Cuando los muertos no se pueden defender

José Antonio Martínez-Abarca

2011-03-06

Hace cuatro entradas de "blog" (justicia poética: al escribir "blog" siempre me equivoco y pongo "blob", que en mi teclado anglosajón significa mancha, o grumo) conté un sucedido personal en la que estaba involucrado un director de periódico centenario de Murcia -centenario el periódico- que acababa de fallecer. Remito a los lectores a ese texto. Me han llegado testimonios indignados de allegados, admiradores o vecinos que interpretaron que lo mío era un ajuste de cuentas perpetrado contra el finado, cuando éste ya no se podía defender. Me desconcertó que pensasen que pretendía acentuar el dolor de una muerte. Buitrear.

Niego la mayor y también la menor. Ni era en absoluto un ajuste de cuentas ni la anécdota se publicaba "postmortem". Porque me limitaba a contar un suceso mínimo y paradójico de mis comienzos en el columnismo en el que, en realidad, el que quedaba ridiculizado era yo (al fin y al cabo un meritorio más que, como es natural, no merecía ni el aire que respiraba) y porque además la anécdota ya estaba publicada. Lo que salió aquí cuando murió el periodista no era el facsímil de lo que dije en "La Razón" hará quizá cinco años, porque sólo por miedo a que me pillen nunca he publicado el mismo artículo dos veces (cuando a mí me gustaría hacer lo de Camba: sacar cosas publicadas hace cuarenta años, darles una vuelta en la sartén y volver a cobrarlas), pero sí era el relato del mismo hecho. Secuencia de los sucesos narrados: cuando yo empezaba en esto, me llamó a su despacho el ahora fallecido para que colaborara de inmediato en su diario. El inicio de mis publicaciones era inminente. Siguió siendo inminente dos años después, cuando me fui a otro periódico. Llevaba un tiempo en la competencia cuando en el periódico primero se publicó un artículo mío que le había enviado tres años atrás al fallecido. Cuando conté esto en "La Razón" hace un lustro pasó desapercibido y ahora no. Hace un lustro todo el mundo se podía defender. Lo que no sé bien es de qué. El suceso narrado ni quita ni pone honores a la memoria del aludido. No hay injuria ni calumnia ni menosprecio, porque sólo hay paradoja, con pocos precedentes en la historia del periodismo mundial, me parece: la de que me publicasen en un periódico una columna que había enviado sólo tres años antes. Ni siquiera era ya el finado por entonces director de ese medio. Yo decía que "mi artículo y yo mismo nos habíamos traspapelado".

En la entrada de "blog" que tanto ha desagradado no empleaba ninguna ironía. Y la gente ha creído verla, usada contra el difunto. Desmontar la acusacion de ironía es muy fácil: basta negar a la gente que haya creído ver un fantasma. Pedir a los lectores que se atengan sencillamente a las palabras. Yo escribía del director del periódico: "un hombre bueno y dicen que un jefe aplaciente con sus subordinados". Más adelante lo llamaba "amable". Cometí sin embargo un error estilístico: insistir en que "seguía siendo amable", como recurso retórico. Alguien, ante esa insistencia, ha debido pensar que había ironía. Pero a mí no me sale ahí ningún espectro irónico. No lo hay. Ah, claro, es verdad, contaba lo que me pasó cierta vez con él, y únicamente por su valor cómico contra mí mismo. Afirmé que este director de periódico "me mareó" al brindarme una colaboración fija que no se produjo en ese diario sino muchos años más tarde, cuando allí había dado tiempo a que cambiasen dos veces de responsable. Pero la moraleja de aquí es lo patético del columnista meritorio, que cuando es demasiado inexperto se
cree todo lo que se le dice. La muerte de uno de los dos actores de la anécdota es no sólo una ocasión propicia, sino la ocasión perfecta en que se deben contar estas cosas (en "La Razón" me adelanté demasiado, y ya a partir de ahora no vendrá nunca a cuento). Nunca he esperado a que nadie desaparezca para contar algo, y así me ha ido. De otro modo habría hecho carrera. Pido perdón sincero a cuantos se sintieron ofendidos, aunque sea por lo que nunca perpetré.