Thorn, un pedacito de historia blanca en Holanda

Carmelo Jordá

2011-11-08

En buena parte de España un pueblo blanco es algo tan excepcional y noticiable como un banco con cuatro patas; en Holanda, por el contrario, un pueblo blanco es casi un acontecimiento. Si a eso le unimos una historia verdaderamente sorprendente y un pequeño pero coqueto conjunto de preciosas calles ya tenemos un lugar que es casi obligatorio conocer si viajamos por el interior de los Países Bajos: Thorn.

Aunque no suelo detenerme en estas cosas, en el caso de Thorn es imprescindible hablar de su historia, porque esta es más que curiosa: la pequeñísima ciudad no sólo era un minúsculo estado independiente dentro del Sacro Imperio Romano - Germánico, sino que además estaba gobernado por mujeres: la máxima autoridad del lugar era la abadesa del peculiar convento que le dio origen.

Peculiar porque no era una orden monástica al uso, ya que estaba compuesta sólo por mujeres (hasta ahí todo normal) y, sobre todo, sólo por mujeres nobles o, casi mejor, nobilísimas: para entrar tenían que demostrar ascendientes de sangre azul en varias generaciones; y también porque seguían unas normas singularmente relajadas para lo que cabría esperar de una vida contemplativa.

Siglos después...

La historia de Thorn como estado independiente y bajo el poder de las abadesas acabó con la invasión de los revolucionarios franceses en 1795 y entonces se produjeron los acontecimientos que darían a la pequeña ciudad el aspecto que todavía tiene hoy en día: para empezar campesinos pobres ocuparon la casas abandonadas por el personal y las monjas de la abadía, que eran más grandes y mejores que las suyas.

Se planteó entonces un problema: por aquel entonces las casa pagaban sus impuestos en virtud de la superficie de sus ventanas, así que a los campesinos, que pese a sus flamantes viviendas seguían siendo pobres, no les quedó otra que tapiar algunas. Y para disimular el estropicio estético decidieron encalar por completo las paredes.

Así que Thor hoy en día es una pequeña y coquetísima ciudad de casas con un inequívoco aire holandés pero primorosamente pintadas de blanco, con luminosas paredes que contrastas con los oscuros marcos de las ventanas supervivientes y con calles tranquilas de adoquines por las que los vecinos se mueven en bicicleta, como si quisieran recordarnos que, pese al decorado, seguimos en Holanda.

La iglesia y el cementerio

Otra cosa que Thorn nos muestra todavía de su pasado es la espléndida iglesia, que está en el centro del pueblo y lo domina por completo, para que no olvidemos que nació de la abadía.

Desde el exterior de la iglesia nos llamará la atención la alta torre, pero lo que realmente resulta sorprendente es su interior, blanquísimo como el pueblo y muy luminoso, con una peculiar pero elegante mezcla de estilos: desde el gótico de la hermosa bóveda hasta el barroco, casi rococó, del altar mayor.

Junto a ella un pequeño cementerio (todo es pequeño en Thorn, como en un ‘pueblo de muñecas’) que tiene también su encanto y que está en mitad de la ciudad, recordándonos que la otra vida está más cerca de lo que nos gusta creer.

Eso sí, mientras tengamos tiempo de disfrutar de ésta Thorn es un excelente lugar para hacerlo: paseando por sus blancas calles, disfrutando de la tranquilidad de un pueblecito por el que casi no circulan otra cosa que bicicletas y, ya puestos, paladeando un trozo de la deliciosa tarta de melocotón que nos ofrecerán en la pastelería – cafetería de la plaza.