A la muerte de un ex director de periódico

José Antonio Martínez-Abarca

2011-02-16

Ha muerto un ex director del diario centenario de Murcia. Antonio González-Conejero, un hombre bueno y dicen que un jefe aplaciente con sus subordinados, me hizo llamar un día de hace más de veinte años (de todo hace ya veintiún años, que podría decir Gil de Biedma, el pariente de la "lideresa", según lo define un participante de este "blog) para proponerme que me dedicara a su diario. Yo no era más que un "ni-ni", no sabía qué iba a hacer con la vida, no había publicado prácticamente nada, apenas unas infrecuentes redacciones tardoescolares en el periódico del ahora difunto, que se consideraron meritorias gracias al padrinazgo de un registrador de la propiedad que formaba parte del Consejo de Administración. Pensé que eso de especializarme en el articulismo en los años noventa haciendo como si aún estuviésemos en los treinta era mejor que irme de madrugada a recoger melocotones. Por supuesto que lo de los melocotones era una salida profesional más sensata. En vez de elegir el sendero de baldosas amarillas opté por el camino de cabras. Que a estas alturas del siglo XXI está acabando, de manera generalizada, en el precipicio. Estuvo muy amable, y en la puerta me confió que inmediatamente me llamarían para empezar. Bienvenido a tu casa.

Por supuesto, estuve esperando este segundo telefonazo dos años enteros, con sus noches. Cuando se me ocurrió pensar, por fin, que a lo mejor a última hora al sr. Conejero le había surgido un compromiso, me fui a otro periódico, porque yo pretendía incluso comer. Llevaba unos meses publicando un artículo diario y manteniendo al sr. Conejero entre las misteriosas vivencias a reciclar y, de repente, el que no había llegado a ser mi antiguo periódico sacó, con mi firma, una columna... que había enviado apenas tres años atrás. "Oye, aquí tienes un familiar que se llama como tú y además tiene la desfachatez de imitarte el estilo", me dijo mi ingenuo redactor jefe, plantándome ante los ojos las páginas centrales de la competencia. Llamé al otro periódico a preguntar, antes de ser descubierto y me echaran del currelo por quebrar la exclusividad y, en efecto, me confirmaron que mi caso había entrado en una curiosa voluta espaciotemporal. No se sabía cómo, el duende de imprenta que siempre hay en los periódicos había decidido sacar en la edición del día siguiente, sin que nadie lo leyera, un papel que hacía tres años que esperaba un culo que limpiar. Mis folios y yo mismo nos habíamos traspapelado. El señor Conejero seguía siendo un señor muy amable. Me dio la primera gran lección profesional de mi vida, que agradeceré en lo que vale: tuvo la deferencia de marearme en firme, sin yo habérselo solicitado, en esa edad en que cualquier palabra esperanzadora de los mayores te la tomas estúpidamente en serio. La cita con la muerte, por desgracia, no se ha podido traspapelar.