ETA asesina a un toxicómano y su hijo tiene que abandonar el País Vasco

María José Grech

2011-06-02

A las dos de la tarde del 2 de junio de 1993, tres días antes de las elecciones generales, la banda terrorista ETA asesinaba de un tiro en la cabeza al toxicómano ÁNGEL MARÍA GONZÁLEZ SABINO. Al parecer, ETA pretendía asesinar a cualquiera de los tres hermanos González Sabino, presuntamente por su vinculación al narcotráfico.

Tres etarras se dirigieron al domicilio familiar de los González Sabino en el barrio de La Paz del extrarradio donostiarra. Uno de ellos se quedó esperando en la calle, realizando labores de cobertura y vigilancia, mientras los otros dos subieron al décimo piso del inmueble donde vivía la familia. Llamaron al timbre y, cuando Ángel María abrió la puerta, uno de los terroristas le disparó un único tiro en la cabeza que le ocasionó la muerte en el acto. Ángel cayó hacia atrás en el vestíbulo de su modesta vivienda. En el lugar de los hechos, la Policía encontró un único casquillo de 9 milímetros marca SBP.

Los médicos del servicio de asistencia DYA sólo pudieron certificar su muerte y atender a Julia, la horrorizada compañera de Ángel, que fue testigo del crimen. Sentada en el suelo, fuera de sí, en un mar de lágrimas, la joven repetía a quien quisiera oírle que Ángel María era toxicómano y que no debía nada a nadie, que no tenía problemas con nadie, que no podía haber sido un ajuste de cuentas. Como tantos otros drogadictos, Ángel González "trapicheaba para sacarse lo suyo y salir adelante".

Al funeral por Ángel María González no asistió ninguna autoridad pública, salvo Gregorio Ordóñez que, una vez más, dejó constancia de su grandeza y humanidad. Lo mismo ocurrió con el asesinato el 6 de abril de 1990 de la pareja formada por Elena Moreno Jiménez y Miguel Paredes García, también justificado por la banda terrorista por la supuesta relación de las víctimas con el tráfico de drogas. En aquella ocasión el presidente del Partido Popular de Guipúzcoa declaró que "hasta en los muertos hay ciudadanos de primera y de segunda categoría (...), cuando los muertos son una pareja de desconocidos, como Miguel y Elena, no se ve a los políticos importantes por ninguna parte".

El párroco que ofició el funeral por Ángel María González leyó un mensaje del obispo de San Sebastián, José María Setién, en el que, entre otras cosas, se decía: "Que nadie pretenda buscar razones de justificación, ni siquiera de disculpa. Ni el ajuste de cuentas ni la defensa de bienes sociales, ni los cálculos estratégicos son razones para ocultar la injusticia y la crueldad de una acción de esta naturaleza". 

El hijo de Ángel vivía con su abuela materna, Ana María, que en 1997 tomó la decisión de abandonar el País Vasco e irse a vivir a Madrid cuando compañeros del niño comenzaron a llamarle el "hijo del chivato" asesinado por ETA. Como había ocurrido siempre que ETA asesinaba a toxicómanos o personas presuntamente vinculadas con el narcotráfico, la banda terrorista y su entorno extendieron el rumor de que era confidente de la Policía. De esa forma la banda intentaba vincular a las fuerzas de seguridad con el tráfico de drogas.

Con el título "El hijo del chivato", Nieves Colli publicó el testimonio de Jon y Ana María en un reportaje publicado en ABC (09/04/2004):

(...) La epopeya de Ana María no comienza con el atentado que, el 2 de junio de 1993, acabó con la vida de su yerno. Su historia empezó mucho antes y ETA no hizo sino apalear al apaleado. A perro flaco todo se le vuelven pulgas, dice el refrán. Ana María y su esposo -padres de cinco hijos- eran feriantes, trabajo que les permitió contactar con políticos en numerosos municipios vascos. Entre ellos, el que fuera presidente del PP guipuzcoano, Gregorio Ordóñez, asesinado por ETA el 23 de enero de 1995, y su sucesora en el cargo, María San Gil, en el punto de mira de los terroristas y condenada por ello a vivir con protección. Cuando en 1993 ETA asesinó a Ángel (el yerno de Ana María) por su relación con el mundo de las drogas (...) Ana María ya se había hecho cargo de su nieto Jon ante la incapacidad de su hija Julia y del marido de ésta, ambos toxicómanos, de educar al chiquillo. A los tres años de edad, Jon apenas conocía a su padre que, durante ese tiempo, cumplió con el servicio militar primero y con una condena después, tras verse implicado en una pelea. En 1987, cuando Ángel salió de la cárcel, éste y Julia se casaron y volvieron a hacerse cargo de su hijo, al que llevaban los fines de semana a casa de Ana María. Al niño le gustaba estar con su abuela. Pero la normalidad duró bien poco. Ángel volvió a engancharse a la droga y detrás de él Julia, que hasta llegó a pasar dos años en prisión por tráfico de estupefacientes. Ya no volvieron a casa de la abuela para recoger a Jon. Pasaron unos años antes de que el niño volviera a ver a su madre. Fue cuando ésta salió de la cárcel. Julia volvió a casa de Ana María y, con la promesa de dejar definitivamente las drogas, empezó a trabajar con ella en las ferias. Pero no fue así y, en 1990, cuando Jon tenía cinco años, su madre volvió a dejarle y a hundirse con su marido en el infierno de la heroína. ‘Mi marido -cuenta Ana María con la serenidad que da el tiempo transcurrido- me llamó para decirme que nuestro nieto había llegado llorando a la caravana. Julia se había vuelto a marchar’. Este episodio fue la gota que colmó el vaso así que Ana María decidió pedir la custodia del niño. Desde entonces, esta mujer ejerce de madre y de abuela tanto de Jon (...) como de una de sus hermanas pequeñas, Erika, que nació en septiembre de 2001 fruto de una relación posterior de Julia. Erika nació con anticuerpos del sida.

Todo lo vivido provocó depresiones al muchacho de las que ha conseguido salir tras muchos años de terapia. De sus años en el País Vasco y de sus padres Jon guarda pocos recuerdos. "Ya pasó", dice, y añade: "¿Mis recuerdos sobre mis padres? Hoy por hoy, bien pocos. Recuerdo que vivía con ellos, pero poco (...). Lo que más, un cumpleaños, el último, con cinco o seis años, que mi padre me regaló un coche teledirigido". En relación a su abuela, el joven lo tiene claro: "para mí, ella es mi madre". Gracias a ella, sus nietos han podido tener una vida digna y una formación escolar adecuada.

En 1997 la Audiencia Nacional condenó a Agustín Almaraz Larrañaga y a José Ignacio Alonso Rubio (autor del disparo) a sendas penas de 29 años de prisión como autores del asesinato de Ángel María González. En el año 2000 fue condenado a la misma pena Sergio Polo Escobes.

Ángel María González Sabino era de San Sebastián y tenía 29 años. Estaba casado con Julia, de 24 años, con la que tenía un hijo, Jon, del que ya se había hecho cargo la abuela materna antes del asesinato.