Ocaña y Yepes, pura Mancha

Carmelo Jordá

2011-09-19

No sé si por malformación personal derivada de los viajes de mi infancia o quizá por influencia cervantina, siempre he asociado La Mancha a las planicies albaceteñas y, como mucho, a las no menos chatas llanuras de Ciudad Real, pero el caso es que la provincia de Toledo también tiene su parte manchega, con ese mismo carácter severo, seco, tan castellano al cabo.

Y en esa Mancha encontramos pueblos y poblachones (como se decía de Madrid) de lo más manchegos, perdonen la perogrullada, y que son atractivos lugares para un viaje en el queramos disfrutar de esa región a la que un Hidalgo viejo y enloquecido ha dado, sin saberlo, fama mundial. Tal es el caso de nuestros destinos de hoy: Ocaña y Yepes.

Un paisaje musical

No tiene el paisaje manchego la buena fama que se merecería: el viajero común prefiere la exuberancia de las zonas más verdes, o la variedad de las costas que se rompen aquí en calas allá en acantilados, pero a mí siempre me ha fascinado la monotonía y la sutilidad de las llanuras quijotescas en las que se encuentran Ocaña y Yepes, en las que el horizonte cambia a poquitos y lentamente, como en una pieza para piano de Steve Reich.

Será esa música lenta y repetitiva pero hermosa la que nos llevará hasta Ocaña, llamada "puerta de La Mancha" y un pueblo que, sin duda, sorprenderá a muchos porque tiene bastante más que ofrecer de lo que se podría esperar gracias a una historia rica, en ambos sentidos de la palabra.

Lo más espectacular de Ocaña es su Plaza Mayor, que presume de ser la tercera más grande de España, se entiende que entre las "cerradas" por un único edificio, como las de Salamanca o Madrid. No es, obviamente, tan grandiosa como estas dos, pero sí es una plaza grande, hermosa y con unas líneas equilibradas, quizá no majestuosas pero sí elegantes y nobles.

La mejor perspectiva, al menos para mi gusto, desde debajo de los soportales, con la luz del sol entrando en vuelo rasante y las sombras de los arcos dibujando un enorme paso de cebra en el suelo.

La justicia y la picota

No es la plaza lo único que merece la pena verse en Ocaña, la Justicia en todo un campo interesante en la ciudad toledana, bien en su versión antigua, representada por la vieja picota que lleva siendo símbolo de la legalidad desde el S XV, y es un curioso monumento de estilo gótico.

Más espectacular todavía es la Justicia actual, pero precisamente por lo poco actual de su entorno: los juzgados están en el llamado Palacio de los Cárdenas, que casualmente o no es de la misma época que la picota y uno de los símbolos de la ciudad, especialmente por su bello patio interior y sus bellísimas decoraciones de las que, lástima, no se conservan todas.

Hay más cosas que ver en Ocaña, la Fuente Nueva, los conventos, algunas iglesias, callejear por su parte vieja... pero nosotros vamos a partir ya en dirección a Yepes. El camino es corto, poco más de ocho kilómetros, y la recompensa vale la pena: Yepes tiene su propia y deliciosa Plaza Mayor, un casco viejo pequeño pero que está catalogado como Conjunto Histórico Artístico, murallas, casas señoriales y, sobre todo, una espectacular iglesia.

Tan espectacular que la llaman la Catedral de la Mancha, aunque desde luego no es una catedral pero sí una Colegiata, dedicada por cierto a San Benito Abad. Tan orgullosos están los indígenas de ella que según dicen "sólo le falta una columna" para alcanzar el rango catedralicio, frase tan incierta como cierto es que llegar frente a ella nos hace pensar como puede ser que tengan en un pueblo tan pequeño ese pedazo de iglesia.

Pero es que Yepes, como ya nos ha pasado con la propia Ocaña, tiene a engañarnos, y allí donde sólo esperamos encontrar destartalados poblachones manchegos tenemos dos pedazos de historia que han llegado a nuestros días y nos hablan de esa región de caballeros, hidalgos y pueblos en los que el sol da de plano en verano y el viento nos hiela en invierno.