticos más conocidos de Grecia no salen a la calle, porque se ha puesto de moda arrojarles yogur y huevos en todo acto público al que acuden.

¿Quién puede extrañarse, en ese clima cada vez más explosivo, de lo que ha ocurrido en las elecciones del pasado domingo? Los tres partidos tradicionales (conservador, socialista y comunista), que hace solo dos años y medio acaparaban el 85% del voto, han quedado reducidos al 40%. Es decir, más de la mitad de los electores ha huido de esos partidos tradicionales a los que perciben como causantes de su pobreza. Los partidos que se oponen a los recortes impuestos por Bruselas han conseguido una aplastante victoria en votos. Y en el parlamento han irrumpido con fuerza la extrema izquierda y la extrema derecha.

Ayer viernes fracasó el tercer intento de formar gobierno tras las elecciones, con lo que probablemente se anuncie en los próximos días la convocatoria de nuevos comicios para dentro de un mes. Y las encuestas existentes apuntan a que los partidos extremistas mejorarán aún más sus resultados, y a que esta vez sería el partido de extrema izquierda el vencedor de las elecciones.

En consecuencia, la salida de Grecia del euro es casi ineludible, con consecuencias en cadena para otros países periféricos (por ejemplo, nosotros) y para la estabilidad de la moneda común.

¿Pero saben ustedes qué es lo peor de la crisis griega? Pues que en España estamos repitiendo milimétricamente los errores cometidos en Grecia, aunque con un retraso de un par de años. La clase política española está intentando, desde que se desató la crisis, aplicar cataplasmas para mantener el actual reparto de poder y la actual estructura del estado, que es la responsable de nuestra ruina. Y, debido a la falta de dinero, tratan de que seamos los ciudadanos los que paguemos la factura de la crisis, lo cual nos está empujando a una recesión aún más profunda.

Las subidas de impuestos aprobadas por el gobierno de Rajoy no han servido para aumentar la recaudación. Por el contrario, los ingresos del estado han caído en 9000 millones al cierre del primer trimestre.

Con una rapidez extraordinaria, la situación económica de España se deteriora a ojos vista. Encadenamos ya 51 meses consecutivos de caída de la afiliación a la Seguridad Social, si analizamos la serie de datos desestacionalizados. Y la insumisión de las comunidades autónomas, la imposibilidad de cumplir los presupuestos aprobados y la debilidad de nuestro sistema financiero están sometiendo a nuevas presiones a la deuda española, con lo que es posible que Bruselas se vea obligada a intervenirnos más pronto que tarde. El hecho de que Grecia salga del euro a corto plazo no hará sino acelerar aún más el deterioro de nuestras cuentas y el consiguiente rescate.

Y cuando Bruselas nos intervenga y nos imponga un gobierno de coalición, con o sin presidente tecnocrático, no será para acabar con el chiringuito actual y reformar el estado autonómico. A Bruselas le da igual cómo queramos estructurar nuestro estado, así que se limitarán, como en Grecia, a imponer ajustes aún más duros a los ciudadanos, por la vía de la subida de impuestos y el despido de funcionarios.

Y cuando eso suceda así, la clase media española terminará de recorrer la senda del empobrecimiento por la que ya transita, y dentro de dos años nos encontraremos con una población encolerizada y presa de la desesperación, que entregará la llave del parlamento a los extremismos de uno y otro signo, como acaba de suceder en Grecia.

El Gobierno del PP tiene aún la oportunidad de corregir el rumbo. Pero el tiempo se está agotando. O se centralizan las competencias autonómicas, se acaba con el rozamiento interno provocado por los nacionalismos, se eliminan las diputaciones, se reduce a la mitad el número de ayuntamientos, se prescinde de los liberados sindicales, se cierran las empresas públicas improductivas y se acaba inmediatamente con el régimen de subvenciones y mamandurrias de todo tipo... o dentro de dos años no quedará nada del actual sistema y el régimen democrático empezará a correr serio peligro.

Evidentemente, esas reformas exigirían que la clase política española renunciara a buena parte de sus fuentes de ingresos y a buena parte de su poder. Pero es que el caso griego demuestra a las claras cuál es la disyuntiva existente: o renunciar a una parte de su poder ahora o perderlo absolutamente todo de aquí a dos años.

Así que: ustedes mismos, queridos políticos.