Efectos del 98

Pío Moa

2009-10-25

Desde el punto de vista económico, el Desastre tuvo efectos benéficos: el país se libró de un insoportable y sangriento fardo, se repatriaron cuantiosos capitales y por más que la crisis pudo haber dado al traste con el régimen, este se mantuvo en pie, prueba de su vitalidad, y se libró de un ácido que lo corroía. Antes de un decenio la escuadra había sido reconstruida con navíos más modernos, había aumentado la flota mercante y las comunicaciones ferroviarias y por tierra, las obras hidráulicas se multiplicaron por cuatro, etc.; los políticos prestaron mayor atención a la instrucción pública, rebajando el número de analfabetos a algo menos del 50%, todavía muy alto (en Francia estaba en torno 15%), pero una mejora de cierta entidad; se estableció el ministerio de Instrucción Pública, que cuadruplicó su gasto, y un Instituto de Reformas Sociales, del cual partieron las primeras leyes de protección obrera. La industrialización se aceleró, y también la urbanización: Madrid y Barcelona superaron el medio millón de habitantes, Valencia los 200.000 y Bilbao rondaba los 100.000.

Prueba de que la economía no determina a la sociedad, fuera del ámbito económico las dificultades iban a multiplicarse, y lo que pudo ser un contratiempo pasajero se convirtió en crisis moral y política permanente, con el régimen acosado sin tregua por adversarios implacables. El primer golpe y en cierto modo el más grave, provino de intelectuales, periodistas y políticos más prestigiosos que responsables. Aun si la marina y el ejército hubieran combatido mucho mejor, la posibilidades de España en un conflicto tan desigual frente al coloso useño serían mínimas a la larga, y el desenlace tenía aspectos positivos sobre los que se podría mejorar la convivencia nacional. Pero, por el contrario, se construyó un ambiente derrotista y tenebroso, de crítica sin concesiones al régimen que había librado al país de las epilepsias de antaño. Un intelectual ligado a la Institución Libre de Enseñanza, Joaquín Costa, encabezó el ataque con un movimiento difuso, pero influyente, llamado regeneracionismo. Según él, España estaba gobernada por una "necrocracia" de oligarcas y caciques que asfixiaban a las fuerzas sanas del pueblo y condenaban al país a un atraso sin esperanzas.

El tópico cundió. Para José Ortega y Gasset, que ya destacaba como pensador relevante y formador de opinión, Cánovas habría sido "un gran corruptor (...) un profesor de corrupción" y su régimen una losa que aplastaba a "la España vital". Por tanto, no se trataba de pedir reformas más o menos razonables, "Nuestra bandera tendría que ser esta: la muerte de la Restauración". Unamuno hablaba de guerra civil como salida. Manuel Azaña iniciaba su carrera política entre imprecaciones contra el régimen: "No me habéis dado maestros, ni libros, ni ideales, ni holgura económica, ni amplitud saludable humana (...). Yo os exijo que me deis cuenta de todo lo que en mí hubiera sido posible de seriedad, de nobleza, de unidad nacional, de vida armoniosa; que ha fracasado porque no me disteis lo que tiene derecho a recibir todo ser que nace en latitudes europeas". No había análisis real en tales condenas, sino solo una indignación retórica, y poco sincera, pero que creaba su propia dinámica.

La diatriba de Azaña recuerda la de Bolívar en Angostura, y tiene interés, porque, en su evidente puerilidad, su ánimo iba a condicionar la vida político-intelectual del país. Azaña parecía creer que dependían de los políticos la seriedad, nobleza y vida armoniosa de los individuos, que en las "latitudes europeas" todo el mundo gozaba por derecho de tales bicocas; e ignorar que la mayoría de las latitudes europeas eran más pobres que Inglaterra, Francia o Alemania, incluso que España, y que no podía remediarse de la noche a la mañana el desnivel económico con la Europa rica. Diríase que la panacea consistía en liquidar cuanto antes el régimen liberal y evolutivo traído por Cánovas, y sustituirlo por no se sabía bien qué fuerzas y principios. No pocos simpatizaban con el socialismo o ensalzaban a los pistoleros ácratas como héroes morales. Ortega llegó a definir al socialismo y el anarquismo como las dos potencias de modernización. Una de las pinturas del régimen más desgarradas y logradas artísticamente, Luces de Bohemia, de Valle-Inclán, encomia a un personaje trasunto del sanguinario Mateo Morral. Ignorando la historia y realidad de Francia o Inglaterra, en las que cifraban su concepto de Europa, los regeneracionistas hablaban de España como el país más atrasado y absurdo del mundo, con la excepción implícita de ellos mismos.

Ortega y otros se proclamaban liberales, pero su peculiar liberalismo les impedía valorar las libertades y el progreso material sostenido, alcanzados por primera vez desde la invasión francesa. El historiador José María Marco ha explicado cómo tendían a soluciones dictatoriales tipo "cirujano de hierro", propuesto por Costa para realizar su propuesta regeneracionista. Además desbarraban en sus quejas, pues todos eran hijos legítimos de la Restauración, habían tenido libros, maestros, bastantes de ellos habían accedido a estudios en universidades extranjeras y gozaban de holgura económica. Sus protestas chirriaban por cuanto no eran hombres de acción ni proclives a sacrificarse por ideales, sino solo a sabotear desde dentro al régimen que tantas facilidades y libertades les otorgaba. Bajo sus apóstrofes, su primera preocupación consistía en opositar a funcionarios de aquella "corrupta necrocracia".

Y no se conformaban con denostar la Restauración, abominaban de la historia completa de España desde al menos la rebelión comunera del siglo XVI, después de la cual, afirmaba Ortega, todo había sido el "descarriado vagar" de un "país enfermo", por lo que España "no existe como nación"; y proponía quemar la tradición hispana para sacar de sus cenizas "la España que pudo ser". Costa hablaba de una "nación frustrada", a refundar "como si nunca hubiera existido". Nacionalistas paradójicos, pues suponían que España había sido un desastre, que se había desviado de la que juzgaban correcta evolución; aunque gracias a ellos podría corregirse. Unos lucubraban sobre lo bien que habría ido el país si, al terminar la reconquista, se hubiera volcado en África, su extensión "natural", en lugar de perderse lamentablemente en Europa por asuntos que no nos concernían; otros lamentaban la propia reconquista contra los refinados islámicos; o, con un racismo curioso, lamentaban la escasez del elemento "ario"...

Siempre se habían tenido por glorias el descubrimiento de América y el Pacífico, la conquista, colonización y evangelización de América y Filipinas, la lucha con turcos, franceses y protestantes... y de pronto todo eso suscitaba desdén. No era del todo nuevo. Castelar, político republicano y no el más torpe, había descrito el Imperio español como "un abominable e inmenso sudario que se extendía sobre el planeta". Antes, tales juicios pasaban por exabruptos particulares, pero después del 98 formaron un vasto coro.

La incoherencia y vanidad infantil de tales actitudes no disminuía su daño, pues creaban opinión, destrozaban el cimiento moral del régimen, al que privaban de cobertura intelectual, y abrían puertas a corrientes revolucionarias acaudilladas por personajes menos ilustrados pero mucho más peligrosos.

Dos de estos nuevos movimientos fueron los nacionalismos catalán y vasco. Hasta entonces, decía el líder catalanista Francesc Cambó, se componían de tertuliantes a quienes se tenía por chiflados inofensivos. Cambó recuerda cómo, durante la guerra con Usa, "Cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos en patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos halláramos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras preocupaciones". Pero eso empezó a cambiar: "La pérdida de las colonias provocó un inmenso desprestigio del estado, de sus órganos representativos y de los partidos que gobernaban España", al tiempo que el capital repatriados de Cuba y Filipinas "dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas, dirigidas a deprimir el Estado español".

Esa propaganda, sumamente ofensiva, afirmaba que España iba "al naufragio, al abismo", y era indispensable aflojar los lazos con ella para no verse arrastrados. Inventaba comentarios de Madrid: "Bueno, hemos perdido Cuba y Filipinas, pero nos queda Cataluña". La cual, "regida por los chiflados y simplones de Madrid, es el pueblo menos pobre y menos atrasado del Estado español; por tanto, si fuera un poco bien gobernada y administrada con inteligencia [por los nacionalistas], sería un pueblo verdaderamente rico". Y deploraba, "Cataluña recibe a los castellanos que la acaban de conquistar con alegría y abrazos". Para evitar tal "monstruosidad", había que cultivar "el odio a Castilla": "Rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida", para "resarcirnos de la esclavitud pasada". A raíz del 98, el poeta Joan Maragall escribió una Oda a Espanya, acusando a esta de vivir "de glorias y recuerdos muertos", de mandar los barcos cargados de hombres a morir" (habían muerto muy pocos) y de ser "triste", despidiéndose con un Adeu Espanya. Fingían olvidar que los industriales y grandes propietarios catalanes, promotores de la riqueza de la región, habían sido los más partidarios de la mano dura y de la esclavitud en Cuba, y los voluntarios catalanes en la isla los mayores defensores de la Cuba española.

El Partido Nacionalista Vasco, fundado por Sabino Arana, siguió una evolución pareja. Apoyó a Usa, en contra de casi todos los vascos, muchos de los cuales luchaban en Cuba o agitaban en Usa a favor de España. Pero la depresión post bélica permitió a Arana salir elegido diputado provincial por Vizcaya. No obstante, admitía, quedaba mucho por hacer porque "Ni parece que hay maketos [como llamaba a los demás españoles] y bizkaitarras, sino que todos somos hermanos"; "El euskeriano y el maketo ¿forman dos bandos separados? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esa unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas", por lo que se proponía "desterrar de nuestra mente y nuestro pecho toda idea y todo afecto españolista", y amenazaba con arrastrar hasta el cabo Machichaco a sus paisanos reticentes u olvidadizos de "la lengua racial".

Los orígenes de ambos nacionalismos son semejantes: el catolicismo tradicionalista, el racismo y el regionalismo romántico. Dos de las zonas más afectas al carlismo habían sido las Vascongadas y Cataluña, y tras su derrota definitiva por la Restauración, se extendió en la masa tradicionalista de esas provincias un velo de amargura, y en parte del clero la idea de que, ya que en España habían triunfado los liberales, al menos aquellas regiones podrían preservar las esencias católicas apartándose del resto del herético país. Con el tiempo, parte del nacionalismo catalán evolucionaría a posturas izquierdistas, que en el vasco no tuvieron peso. La tentación se complicó con el racismo, derivado del auge industrial de sus principales ciudades, que testimoniaría una superioridad innata. Las diferencias raciales entre los vascos, los catalanes y los demás españoles apenas existen, pero teóricos catalanistas como Pompeu Fabra, Pompeu Gener y otros, afirmaron que en la península existían cuatro razas, siendo superior la catalana e inferior la castellana. Cada raza, siguiendo a Gobineau, produciría una cultura y un idioma, por tanto a una nación diferente. Prat de la Riba tenía a Cataluña por una nación específica ya desde los íberos (nunca se había hablado de Cataluña hasta el siglo XII, y no como nación sino como varios condados considerados españoles y parte de la corona de Aragón); según él, "Son grandes, totales, irreductibles las diferencias que separan Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia", los catalanes no podían entender la lengua de los demás españoles y debían preferir la compañía de su perro a la de un gallego, un andaluz, un castellano o un vasco. En realidad prácticamente todos se entendían en el español común, y por lo demás el catalán, el castellano y el gallego son más semejantes entre sí que los dialectos de otros idiomas.

El racismo del PNV era todavía más agresivo. Los vascos formaban "la raza más altiva del mundo", "noble viril, temida y admirada", "tan distinta de la española como lo es de la china o de la zulú", "sin ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española (...) ni con raza alguna del mundo", por lo que "la salvación (...) se cifra en el aislamiento más absoluto, en la abstracción de todo cuerpo extraño". Los vascos, dentro y fuera de sus provincias, se habían mezclado siempre con los demás hispanos (se ha calculado que el 12% de los apellidos en España es de origen vasco), por lo que el PNV advertía que la mezcla con los maketos "causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de la inteligencia, debilidad y corrupción del corazón". La raza vasca tenía la propiedad de ser católica casi por naturaleza, mientras que "no es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente, los hechos pasados y presentes que prueban bien a las claras que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica". Su racismo llevó al PNV a rechazar la propuesta de los catalanistas para una acción común, porque "Maketania comprende a Cataluña", "Ustedes, los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región española", y "Jamás haremos causa común con las regiones españolas".

Nacionalismos tan paradójicos como el regeneracionismo, pues por un lado exaltaban hasta las nubes a razas tan superiores como la vasca o la catalana, y por otro las denigraban no solo por haber aceptado durante siglos la esclavitud y opresión española o castellana, sino por haberse considerado españoles ellos mismos, cosas que hacían dudar de aquella superioridad. Como los regeneracionistas, debían demoler o reinventar la historia, y presentarse como mesías.

Otra raíz común se encuentra en el interés regional suscitado por el romanticismo, que originó un sinfín de mitos sobre el origen e historia de las regiones. Se ignora el origen del vascuence, lengua muy dialectizada y que apenas tiene literatura, pues los vascos siempre habían preferido escribir en el español común. Algunos nacionalistas creían que el vascuence era el idioma de Adán y Eva. Con menos fantasía, se ha especulado con una migración desde el Cáucaso, o desde el norte de África, o con el asentamiento de los desertores mauritanos del ejército de Aníbal: hay unas pocas palabras semejantes entre las lenguas beréberes y el vascuence, insuficientes para establecer una filiación. El PNV sostenía que las Vascongadas habían sido siempre independientes, porque sus fueros eran impuestos a los reyes de España, y no una concesión de estos. Por más que, se dolía Arana, "Aun en aquella fecha en que estas provincias vascas eran estados independientes, su lengua oficial era la española (...) Ni entonces los vascos amaban su independencia". No se explica cómo un país soberano admitía el gobierno de un rey extranjero y utilizaba el idioma foráneo en sus leyes. Tampoco hubo un fuero vasco, pues cada provincia tenía el suyo, por concesión real.

Prat de la Riba, no menos arbitrario, maldijo el "criminal" Compromiso de Caspe, que había traído la esclavitud nacional, "una dinastía castellana, con la que comenzó la decadencia de nuestra patria". Idealizaba como "libertades catalanas" los fueros oligárquicos que tanto habían pesado sobre el pueblo trabajador, y despreciaba el resurgir económico logrado merced a la supresión de los fueros y al mercado español. Para simbolizar la pérdida de las libertades y crear un mito heroico, los nacionalistas pasaron a llorar y conmemorar la caída de Barcelona en manos de Felipe V y exaltar como héroe "nacional" a Rafael Casanova, caído en defensa de Cataluña. Historia perfectamente ficticia, en la que muchos han visto la síntesis del nacionalismo catalán.

Prat imaginó una Castilla fantasmal contra el que movilizar fobias, cuando la hora de Castilla como región hegemónica había pasado hacía siglos. Los catalanistas vacilaban entre la secesión y el intento anacrónico de heredar la antigua hegemonía castellana con sentido imperial, pues aunque "no todos los pueblos pueden llegar al bello momento de la eclosión imperialista", "el nacionalismo es vida nacional inflamada por un ideal, y eso es ya una conciencia de imperio", y Cataluña debía ejercerlo.

Por su parte, Arana descubrió que el pueblo vasco, "con ser singularísimo entre todos, carece de nombre". Desechó el término Euscalerría e inventó el neologismo Euzkadi, poco afortunado en vascuence, porque la terminación -di/-ti se usa para las plantas, lo que suscitó burlas de Unamuno, mejor conocedor del idioma (la lengua materna de Arana era el castellano). Pero Euzkadi pareció a sus seguidores palabra "luminosa", "creadora", "profunda", "taumatúrgica", que "condensa maravillosamente el anhelo de supervivencia y renovación" racial.

Menor peso, aunque no menos fantasía, tuvieron los nacionalismos gallego y andaluz. En cambio no surgió un nacionalismo en Navarra ni en Valencia, las Baleares o las Canarias, que teóricamente podían resultar proclives.