Murcia o cómo puede ser el PSOE después de mayo

Federico Jiménez Losantos

2011-01-17

Es de temer y esperar que la derecha reaccione como lo hace siempre: tarde y llorando. Y es de esperar y temer que si el PSOE pierde en mayo la mayor parte de su poder territorial, en municipios y autonomías, empiece a comportarse al modo en que lo ha hecho en Murcia, donde hace tiempo que perdió hasta la esperanza de disputar el poder al PP. Allí, según las encuestas, Valcárcel podría doblar en escaños a los socialistas, un palizón electoral que la izquierda contesta mediante un palizón físico a un consejero particularmente odiado por socialistas y sindicalistas, infeliz pareja que –aunque el ahora obrerista Arenas no quiera enterarse– formará, como en los dos últimos años de Aznar, el habitual piquete violento que hará lo que sea, donde sea y como sea para echar al PP del poder.

Por desgracia, la parálisis política y la cobardía física han propiciado siempre el triunfo de la izquierda violenta. Ni el golpe del 34 ni el proceso revolucionario del 36 se habrían producido si la derecha, tras ganar las elecciones, hubiera creído en sí misma y hubiera defendido a sus votantes y, de paso, a la legalidad vigente. Pero el apocamiento, el maricomplejinismo de la derecha política no son de hoy sino de hace un siglo. El democristiano Alcalá Zamora, presidente de la II República, hizo cuanto pudo –y no fue poco– para impedir la alternativa política coherente y sin contemplaciones a republicanos y socialistas. Lerroux, felizmente civilizado, había perdido su fiereza de "joven bárbaro" y Gil Robles, con el mayor poder electoral de la derecha, nunca supo qué hacer ante el veto a su legítimo acceso al poder ni contra la rebelión en la calle de los que habían perdido en las urnas. Ni la CEDA, ni siquiera monárquicos autoritarios como Calvo Sotelo fueron capaces de preparar un mecanismo de defensa de su gente y, de paso, de la legalidad, pese a que desde finales del 33, la "bolchevización" del PSOE, contra la que se había enfrentado valerosamente Besteiro, conducía fatalmente a la Guerra Civil. Si no se paraba antes a los socialistas.

Pero nadie los paró. En julio del 36 la derecha política quedó al albur de lo que un pequeño grupo de corte fascista como la Falange y un minúsculo movimiento tan del XIX como los carlistas hicieran para contrarrestar la violencia revolucionaria mediante la violencia reaccionaria. Grandes y pequeños partidos se encomendaron a quienes más difícilmente podían movilizarse para la política contrarrevolucionaria, que eran los militares. Y a la Iglesia, que resistió, pero sólo simbólicamente, a quienes desde 1931 y, en especial, desde 1934, la habían señalado como el enemigo ideológico no ya a vencer sino a exterminar. Es casi milagroso que Franco ganara la guerra, aunque fuera gracias al esfuerzo heroico de las bases sociológicas de la derecha. Pero por desgracia el triunfo militar –y clerical católico– impidió durante la segunda mitad del franquismo una vertebración política moderna y una puesta al día ideológica de la amplia mayoría social que respaldaba al Régimen. La Transición, que fue una forma de enterrar la dictadura desde dentro y sin que los antifranquistas pudieran tomar por asalto el Valle de los Caídos –ahora, sí–, también salió adelante de milagro. Y buena parte de los defectos del sistema constitucional del 78 se basan en la falta de cultura política, de criterios de orden moral y de formación intelectual.

En realidad, hasta la llegada de Aznar al frente del PP en 1990, nadie, salvo pequeños grupos de intelectuales y periodistas entre los que sobresale el que acabó creando el grupo de Libertad Digital, se preocupó de forjar una alternativa ideológica al PSOE, cuyo dominio universitario y mediático era aplastante. La derecha social sólo podía agruparse en torno a dos valores políticos: la nación y la libertad; es decir, la idea de España que une a todas las derechas, y los principios liberales, que son los únicos capaces de despertar de su modorra tradicional a la parte más joven y dinámica de esta media España. Sin embargo, el maldito complejo de derechas, que se manifiesta siempre en la invocación al centrismo, desde Alcalá Zamora a Rajoy, desde Suárez a Aznar, ha proscrito de la política profesional las ideas que más gustan a sus votantes.

Tan largo excurso nos lleva de nuevo a la UVI de un hospital de Murcia, donde un destacado dirigente del PP pena su opción ideológica y su indefensión práctica. Mi impresión, no de ahora sino desde hace tiempo, es que la Izquierda es violenta con la Derecha porque se siente legitimada para ello; y la Derecha no se defiende de esa violencia porque, en el fondo, asume su deslegitimación por parte de la Izquierda, sea mediática o matonesca. La descomposición del PP en materia de ideas y valores ha sido tan rápida en estos últimos años que no me parece probable, ni siquiera posible, que recapacite sobre esa atávica propensión suicida a aceptar su indefensión institucional, política, ideológica y hasta física. Ya sabemos lo que desde el Poder es capaz de hacer el PSOE. También desde la oposición. Habría que empezar a organizar, y para ello lo primero es debatir, la forma de evitar que un PSOE aliado al resto de la Izquierda y los nacionalistas acabe en la calle, violentamente, a la manera de sus conmilitones de Murcia, con un Gobierno de derechas, solo o asociado con la izquierda nacional. Si la legitimidad del PP depende de la Izquierda, que es la fórmula Gallardón, está perdida. Si la Derecha no cree en sí misma no puede defenderse. Y nadie cree menos en esa parte sustancial de España que los políticos profesionales que la representan.