Camisetas contra la crisis

Luis del Pino

2012-04-08

 

Editorial del programa Sin Complejos del domingo 8/4/2012

A mediados de 1983, el equipo de desarrollo a las órdenes de Steve Jobs en la empresa Apple se enfrentaba a la titánica tarea de intentar acabar contra reloj el diseño de lo que sería el producto más emblemático de la empresa: el ordenador Macintosh.

Los conceptos en los que se basaba ese ordenador habían estado madurando a lo largo de los años anteriores y había llegado el momento de demostrar, tanto a los accionistas de la empresa como al mercado, de lo que eran capaces tanto Apple como Steve Jobs.

La situación era enormemente delicada para la compañía, que necesitaba desesperadamente un éxito comercial con el que enfrentarse a su principal competidor, IBM. Pero también era delicada para el propio fundador de Apple, a quien algunos miembros del consejo de administración comenzaban a cuestionar.

Con un equipo de desarrollo de menos de cien personas, Jobs se había comprometido a sacar al mercado el primer modelo de Macintosh en enero de 1984. Y la fecha límite se iba acercando a toda velocidad.

Aquel equipo de ingenieros sabía que estaba desarrollando un ordenador que iba a revolucionar el sector, fuera o no un éxito comercial. Llevaban trabajando a las órdenes de Steve Jobs en aquel proyecto desde 1981 y eran conscientes de que la máquina que tenían entre manos representaría la cumbre de la innovación en el campo de la informática personal.

Y había llegado el momento de apretar el acelerador, porque el tiempo se acababa.

Durante aquel segundo semestre de 1983, la locura creativa se apoderó de aquel departamento de desarrollo. A cualquier hora que uno se pasara por la sede de Apple, aunque fuera un domingo a las 11 de la noche, podía toparse con muchos ingenieros de software trabajando contra reloj para terminar el producto a tiempo. No era raro que aquellos jóvenes ingenieros dedicaran a su tarea 70, 80 y hasta 90 horas de trabajo a la semana.

Al principio, eran solo los programadores los que vivían prácticamente en la sede de la empresa, pero pronto, a medida que se iba acercando la fecha de entrega, el resto de los empleados comenzó también a quedarse para intentar echar una mano. Aunque solo fuera trayendo la cena a los que estaban programando, para que no tuvieran que levantarse de su puesto. Los miembros de aquel departamento de desarrollo de Apple comenzaron a llevar una camiseta en la que podía leerse "Trabajo 90 horas a la semana y me encanta".

Y ese equipo de menos de cien personas logró, a base de tesón y esfuerzo, acabar a tiempo el producto. Y lo lograron no porque tuvieran un jefe esclavista que les atara a la silla, ni porque estuvieran extraordinariamente bien pagados. Si lo hicieron es, principalmente, porque se sabían parte de algo importante; porque eran conscientes de que el Macintosh iba a ser un hito en la Historia de la Informática; porque se sentían orgullosos de su trabajo y de pertenecer a una empresa que estaba sentando las bases tecnológicas del futuro.

Hicieron una proeza porque tenían algo en lo que creer, porque formaban parte de un proyecto colectivo en el que volcar su orgullo y su entusiasmo.

¿Se imaginan ustedes que aquel prodigio hubiera sido posible si parte de los empleados del departamento hubiera estado perpetuamente hablando en los pasillos de que Apple era una mierda y que lo mejor que podrían hacer es buscarse otro trabajo o montar su propia empresa?

¿Se imaginan que aquel entusiasmo colectivo hubiera sido factible si parte de los empleados hubieran estado todo el día sin dar un palo al agua, viviendo de lo que sus compañeros producían?

¿Se imaginan que aquella auténtica hazaña hubiera llegado a culminarse si Steve Jobs, que era un líder nato, no hubiera sabido insuflar en sus empleados, lo primero de todo, el orgullo de ser parte de aquella empresa innovadora?

España se enfrenta a la peor crisis económica de su historia reciente. Y a lo largo de los últimos años hemos asistido a intentos patéticos de animar a los españoles a esforzarse por salir de esa crisis. Intentos patéticos como esa artificial campaña de "Esto solo lo arreglamos entre todos", que estaba condenada al fracaso antes de nacer, porque los hechos de nuestros políticos desmienten el mensaje un día sí y otro también.

Es imposible que el pueblo español asuma como propio el esfuerzo de salir de la crisis mientras siga percibiendo que nuestros dirigentes son los primeros en no creer en la marca España. Ni mientras siga constatando que son centenares de miles los paniaguados que viven estupendamente a costa del esfuerzo de los demás. Ni mientras siga viendo cómo hay gente que utiliza el dinero de todos para insultar, humillar o tratar de destruir esa nación que nos dicen que tenemos que rescatar.

Si queremos que España salga adelante, la única manera de hacerlo es devolviendo a los españoles el orgullo de ser españoles. Dándoles un motivo para esforzarse, no como quien asume una carga, sino como quien comparte una ilusión.

 Y para ello es preciso marginar a quienes están perpetuamente poniendo palos en la rueda, a quienes boicotean sistemáticamente esa empresa colectiva llamada España, a quienes viven a costa de los que verdaderamente producen, a quienes renuncian a liderar a la ciudadanía en el complicado futuro que se nos avecina, a quienes tratan de evitar un día sí y otro también que los españoles sintamos nuestra nación como algo por lo que merece la pena trabajar y luchar.

Sólo cuando hayamos marginado a quienes arruinan toda posibilidad de entusiasmo, seremos capaces de implicar a los españoles en un proyecto de regeneración y comenzar a intentar la superación de esta crisis económica.

¿Quieren ustedes, queridos dirigentes nuestros, que los españoles saquemos fuerzas de flaqueza y levantemos este país? Pues dennos motivos para lucir también nuestra propia camiseta.

De la misma manera que los empleados de Apple hicieron el milagro porque alguien creó las condiciones para que tuviera sentido llevar una camiseta que decía "Trabajo 90 horas a la semana y me encanta"; de la misma manera, digo, todos los esfuerzos que hagamos están condenados al fracaso hasta que no seamos capaces de insuflar en los españoles un espíritu que les mueva a lucir una camiseta que diga "Estoy trabajando para levantar España y me siento orgulloso de ello".