El chico de los azotes

Luis del Pino

2012-04-29

 

Editorial del programa Sin Complejos del domingo 29/4/2012

Ando estos días leyéndome una excelente y famosa saga de literatura fantástica: la "Canción de hielo y fuego", de George R. R. Martin. Y me he topado en ella con un par de referencias a una institución que tuvo su importancia en la Inglaterra de los siglos XV y XVI. Me refiero al "chico de los azotes".

El asunto era el siguiente: como los reyes gobernaban por derecho divino, se supone que a un príncipe sólo podía ponerle la mano encima el propio Rey; ninguno de los súbditos tenía la categoría suficiente para golpear al hijo del monarca. Pero claro, en aquella época en que se practicaba la bárbara costumbre de "la letra con sangre entra", eso planteaba graves problemas a la hora de educar a los principitos: como los reyes estaban todo el día dedicados a guerrear, a decapitar a nobles díscolos y a engendrar bastardos, la educación del heredero se delegaba en ayas, tutores y personajes de la corte. Los cuales se encontraban, por supuesto, con que no podían castigar a su real alumno cuando a éste le daba por hacer su principesca voluntad.

Y entonces, a algún lumbrera se le ocurrió la feliz idea de colocarle al príncipe un amiguito de juegos, para que creciera y se educara con él, y a ese amiguito se le nombraba "chico de los azotes". Cada vez que el príncipe se comportaba de manera grosera o rebelde, el chico de los azotes se llevaba la somanta de palos destinada al hijo de Su Majestad, que tenía, eso sí, la obligación de ver en persona cómo apaleaban por su culpa a su amiguito.

Y como los príncipes no solían tener muchos amigos de su edad con los que jugar, parece que cogían cariño a su chico de los azotes y que la técnica funcionaba. O al menos funcionó lo suficientemente bien como para que esa institución tan peculiar durara un par de siglos.

Desde luego, a quien le resultaba utilísimo el sistema era al propio príncipe, que podía delegar en su amiguito la engorrosa tarea de ser azotado.

El chico de los azotes solía ser de buena familia, por lo general algún hijo menor de algún noble del reino. Y los reyes solían recompensar adecuadamente los servicios prestados por su álter ego azotable. Es el caso, por ejemplo, de William Murray, el chico de los azotes del rey Carlos I de Inglaterra, a quien éste nombró conde de Dysart después de acceder al trono.

Les cuento todo esto porque, como ya sabrán, hoy se van a celebrar anticipadamente las manifestaciones del Primero de Mayo. Los pobres sindicalistas han visto este año que ese día internacional de la lucha sindical caía en puente y, para poder cogerse unos días de merecido asueto, han decidido pasar las manifestaciones a hoy domingo, 29 de abril. Si cada país tiene una hora distinta, habrán pensado, ¿por qué el Primero de Mayo tiene que coincidir en todos sitios?

Y eso me ha hecho reflexionar profundamente, estos días pasados, sobre el inhumano trato que dispensamos a nuestros abnegados dirigentes de los sindicatos oficiales.

¿Hay derecho a obligarlos, año tras año, a representar las mismas pantomimas sindicales? ¿Es justo obligar a esos dirigentes liberados a repetir cada año las mismas sandeces sobre la lucha de la clase trabajadora? ¿Está justificado hacerles a memorizar consignas que ya eran casposas y gastadas a mediados del siglo XX? ¿Acaso no es inhumano forzar a Toxo o a Méndez a asistir a esas concentraciones llenas de unos obreros que tanto les incomodan?

Los sindicatos oficiales son una institución fundamental para la estabilidad de nuestra sociedad. Si no lo fueran, no nos gastaríamos en ellos la pasta que nos gastamos. Pero entonces, ¿por qué tratamos de esa forma tan cruel a sus dirigentes? ¿Acaso no están liberados? ¡Pues liberémoslos de verdad!

Yo creo que deberíamos asignar a cada dirigente sindical un "chico de las manifestaciones", con cargo al presupuesto público. De ese modo, el pobre dirigente sindical podría liberarse también de asistir a todo tipo de actos ridículos, llenos de gente cutre que se cree que los sindicalistas tienen tiempo que perder en bobadas que no van a ninguna parte.

Así, cuando llegara el Primero de Mayo, los liberados enviarían a su chico de las manifestaciones y éste podría encargarse de leer los discursos huecos sobre la defensa del obrero frente al malvado capitalista, de levantar el puño, de cantar la Internacional y de esos otros ritos tan ridículos de la secta sindical, que tanta vergüenza les hacen pasar a los pobres dirigentes del sindicato.

Incluso podríamos llegar a revitalizar un poco esas concentraciones sindicales. Al ser el chico de las manifestaciones el que asistiera - y no el dirigente sindical, cuya integridad física no debe correr riesgos - podríamos organizar algo más de jarana con la Policía. De haber palos, éstos se los llevaría el chico de las manifestaciones, que para algo le pagamos. Con algo más de jaleo, podríamos aumentar asimismo el interés del paripé sindical y entretener mejor al populacho, que ya se estaba empezando a aburrir en los últimos años.

Los dirigentes sindicales, por su parte, quedarían libres, con esa solución, de todas esas tareas tan ingratas de asistir a concentraciones y marchas, que se pueden delegar perfectamente en alguien con menos preparación que ellos.

Y así nuestros sindicalistas podrían concentrarse, en cuerpo y alma, en las labores verdaderamente importantes, a saber: cobrar de empresas por no trabajar en ellas, hartarse de marisco con cargo al erario público, buscar algún buen ERE en el que infiltrarse por el morro, trincar dietas en consejos de administración de corporaciones cuyo nombre ni siquiera recuerdan, hacer cruceros por el Báltico, alternar con la patronal en fundaciones tripartitas y, en general, rascarse los cataplines de la mañana a la noche.

Ya que usamos fondos públicos para pagar a los liberados sindicales, por lo menos saquémosles el máximo partido, ¿no?

Así que propongo formalmente contratar de inmediato chicos de las manifestaciones para nuestros dirigentes sindicales. Los oyentes que estén a favor, que levanten la mano.