Un artículo de Ignacio Gracia Noriega, en "La nueva España"

Pío Moa

2009-10-19

La Revolución del 34

 

En los meses que sucedieron a la muerte de Franco, los socialistas preferían mirar hacia adelante, porque lo que dejaban atrás era demasiado negro, como el carbón
 

 
 
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La otra noche anunciaban en la TPA (la única cadena que todavía le sigue prestando atención al buen cine clásico, prácticamente desterrado de las demás cadenas, como si se tratara de tabaco o alcohol) la proyección de una película de Fleischer, por lo que me dispuse a verla. La película estaba anunciada a las doce y media, y, como es habitual en esta cadena, no empezó hasta cerca de la una, por lo que tuve que asistir, al principio resignado y luego con curiosidad, a un coloquio sobre la revolución del 34 en el que intervenían dos historiadores científicos, Rosa María Madariaga y José Girón Garrote, y un periodista, Jorge Martínez Reverte.

Como en el periodismo no cabe ser «científico», con el rótulo de periodista y escritor de éste último basta y sobra: quien, por lo demás, fue el único del trío que se permitió algunas descalificaciones a la acción revolucionaria. La señora Madariaga, perteneciente a la gran élite intelectual y republicana, expresaba la nostalgia de aquella revolución y aquella guerra perdida, que de haber sido ganadas tal vez a ella le hubiera costado pasar una temporada de reeducación en las Siberias socialistas que al efecto se hubieran organizado. Pues como me dijo un día Antonio Masip que no hay cosa más estúpida que un obrero de derechas, caí en la cuenta de que hay otra especie que mejora con creces aquélla, la del burgués de izquierdas. Por su parte, Girón Garrote, compañero de carrera y de aventuras cinematográficas más o menos fallidas, hablaba en nombre de la Ciencia con mayúscula, en su variante histórica.

Me gustaría recordarle al amigo Girón, ya que la formula alguien que fue también maestro suyo, Gustavo Bueno, la improbabilidad de este tipo de «ciencia», pero temo que no es el caso ahora. Girón, a quien tengo por persona moderada, se desbocó insultando sin venir a cuento a Pío Moa, a quien calificó de analfabeto y reprochó que vendiera sus libros «como churros». Quién sabe si no es ahí donde les duelen a los historiadores científicos las intromisiones de los profanos en sus supuestos «cotos vedados», aunque más bien creo que se trata de cierto espíritu de clerecía exacerbado que pretende proscribir a todos los que se ocupen de temas de su especialidad sin pertenecer a su cofradía, esto es, sin ser funcionarios indignados por el intrusismo; y si quien lo hace, encima, no comparte mis ideas, el descaro se convierte en delito, o poco menos. Así que se descalifica a Pío Moa porque vende libros, cuando lo ideal es publicarlos y meterlos en un sótano hasta que los cubra una buena capa de polvo, como se hace con las plúmbeas publicaciones del RIDEA, pongo por caso. Tampoco comparto otras opiniones de Girón o de la señora Madariaga, condenando a las democracias de Francia e Inglaterra por no haber apoyado a la República. A mí el comité de no intervención también me indignaba hace treinta años. Pero ahora lo considero perfectamente lógico y coherente. La «democracia» que decían defender los pretendidos defensores de la segunda República, después de haber intentado un golpe de Estado contra ella en 1934 y de haber desencadenado una revolución en 1936, no era exactamente la democracia como las de Inglaterra, Francia y los Estados Unidos, y aunque Leon Blum fuera frentepopulista y «progre» homologado, a nadie le apetece tener el socialismo real al otro lado de los Pirineos. Si fuera en Cuba o en Corea del Norte, ya sería otro cantar. Por eso, los «progres» y los burgueses republicanos aristocráticos se emocionan con el socialismo, pero lejos, en Alemania, Inglaterra, Italia o Francia; en casa, déjennos la abyecta y despreciada democracia formal o burguesa. También se aseguró que la guerra de 1936 fue una guerra del Ejército contra el pueblo. No es exacto.

Por lo menos, la mitad del pueblo español se puso del lado de los militares contra aquellos que gritaban ¡viva Rusia! Y si los totalitarismos fascistas apoyaron al bando nacional, el totalitarismo socialista apoyó al bando mal llamado republicano, porque la República habían contribuido a hundirla los socialistas en 1934, sin posibilidad de vuelta atrás. ¿Qué tenían que ver con una República parlamentaria las comunas anarquistas o las checas comunistas? En cuanto a demócratas, allá se andaban los del bando nacional y los del revolucionario. Esto es: en aquella guerra no era demócrata nadie, porque los verdaderos demócratas habían hecho las maletas y se habían marchado corriendo a Francia o Portugal. Sobre esto escribió páginas estremecedoras don Pío Baroja, aunque Girón Garrote me alegará que no son «científicas». Eso es literatura, que no otra cosa es la historia, desde Herodoto hasta don Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro por lo menos. Otros historiadores modernos prefieren contar gallinas: en su opción, como se dice ahora. Pero que no se molesten porque un «historiador de relato», o un intruso, como Pío Moa, venda más libros que ellos.

Y al cabo, la película de Fleischer no valió gran cosa, pero el coloquio del historiador científico y de la republicana nostálgica me dio qué pensar. En primer lugar, esta gente se pasa la vida glorificando una revolución que fue golpe de Estado y una guerra que perdieron. Si la hubieran ganado, tendríamos al ínclito Ejército Rojo desfilando a todas horas en la plaza Roja de Madrid, de la que ahora habrían quitado la estatua de la Cibeles para poner la del abuelo de Zapatero. Es lamentable seguir escuchando lo de que «nos ganaron gracias a Hitler y Mussolini, y porque eran más y mejores», o al menos estaban mejor preparados técnicamente desde un punto de vista militar. Hace falta ser masoquistas para haber perdido una guerra y creer que se ganó. No sé si esto será «científico» o no, pero la experiencia nos certifica que la Historia no se repite. Podrán engañar a Gabino de Lorenzo, incitándole a modificar el callejero de Oviedo. Pero la guerra del 36 estuvo bien perdida, lo mismo que la revolución del 34, y debe tenerse en cuenta que una revolución que se pierde es cualquier cosa antes que una revolución.

No tenía previsto escribir sobre la revolución del 34 en estas páginas transicionales. Pero creo que debo hacerlo, porque tal vez nos aclare algo sobre cómo fue aquella transición (no aquella revolución, claro es). En los meses indecisos que sucedieron a la muerte de Franco, los socialistas veteranos, algunos de los cuales habían participado en las jornadas revolucionarias, no tenían especial interés en acordarse de ellas ni en la guerra que estalló menos de dos años más tarde. Preferían mirar hacia adelante antes que hacia atrás, porque lo que dejaban atrás era demasiado negro, como el carbón. De manera que aquellos hombres que habían sido la «vanguardia de las clases obreras», según la apreciación de los compañeros de las bien instaladas socialdemocracias del otro lado de los Pirineos, se conformaban con recuperar y asentar las perdidas «libertades burguesas», propias de las democracias parlamentarias o formales. Este aspecto resultaba emocionante en los viejos socialistas y ugetistas, muchos de los cuales habían pertenecido a las Juventudes Socialistas antes de la Guerra Civil y combatido en el batallón «Sangre de Octubre», o a las órdenes del comandante Fausto, durante la guerra, y una vez perdidas la revolución y la guerra lo único que les quedaba era sobrevivir, pues no tenían ni siquiera tiempo para llorar y menos para soñar como los burgueses nostálgicos, del tipo de María Rosa Madariaga. En los meses finales de 1975, en 1976, aquellos antiguos revolucionarios resucitaban, pero no en 1934, sino en 1931, en la democracia burguesa, y deseaban, por encima de todas las cosas, que no volviera a torcerse.

La épica se ve de modo distinto según quien la haya vivido o contemplado. Cuando yo le preguntaba a Paulino, el zapatero de Barredos, por los «maquis», me contestaba invariablemente: «Aquello era muy triste. Se reunían en un prado para comer pan duro mojado en el agua de un arroyo. Una vez uno de ellos sacó un pañuelo atado en picos y distribuyó las balas que llevaba en él. Tocaron a dos o tres balas por cabeza». Cada bala, me contó el comandante Mata, les costaba dos pesetas. La nómina de la mina de San Vicente, llevada a punta de pistola por Mata y Lele, se empleó íntegramente en munición.

No se habla de la revolución en los días de la transición. Si acaso, cuando llegaban delegaciones extranjeras. Una vez Agustín Tomé me pidió bibliografía porque iba a hablarles del 34 a unos suecos o noruegos. Y añado, a modo de anécdota, que Vigil no aprobaba ciertos actos de reminiscencias revolucionarias, como una cena que se hizo en un restaurante de Oviedo para conmemorar aquel octubre desastroso. Tampoco Amelia Valcárcel parecía tener una gran opinión de aquellos sucesos. Según ella, el PSOE alardeaba de la revolución de octubre para demostrar, según sus palabras literales, dichas en atildado asturleonés, «qué rojos somos, mira la que armamos». Bien es verdad que de aquellas alturas de la película, la aristocrática nacionaliega no tenía previsto solicitar el ingreso en el PSOE. De aquélla, la izquierda «fetén» estaba a la izquierda del PSOE, que era un «partidu socialdemocráticu vendíu al oru de Güili Bran».