Inglaterra en la II Guerra Mundial

Pío Moa

2011-06-01

   Así como después de 1945 se creó una leyenda heroica harto exagerada de la Resistencia francesa y otras resistencias, también se propagó masivamente la idea de una resistencia heroica inglesa probablemente también exagerada y en todo caso debatible. La leyenda inglesa se condensa en el célebre discurso  de Churchill conocido por “Sangre, sudor y lágrimas”, y puede resumirse así: ante la caída de gran parte de Europa occidental bajo el poder alemán, Inglaterra habría asumido la defensa de la democracia, sin vacilar ante el hecho de haberse quedado prácticamente sola, como indicaba la célebre caricatura de David Low en la que un soldado inglés con un fusil levanta el puño desafiante desde la costa inglesa, ante una gran tormenta marina y  las flotas aéreas alemanas, y grita Very well, alone (“Muy bien, solo”).

    Es cierto, pero no del todo, que Churchill defendía la democracia frente al totalitarismo nazi. Él era un nacionalista deseoso ante todo de conservar el Imperio británico, en el cual cientos de millones de personas de África, Asia y algunas partes de América, salvo Canadá, carecían de cualquier cosa asimilable a la democracia y eran consideradas básicamente desde una perspectiva racista y económica. Otro punto clave de su rechazo a Hitler era la tradicional política nacionalista inglesa de asegurar en el continente europeo un equilibrio  y rivalidad entre potencias que se neutralizasen entre sí de modo que no amenazasen los intereses británicos.

    También debe relativizarse la soledad inglesa: su industria era perfectamente comparable a la alemana, y lo demostraría durante la batalla de Inglaterra, cuando fue capaz de construir más aviones que su rival. Además, su inmenso imperio y la hegemonía sobre los mares le aseguraban enormes recursos económicos y demográficos, mientras que Alemania no habría soportado una contienda larga sin las materias primas que le aportaba la URSS, y siempre tuvo escasez de algunas de ellas, en especial el decisivo petróleo. Por otra parte, desde el primer momento Usa traspasó constantemente las obligaciones de la neutralidad en favor de Inglaterra, un hecho por sí mismo de peso nada despreciable. Presentar en tales condiciones la soledad de un David frente a Goliat refleja mal la realidad.

    Sin duda Churchill  electrizó al país con su más famoso discurso, permitiéndole desbaratar las fuertes tendencias a hacer la paz con Alemania  y animar a la población a aguantar los sacrificios de una contienda en la que, como advirtió, “estamos dispuestos a llegar a todos los extremos, a soportarlos y a imponerlos”. Lo cual demostró atacando a traición a la armada francesa surta en Mazalquivir, pese a depender esta del gobierno neutral de Vichy. Hay discusión también sobre quién comenzó los bombardeos deliberados sobre la población civil, sin duda un crimen de guerra muy característico. Parece que algún o algunos aviones alemanes bombardearon por desorientación algunos barrios de Londres, lo que motivó (o sirvió de pretexto) al gobierno inglés para pasar a atacar de propósito las ciudades alemanas, hasta llegar a bombardeos tan espeluznantes como los de Hamburgo o Dresde.

    El gobierno inglés basó su estrategia en resistir hasta que Usa entrase en guerra, cosa no muy fácil porque la masa de la población useña prefería quedar al margen y Roosevelt había anunciado solemnemente que no mandaría a sus soldados a combatir en el exterior. Además, cuantas más derrotas sufriese Inglaterra, menos animados se sentirían los useños a lanzarse a una aventura muy difícil y azarosa. Por lo tanto, se planteaba una lucha contra el tiempo. Alemania había fracasado en poner pie en Inglaterra, pero esta no podía tampoco poner pie en el continente, y la lucha derivó hacia el Mediterráneo. Al principio, los ingleses vencieron fácilmente en Egipto y Libia a tropas italianas mal armadas y peor mandadas, pero la intervención de pequeñas unidades de la Wehrmacht invirtió el resultado. Pese a la gran superioridad material y numérica acumulada por los británicos en la zona, sufrieron un revés tras otro. Lo mismo ocurrió en Grecia y Creta. La situación se volvió, por tanto, muy desfavorable para Inglaterra, cuyo gobierno esperaba ansioso la intervención de Roosevelt.

   Por ello es difícil que la política churchilliana de lucha a ultranza resistiera a un golpe como la pérdida de Gibraltar, que sin duda habría desanimado a Usa de intervenir, máxime si Hitler se adueñaba de la costa atlántica del Magreb, objetivo que persiguió tenazmente durante unos meses y del que desistió por el obstáculo que representaba Franco. Si los ingleses pudieron salvar su posición en el Mediterráneo se debió en buena parte a su control de la parte occidental gracias a sus bases de Gibraltar y Malta. Estas le permitieron atacar sistemáticamente los suministros alemanes, causa muy fundamental del debilitamiento y derrota final del Afrika Korps. Ese éxito pudo agradecerlo Londres a la prudente política de Franco, a quien pagaría propiciando el aislamiento de España después de la guerra.

   Inglaterra se salvó realmente cuando Hitler invadió la URSS. Churchill había sido el mayor enemigo de los comunistas, pero en ese momento estableció con ellos una alianza contra natura, aunque probablemente inevitable, arriesgándose a que Europa terminase cayendo en manos soviéticas. Riesgo lejano por el momento,  pues las victorias iniciales de la Wehrmacht hicieron creer a Londres que  la URSS no duraría mucho más que Francia. Pero los soviéticos resistieron, y allí encontró la Alemania nacionalsocialista su destino. Y por fin Usa entró en la contienda, lo que ya volvía sumamente improbable una victoria del Eje.

    Como digo, todo esto es debatible. Cabe señalar que Churchill, a pesar de todo, no tuvo demasiado éxito en insuflar un espíritu heroico a los ingleses. Frente a los alemanes solo pudieron ganar en condiciones de superioridad material aplastante, y aun entonces sufrieron serias derrotas. Y en Singapur cerca de cien mil ingleses se rindieron a unos veinte mil japoneses, desoyendo la orden de Churchill de luchar “ hasta los extremos más encarnizados” debiendo los comandantes “morir con sus tropas y destruir planificadamente cuanto pudiera ser útil al ocupante (…) sin pensar en el salvamento de la tropa ni de la población civil”. Al final, los ingleses parecían tan hartos de sangre, sudor y lágrimas, que despidieron  a Churchill votando por gran mayoría a sus rivales laboristas.

   Desde luego, Inglaterra salió entre las potencias vencedoras, pero su victoria  tuvo mucho de pírrica. Había gastado un cuarto de su riqueza neta y acumulado una deuda impagable de 12.000 millones de dólares. Su comercio había caído drásticamente y el país estaba empobrecido y racionado. A principios de 1947, el ministro de Combustibles Manny Shinwell habló de “desastre total”. Ello no impedía al gobierno hacerse ilusiones de cuya desmesura, así como del expansionismo comunista, Franco le advirtió en vano. Inglaterra entregó a los soviéticos y a los comunistas yugoslavos decenas de miles de prisioneros de guerra, cuya suerte fue el asesinato inmediato o el GULAG. Numerosos países europeos habían caído en la órbita soviética, y los temores de Franco y otros de que la revolución se extendiese sobre una Europa arruinada empezaron a materializarse.  Inglaterra se embarcó en la guerra en Grecia contra las guerrillas comunistas, pero a principios de 1947 tiró la toalla, pidiendo a Usa que la relevase. La situación general era tan difícil que solo Usa podía salvar lo salvable es decir, la amenazada democracia en la Europa occidental.

   Inglaterra había comenzado la guerra como la primera potencia política y naval del mundo, y segunda económica, y la terminaba empobrecida y en vísperas de perder grandes porciones de su enorme imperio. Probablemente solo el Plan Marshall la salvó de un desastre mayor. Sus jugadas bélicas fueron quizá inevitables, pero no cabe duda de que tienen, junto a sus luces evidentes, sombras muy considerables.

 

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