Sobre el feminismo (II): Fuerza de las ideologías

Pío Moa

2010-06-04

 

  Muchas razones explican el ímpetu ideológico del siglo XX. Está el deseo humano de explicación del mundo y de la vida, deseo tan intenso que incluso una racionalización gratuita parece mejor que la impresión sencilla de lo obvio. Decir que andamos erguidos por imposición cultural pasaría por una explicación clara de un fenómeno de otro modo difícil de comprender, quizá nunca comprensible del todo. Y nos deja creer en la posibilidad de cambiar, si quisiéramos, una realidad que de otra forma se nos impone.

  
Un ejemplo menos caricaturesco es, por lo que hace al tema del ensayo, el del matriarcado. No existen indicios reales de que tal institución se haya dado jamás. Pero la racionalización del matriarcado proporcionaba una supuesta solución a numerosos problemas históricos, aun cuando muchos vinieran creados, en círculo, por la misma solución. De hecho, no se puede concebir el patriarcado, objeto de las iras feministas,  más que por oposición al matriarcado, aunque este no haya existido nunca, de modo similar a como el socialismo se concibe por oposición a un “capitalismo” que, tal como lo describe Marx (sistema basado en el valor trabajo, la plusvalía y la tendencia al descenso de la tasa de ganancia) tampoco ha existido más que en las lucubraciones teóricas.  Y aun cuando se partía de la falacia de que el patriarcado tenía que manifestarse de modo absoluto, sin restricciones, con lo que los hechos que lo relativizaban se tomaban por pruebas de una situación matriarcal previa. La interpretación de la historia por esa vía era simple, casi perfecta, y proporcionaba a los feministas  un apoyo histórico-social satisfactorio. La religión, pongamos por caso (y cuanto ella condensa como sensación del misterio), quedaba erradicada, era solo un reflejo de la dominación del hombre sobre la mujer.

  
Con todo, una vía de desarrollo cultural es la profundización en lo obvio, el descubrimiento de problemas en lo que parecía “natural”.  En ese sentido las ideologías han desempeñado ocasionalmente un papel de incitadoras  a la reflexión. Desempeñado, sin embargo, muy a su pesar, pues la ideología se propone asfixiar a toda costa a la “reacción”. Reacción, por supuesto legítima, contra la ideología, pero que en el vocabulario ideológico cobra un tinte  abrumador, metafísico: nada peor que pasar por “reaccionario”.

   
También se cimenta el éxito ideológico en la idea de una cura radical de la angustia, incertidumbre y dolor humanos. Ninguna ideología olvida prometer notables prodigios al respecto; y no debiera serles difícil cumplir su promesa porque el cuadro pintado por ellas de la realidad  actual e histórica  resulta tan lúgubre que cualquier cambio debería traer un alivio. No obstante, los frutos prácticos de las ideologías distan de aligerar el ánimo.

  
A las ideologías las empuja asimismo una propaganda martilleante en torno a conceptos de buen sonido como “emancipación”, “paz”, “libertad”, “igualdad”, etc.   Los ideólogos se apropian buenamente de tales conceptos, convirtiendo así a cualquier  discrepante de sus recetas en enemigo, no de estas, sino de la “paz”, el “progreso” y demás.  Este método, igual que la metafísica de la “reacción”, introduce un pesado elemento coactivo, que muy a menudo quiebra o apabulla la respuesta en términos racionales.

  
No pesa menos la pretensión ideológica de arrogarse la representación de los intereses “auténticos” o “históricos” de sectores sociales como “la clase obrera”, 2la juventud”, “el pueblo”, “la mujer”, “la raza”, etc., sin que lo gratuito de esta autoasignación disminuya, a menudo, su efecto práctico.

  
La ideología seguramente más lograda y elaborada es el marxismo. Este,  aunque como cuerpo de doctrina se halle hoy en declive, ha dado sustancia y fecundado a casi todas las restantes ideologías, entre ellas la que vamos a tratar, el feminismo, para estudiar la cual nos centraremos en el tercer Informa Hite, titulado nada menos que Las mujeres y el amor (o “Mujeres y amor”, en la mala traducción). Por esa razón se harán también en este estudio paralelismos entre los dos movimientos.    

 

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****El libro Nueva historia de España va por la tercera edición en dos meses. A ver si, por una vez, da lugar a un debate racional, pues en él he expuesto bastantes interpretaciones nuevas o relativamente nuevas de diversas cuestiones históricas. Espero que ayude también a cambiar algunas mentalidades como las que vienen dando lugar a las nefastas políticas actuales.

 

**Una crítica de David Gress:
 "Muchas gracias por tu excelente libro que estoy leyendo pero despacio para alargar el placer.  Me gusta todo: el estilo, viril y sencillo a la vez, las fórmulas (la secuencia de edades, planteamiento muy superior al convencional y que espero sea adoptado por otros), la información detallada. 

Permite que un ex filólogo señale tres errores ínfimos en los capítulos primeros sobre la Edad de Formación:

  En la p. 61 escribes que Julio César redujo el Senado a asamblea consultiva.  El Senado nunca era otro que asamblea consultativa.  Leyes (leges) solo podían votarse por una asamblea de ciudadanos.  El poder del Senado bajo la República se apoyaba en su auctoritas, poder no definido en ningún texto pero muy real.  El Senado interpretaba las leyes y dirigía a los magistrados elegidos (cónsules, pretores) mediante declaraciones más o menos formales.  La más formal era el senatus consultum, determinando cómo se debía aplicar la ley.

 Lo que hicieron César y Augusto era  reducir aquel poder tradicional casi a nada.  Los emperadores no aceptaban consulta y no reconocían poder asesor alguno.

 En la misma p. 61 escribes que Octavio venció a Antonio en 30 a.C.  Era en 31 a.C.

 En la p. 91 hablas de una dinastia Antonina que empezó en 96 con Nerva.  Lo que no es estrictamente preciso.  Los emperadores Nerva, los españoles Trajano y Hadriano, Antonino Pío y Marco Aurelio suelen llamarse los emperadores adoptivos, porque se sucedían no por ascendencia familiar sino por adopción.  Las experiencias de Nerón y Domiciano habían convencido a los romanos de no permitir dinastías en el cargo supremo del imperio.  Marco Aurelio demostró lo acertado de este juicio cuando permitió que su hijo Cómodo le sucedió a él.

 Dinastía Antonina o Antoniniana puede llamarse la secuencia de emperadores desde Antonino, quien adoptó a Marco Aurelio, haciéndolo un Antonino de apellido, hasta Cómodo quien murió asesinado el 31 de diciembre de 192 por mano de una esclava cristiana según la tradición.

 Pues bien, tal era el prestigio de los Antoninos que los emperadores siguientes también tomaban este apellido.  Por eso, el decreto imperial haciendo ciudadanos a todos los habitantes libres del imperio en 212, promulgado por el emperador Caracalla, hijo de Lucio Septimio Severo, se llamaba oficialmente Constitutio Antoniana.

 ****El rasgo principal de las grandes predicciones económicas y políticas es que fallan casi siempre, y si aciertan resulta muy difícil decidir por qué han resultado correctas.