Puntualizaciones sobre el Valle de los Caídos

Pío Moa

2010-03-12

Creo que son interesantes estos matices.

Miguel Platón escribe:

Yo incluiría algunas modificaciones en el manifiesto:

Punto 3.- La expresión "izquierdistas acusados de crímenes" puede volverse contra el texto, debido a que hay constancia de que al menos algunos de los que estuvieron allí -el hijo de Sánchez Albornoz, por ejemplo- no habían cometido otro crimen que una pintada. En cualquier caso, actos que no pueden ser considerados crímenes, aunque entonces fueran delitos.

Punto 3.- Aunque la decisión final de enterrar a Franco allí fue del Rey, que desde luego podía haberse opuesto, era conocida y patente la voluntad de Franco de que le sepultaran detrás del altar mayor. Así me lo explicó a mí el guía la primera vez que visité el Valle, en 1965 ó 66. Juan Carlos podía haber dicho "no", pero no fue una decisión original o personal suya.

Punto 5.- Yo reduciría el elogio artístico del conjunto -que también puede generar una polémica para distraer de la verdadera finalidad-, en beneficio de la voluntad de amparar bajo el signo de la cruz a los caídos de ambos bandos. Este propósito, en efecto, puede ser discutido, pero sin duda era expresión de la voluntad de un proceso de reconciliación. Este proceso puede ser criticado como demasiado lento y nunca definitivo en vida de Franco, pero existió. Los deudos de funcionarios militares y civiles fusilados por el bando nacional, por ejemplo, recibieron ya una pensión a partir de 1940, incluidos los atrasos desde el día en que su familiar hubiera muerto. En definitiva, no respetar el Valle de los Caídos significa no respetar las creencias, los sentimientos y los valores de la mitad de España, y aunque sólo fuera por esto merece que le respete. Podría argumentarse que los valores actuales de la sociedad han cambiado, pero también debemos respeto a la historia, que no puede estar cuestionándose de manera permanente en función de mayorías coyunturales. Nadie puede argumentar que la basílica y la cruz puedan haberse construido para ofender a nadie, sino más bien para tender puentes.

Contestación del autor:

Tienes razón en lo que se refiere los crímenes. Lo cambiaremos por "delitos", aunque muchos podrían considerarse efectivamente crímenes. Sobre el entierro de Franco, no hay documento alguno, que yo sepa, que hable de esa decisión de ser enterrado allí. Juan Blanco considera que nunca pensó tal cosa, aunque corriera el rumor. En cuanto al valor artístico, es cuestión muy subjetiva, claro, y nunca han faltado quienes consideraran al Quijote o a las catredrales góticas cosas de mal gusto. Es muy importante la cuestión artística, porque afecta a todos, y el gobierno y otros pueden negarle todo valor en ese sentido y decir que el entierro de combatientes de los dos bandos es pura y simple demagogia que no hay por qué reconocer. Se puede decir que el monumento es una oferta de reconciliación, sea aceptada o no, y en cualquier caso una gran obra artística, y por tanto un valioso patrimonio de todos.

Respuesta de Miguel Platón:

Sobre la previsión de que Franco fuera enterrado allí, me parece que hay un dato incontestable, como es la existencia de la tumba. Esta última no fue construida ex novo en noviembre de 1975, sino que ya estaba dispuesta. ¿Para quién podía ser esa tumba? La respuesta es obvia: no podía haber sido construida para nadie, sino para alguien. Y el alguien era evidente.

Admito, desde luego, el valor artístico del Valle, aunque como suele ocurrir en arte pueda haber quien discrepe. Probablemente sabes que Juan de Ávalos no era un escultor precisamente franquista, y que el autor del gran crucifijo que hay en el interior, sobre el altar mayor, fue un nacionalista vasco.

En definitiva -y me parece que en esto también estamos de acuerdo-, la actuación de ZP contra el Valle no es tanto una actuación cobarde contra Franco -"a moro muerto gran lanzada"-, por parte de quien se benefició de su régimen y al que no pudo combatir por razones de edad, sino contra la media España que formó el bando vencedor de la guerra civil. Esto es lo preocupante. Como sabes muy bien, porque somos de la misma edad, al menos desde los años 60 los jóvenes periodistas y en general universitarios, evitábamos una descalificación global de la media España derrotada, tanto por razones políticas como morales. Y es curioso que la propia Dictadura y sus proyectos culturales tendiesen a lo mismo. Ejemplos: películas como La fiel Infantería (dedicada en sus títulos a todos los combatientes de la guerra de España) o Posición Avanzada (en la que no hay buenos y malos); colecciones como la Crónica de la Guerra auspiciada por el ministerio de Información y Turismo (Fraga-De la Cierva), "no apta para irreconciliables"; la publicación íntegra o parcial de obras escritas por los derrotados, algunas tan duras como la de Guzmán El año de la victoria, etc.

La misma indignidad que habría sido en los años 60 la descalificación de un bando, por haber perdido, lo constituye ahora la descalificación del otro, por haber ganado. Ahora incluso me parece peor, por dos motivos: el primero es que ahora España es una democracia desde hace más de treinta años; el segundo es que en la España de los últimos años de Franco era patente un esfuerzo general por equilibrar la historia, con obras como El Ejército Popular de la República de Ramón Salas o la Historia Política de las dos Españas de José María García Escudero, publicadas ambas por la Editora Nacional. Lo que ahora se está publicando en nombre de la "memoria histórica" es, con frecuencia, basura. No sólo es es que no equilibre, ni que tampoco aporte nada, sino que muchas veces deforma. Es un retroceso historiográfico, que en realidad se sale del campo de la historia para entrar en el de la propaganda sectaria, de modo similar a las obras que se publicaban en España en los años 40 y 50. Las declaraciones parlamentarias que interpretan la historia son igualmente penosas: algo así como un Ministerio de la Verdad, sujeto a mayorías y minorías. 

Siempre que alguien azuce a media España contra la otra se equivoca, en todos los órdenes. Por esa razón no debe atentarse contra realidades que, como el Valle de los Caídos, tuvieron entre sus finalidades un propósito de curar heridas y tender puentes. Es además un empeño antidemocrático. Nunca debería olvidarse que la actual democracia se basó en el propósito mayoritario, recogido por los constituyentes, de superar la dialéctica entre las dos Españas. Un propósito que además fue sincero y que estuvo coronado por el éxito, capaz de neutralizar sin daños irreparables una coyuntura tan peligrosa como la del 23-F. Tirar eso por la borda es una frivolidad propia de mediocres. 

Sobre la tumba de Franco

Juan Blanco, en un detallado capítulo de su libro sobre el Valle de los Caídos, en que analiza tanto los rumores como las declaraciones de Diego Méndez, segundo constructor del monumento, concluye: "Afirmo, sin duda alguna, que Franco no ordenó la construcción de su tumba en la Basílica (...) La sepultura fue excavada y preparada en noviembre de 1975. Y que fueron Don Juan Carlos en su calidad de Jefe del Estado y el presidente del Gobierno, Carlos Arias Navarro, quienes acordaron y ordenaron que los restos mortales de Franco fueran sepultados en el Valle de los Caídos". Todo indica que Franco pensaba ser enterrado en el cementerio de El Pardo, junto con su esposa y cerca de los modestos enterramientos de varios de sus leales, como Carrero, Nieto Antúnez y otros. Si así fue, Miguel Platón estaría equivocado, lo que se explica fácilmente por una serie de coincidencias, que a menudo confunden al investigador más concienzudo.

Realmente, la cuestión es puramente secundaria, aunque muy propio de la extrema ruindad de los de la Memoria histórica convertirla en piedra de escándalo. La decisión de enterrar a Franco en el Valle de los Caídos, mientras no se aporte documentación más consistente en contrario, fue tomada por otras personas, probablemente de manera acertada, por su significación histórica.

El libro de Juan Blanco, aunque incluye algún juicio muy injusto sobre Stanley Payne, tiene el mayor interés, y desbarata la mayoría de las leyendas forjadas por una historiografía revanchista que pasa del simple embuste para convertirse en estafa.