Regreso a la trinchera sin hacer caso de los amables lectores

José Antonio Martínez-Abarca

2009-11-02
Con motivo de mi anterior "posteo" en estas páginas en que manifestaba un cierto agotamiento, algunos lectores alarmados me convidaban a visitar a un psiquíatra pues, decían, lo que sufro es una depresión. No tomen como soberbia si escribo que no les haré caso. Quiero darles a esos lectores una buena noticia y una mala: la buena es que, conociendo el asunto del que tan ligeramente se habla por los que hablan de leídas, descarto padecer actualmente ninguna depresión; la mala, que quizás sólo es actualmente. Llevo luchando toda mi vida adulta contra el perro negro, las más de las veces con el sólo poder, poco, de mi propia mente, de mi autosugestión, sin añadidos ni cordiales. Unas veces el perro me muerde y otras yo intento hacerme amigo del perro, de momento sin resultado aparente. Pero pierdan cuidado los lectores, que lo que tengo sólo es un pasable naufragio por supuesto sin esperanza pero, excepto cuando se me agotan las reservas de hierro o de cinc y llega el mero agotamiento físico, no exento de espíritu jovial. Cosa muy importante esta, la de las reservas del organismo, más impresionante aún que la de divisas. El perro negro se suele acercar cuando uno está cansado y se sienta en un mojón del camino. Tiene una relación directa con la energía física puntual de la que uno disfrute.

Como he escrito, tras que mi cerebro adquiriera su tamaño definitivo en la postadolescencia, he librado batallas no sé si épicas pero sí desde luego muy entretenidas contra aquello que sir Winston Churchill tenía por animal, con desigual parte de bajas y resultados. La última vez, va para seis años, sentí una dentadura de una helazón espectral que me traspasaba como nunca antes. Que llegaba a órganos vitales que hasta ese momento se habían mantenido exentos. La historia se ha contado muchas veces antes, a través de los siglos, y ha terminado irremediablemente por gastarse. Una mujer, claro. Como aquella de Cesare Pavese. Aposté hace tanto tiempo lo que tenía y también lo que no tenía al número de aquella María, perdí y no he recuperado nada.  No hay más. No es interesante. No me ha ocurrido posteriormente nada que deban lamentar los lectores porque sería asunto de una comisión nombrada al efecto el dictaminar si nada le puede ocurrir a aquel del que a lo mejor ni siquiera queda algo. Pienso sin vanidad que he logrado satisfactoriamente las más de las veces, estos años, una apariencia de normalidad, que es lo que estrictamente se me pedía en mi trabajo. Estos últimos días bajaron sin embargo las defensas. En un sentido estacional, equinoccial, me refiero. Los primeras bajadas de la temperatura ocurren siempre en el alma. Y las vicisitudes de la actualidad política se me figuraron entonces descompuestas, delicuescentes, indistinguibles. Por eso manifesté aquí mi transitoria mudez.
 
Desde entonces, la pasada semana, he podido comer algo de provecho y he dormido unas cuantas horas irregulares pero acumulables, las reservas y las defensas han subido algo (superando un herpes viral que me acomete siempre con los falsos fríos que no se corresponden con el parte meteorológico) y vuelvo no sé si con renovadas pero sí con algo de fuerzas a mi personaje, al que escribe, por el que me pagan, el único noticiable y voy creyendo que el único real. Sin novedad, ocupo otra vez mi pequeño lugar en la trinchera mediática. Gracias por su atención.