Cuestión de tiempo

Luis del Pino

2010-02-22

No es cierto que la verdad se termine imponiendo siempre. En muchas ocasiones, no llega a imponerse nunca. Y en otros muchos casos, las verdades terminan saliendo a la luz cuando ya no tienen ni la más mínima posibilidad de ejercer influencia alguna sobre los acontecimientos. Un ejemplo de esto último sería, por ejemplo, el documentado libro de Pedrol Ríus sobre el asesinato de Prim, publicado en 1981: evidentemente,  conocer los pormenores de ese magnicidio tiene su interés histórico, pero esa verdad, conocida 111 años después de los hechos, no sirve ya para evitar, a toro pasado, las consecuencias políticas de aquel asesinato, como por ejemplo el naufragio del reinado de Amadeo I y el advenimiento de la I República. Cuando lo que prevalece desde el principio es la mentira, el tiempo juega a favor del mentiroso.

Si la verdad sobre un hecho es importante - dejando al margen el mero interés histórico -, lo es en tanto en cuanto esa verdad sirva para evitar las consecuencias de la mentira. Si no, no sirve de nada. Es por eso que, en el caso del 11-M, lo primero que había que conseguir era "parar el reloj": hacer que los mentirosos dejaran de poder confiar en que el tiempo todo lo borra y todo lo oscurece.

En ese sentido, si algo se ha logrado con las investigaciones periodísticas en estos seis años transcurridos desde los atentados del 11 de marzo, es precisamente conseguir tres cosas fundamentales:

1) que la mentira quedara, en primer lugar, al descubierto, centrando la atención no en las teorías (tan fácilmente manipulables), sino en las pruebas directas: "he aquí la mentira que nos han contado".

2) poner el foco sobre las consecuencias de esa mentira, señalando las dinámicas políticas que el atentado del 11-M puso en marcha y llamando la atención sobre aquéllas que más probablemente hubieran servido como motivación del atentado: "he aquí los posibles porqués de esa mentira".

3) que la sociedad española no diera por cerrado el episodio, que no lo archivara en el cajón de los misterios históricos sin resolver: "he aquí por qué tenemos que luchar contra las consecuencias políticas de esa mentira ".

Conseguido eso, el tiempo dejó de jugar a favor de los mentirosos, para empezar a militar en nuestro bando. Porque cada nueva revelación, cada pequeño dato, cada comentario en las ondas, cada declaración de las víctimas, cada acto conmemorativo... representaba una gota que horadaba lentamente el muro de engaño y de silencio. El radio máximo de estragos del tsunami de mentiras se alcanzó en la primera mitad de 2004. A partir de ahí, todo ha sido un lento reflujo. Desesperantemente lento a veces, pero siempre un constante retroceso.

Publica hoy El Mundo parte de los diálogos y las imágenes de esa prueba pericial de explosivos con la que la Justicia sembró la esperanza entre muchos, principalmente entre las víctimas, para al final ahogar toda esperanza en un mar de manipulación y chapuzas.

Merece la pena comprar hoy el periódico. Merece la pena leer la crónica de Manuel Marraco y Joaquín Manso. Merece la pena reflexionar sobre al análisis de Casimiro García Abadillo. Merece la pena fijarse en las imágenes, leer las palabras intercambiadas por los peritos, imaginar los gestos... y luego comparar todo ello con el obsceno espectáculo vivido en la sala del juicio.

Esta noche, Veo7 emitirá esos videos que se intentaron infructuosamente ocultar a las víctimas de la masacre. Cuando los vean, les recomiendo a ustedes que hagan un ejercicio mental: traten de retroceder cinco años y piensen cómo estaba la sociedad española, cómo estaban los medios de comunicación, cómo estábamos nosotros mismos, en aquellos meses inmediatamente posteriores al atentado de Madrid.

Traten de rememorar. Y entenderán a qué me refiero cuando digo que, en el 11-M, hemos conseguido derrotar a la mentira. Aún no conocemos la verdad, pero el llegar a conocerla depende sólo de nosotros: de los ciudadanos, de los medios de comunicación, de las víctimas de la masacre...

Porque, al menos, nosotros no tenemos ya que luchar contra el tiempo para evitar que la mentira triunfe y que las consecuencias con ella buscadas se materialicen.

Quienes ahora luchan contra el tiempo, en una pelea imposible de ganar, son otros: aquellos que diseñaron una masacre con el fin de cambiar, una vez más, la Historia de España.