Amor y progresismo

Pío Moa

2010-01-08

**** "Una plataforma que luchase por clarificar la legitimidad del franquismo duraría menos que un caramelo a la puerta de un colegio. La cantidad de improperios, descalificaciones, insultos, mentiras, agresiones de todo tipo que lloverían sobre ella, de todas las direcciones..." ¡Uy, qué miedo! Un poco más de ánimo, hombre...

**** Es obvio que cuando hablo de una asociación dedicada a reivindicar el papel histórico de Franco y del franquismo no me refiero a una asociación en pro de alguna dictadura o nostálgica del pasado régimen, sino de este como fundamento de la democracia, una democracia que están echando abajo, precisamente, los antifranquistas. Repito que los mayores peligros que desde la transición afligen a nuestra democracia son el terrorismo, la corrupción masiva, la "muerte de Montesquieu" y los separatismos, todos ellos a su vez antifranquistas. Solo puede reivindicarse el franquismo como creador e impulsor de las condiciones que han permitido una democracia y que pueden facilitar una regeneración democrática. La democracia viene del franquismo, no de los antifranquistas ni de los que se colocan gratuitamente en una "tercera posición", y ningún régimen puede mantenerse sano si se dedica a maldecir su propio origen. Esto resulta difícil de entender a muchos, pero es la pura verdad. La enfermedad de nuestra democracia se llama, precisamente, antifranquismo, se llama Zapo y el Futurista.

-------------------------------------- 

Diálogos pastoriles

FELICIO.- ¡Silencio!

FABRICIO y MAURICIO.- ¿Qué?

FELICIO.- ¿No habéis oído un repugnante gorgoteo ahí, detrás de ese seto? ¿Algo así como un cerdo o un burro riéndose?

PATRICIO.- Pero mirad, ahí sale Aparicio. ¿Qué hacías ahí, escondido tras el seto?

APARICIO.- ¡Bah, bah! Solo estaba embebido en edificantes lecturas y me distraje escuchando vuestras chorradas sobre el Estiego Larsón y demás. De ahí mis risas. Te perdono, oh Felicio, tus alusiones porcinonoasnales, porque sé que las haces con la mejor intención.

PATRICIO.- ¿De qué tratan esas lecturas que tanto te absorben, Aparicio?

APARICIO.- Aquí tenéis un ejemplo: "En la Barcelona de los 60 todos éramos muy progres y liberales, y casi todos defensores del amor libre. En el grupito de la gauche divine, el sexo era uno de los juguetes preferidos, las llamadas "perversiones" un refinamiento exquisito (un ilustre escultor brindaba a sus invitados el deleite de ver defecar a su bellísima compañera, en cuclillas, en mitad de la sala) (...) Una ilustre hispanista, por otra parte muy atractiva, me tenía en su lista (pero) vio que yo no le daba facilidades y se dirigió apresurada a Juan Benet, que estaba sentado en el bar tomándose tranquilamente un café y la llevó encantado a su habitación"... ¿Qué os parece? ¡Ah, gente envidiable! ¡Qué ejemplo para los demás, qué bien se lo montaban! Como ellos mismos decían, todo lo que hacían era divertidísimo, divino, sofisticado...

FELICIO.- Imagino que la bellísima aquella cagaría sobre la alfombra persa del salón.

SIMPLICIO.- ¡Hombre, tío, por supuesto, qué cosas tienes! Quedaría demasiado hortera que lo hiciese en un orinal. O sobre la tarima, eso sería de mal gusto, poco glamuroso...

SULPICIO.- O tal vez lo hiciera encaramada sobre un jarrón Ming. Eso tendría, a mi juicio, más mérito, si se me permite la expresión.

APARICIO.- Pues yo los imagino cantando a coro la Internacional en torno a la bellísima y a su legítimamente orgulloso compañero escultor. Porque... Os leo:

"Mi hermano mantuvo charlas interminables, y escandalosas y divertidas, con Luis Berlanga, un tipo inteligente y encantador, en torno a la posibilidad de hacer un libro sobre erotismo. Es curioso hasta qué punto izquierdismo y pornografía, al ser objeto ambos de la represión franquista, iban hermanados en la España de los 60. Muchos de nosotros asistíamos a un burdo espectáculo porno en una cutre taberna del puerto de Hamburgo o a un sofisticado striptease del Crazy Horse como si participáramos en un acto revolucionario. Y poco faltaba para que, al meterse en el coño la putita portuaria el último objeto que le venía a mano (en una ocasión fueron las gafas de mi padre, lo que a él le enfadó mucho y a nosotros nos provocó un ataque de risa desaforada) o al desprenderse una de las mujeres más bellas del mundo de la última prenda de ropa, nos pusiéramos en pie y entonáramos La Internacional".

SIMPLICIO.- Madre mía, qué envidia...Pero ¿cómo es posible llevar una vida tan apasionante?

SULPICIO.- Intensa, diría yo. Una vida intensa. Llena de emociones, si se me permite hablar así.

FELICIO.- Comprendo que en el burdel de Hamburgo o por ahí les diese algo de corte, pero cuando estaban entre ellos, sin ninguna inhibición, seguro que cantaban himnos revolucionarios mientras echaban sus casquetes o hacían sus necesidades... Es combinar el placer carnal con el artístico.

SALICIO.- A mí, la verdad, no me parece bien nada de eso. Me resulta muy poco romántico.

FELICIO.- Porque eres un pequeño cateto, Salicio, has perdido el tren de la historia, por así decir. Tú proponle a tu Amartilis hacer, en fin, lo de la bellísima, y verás como la conquistas irreversiblemente. Tienes que espabilar, tío, liberarte, evolucionar. Como el gobierno de Zapo, sin ir más lejos, o el Futurista y los suyos, que ellos sí que van abriendo nuevos caminos al pueblo...

APARICIO.- No tanto, Feli, no tanto. Dejad que os lea: "Tras una larga sobremesa donde se habló mucho de sexo y todos nos mostramos partidarios del más absoluto libertinaje y de las más audaces experiencias, un ilustre pintor nos propuso a Nuria Serrahima, de excelente familia y uno de los miembros más glamorosos del grupo, y a mí, subir los tres a mi dormitorio. Ambas nos levantamos y le seguimos sin vacilar. Aunque la idea había partido de él, se puso muy nervioso. No podía con las dos, terminó por confesar. Nosotras estuvimos comprensivas y divinas. "Yo me voy. Quédate tú", nos insistimos la una a la otra, como si nos cediésemos el último bocadillo de jabugo. Me quedé yo. Pero, apenas habíamos empezado, se oyeron voces en la sala. La esposa del pintor estaba en pleno ataque de nervios. La velada terminó sentados todos a su alrededor, dándole cucharaditas de manzanilla y palmadas en la espalda".

SULPICIO.- No puedo creerme que esa gente cediese a cosa tan reaccionaria como los celos.

FELICIO.- ¡Celos! ¡Pero qué dices! Es que probablemente se les olvidó cantar La Internacional, y eso indignó a la esposa del pintor. Cosa muy natural, por lo demás. O tal vez le cabreó que subieran ellos solos al dormitorio, en lugar de hacerlo todo en el salón, para deleite de los demás. ¿Qué otra razón podía haber?

APARICIO.- Pues no, pues no. Atended: "Hacer el amor libremente, sin barreras, todos con todos. Podía ser magnífico... de no haber existido una fuerza ancestral, omnipresente, más poderosa que los eslóganes y las ideologías y las modas y los buenos deseos, una fuerza animal que podía con todo y nos sumía en las mayores contradicciones y en el ridículo más espantoso: los celos. El letraherido proustiano perseguí a su esposa con un cuchillo; la ilustre novelista mallorquina comparecía en la sala, llena de invitados, con las venas abiertas; Gabriel aseguraba no ser celoso, pero había un pequeño detalle sin importancia: si su pareja se acostaba con otro, él quedaba impotente; otro de nuestros grandes poetas temía que una noche, mientras dormía, su mujer le cortara el pene con unas tijeras... Y cuando Ramón Eugenio, el ex de Ana María Matute, fue abandonado por Matilde –una de las mozas que llevaba lista de los polvos echados cual si de trofeos se tratara–, que se aparejó con uno de mis amigos más queridos, el escritor Andrés Bosch, primero amenazó con lanzarse al vacío desde el altillo del restaurante donde todos estábamos cenando..."

MAURICIO.- Si os lo vengo diciendo, pero no me hacéis caso. Todo eso es completamente irracional, por lo que digo y sostengo que la masturbación es, dentro de la irracionalidad, lo que menos repugna a la razón.  

SULPICIO.- ¡Por los cuernos de Belcebú! ¡Me tenían admirado esas gentes, y ahora me decepcionan!

SALICIO.- ¿Te admiraban, Sulpicio? ¿Harías tú lo mismo?

SULPICIO.- Hombre... pues no. Es como lo de nuestro común amigo Miguel Ángel y su Capilla Sixtina. Admiro todo eso que él hace, pero no me siento capaz de imitarlo, ¿entiendes?

SIMPLICIO.- Noto en algunos de vosotros un ligero tonillo de cachondeo, de irreverencia, vamos, y me parece a mí que esa gente de la que habla Aparicio merece un respeto. Fue la que acabó con la dictadura, derrocó a Franco y lo fusiló.

MAURICIO.- Jamás había oído yo tal cosa.

SIMPLICIO.- Porque solo lees a historiadores reaccionarios, a ex terroristas conversos a la extrema derecha, neofranquistas y gente así. Pero ahora, con la ley de la memoria y esas cosas, todo se está aclarando, que los franquistas nos han mentido de manera bárbara.

MAURICIO.- Por cierto, Aparicio, no nos has dicho qué gran obra de memoria histórica es esa de la que nos has leído esas cosillas.

APARICIO.- Es de doña Ester Tusquets, y se titula Confesiones de una vieja dama indigna.

FELICIO.- ¿Es que se considera indigna esa dama por hacer tales cosas? Sería el colmo

APARICIO.- Pues no, a decir verdad , ella está repleta de buenos sentimientos, una chica excelente y de muy buena familia...