Adiós a un amigo

Pío Moa

2009-10-13

En un viejo artículo de Libertaddigital sobre "La (de)generación del 68", mencionaba a Mick Holden, y en Viaje por la Vía de la Plata aludí a mi estancia en un piso de Clara o Klara Bastianon, que vivía con Mick y alquilaba algunas habitaciones. Ella, húngara venida a España en 1964, era profesora de filología inglesa en la universidad, y Mick, inglés, daba a su vez clases de su idioma. Yo aterricé allí a raíz de separarme de mi compañera Palma, y enseguida congeniamos. Mick, de familia trabajadora, había recorrido medio mundo de joven, embarcado como marinero. Posteriormente había conseguido una beca para la universidad de Cambridge, algo que entonces no se concedía fácilmente. Estudió historia, se casó, muy joven aún, y tuvo cuatro hijos. El matrimonio terminó por no funcionar, y él por venir a España. En Cambridge se había hecho trostskista: el marxismo, en diversas variantes, circulaba mucho por las universidades europeas. Terminó harto, como suele ocurrir, y contaba las ridículas manías proletarias de aquellos burguesitos. Pero "el marxismo imprime carácter, como a los curas", me comentó. "Bueno, eso depende..."

Salí de allí para vivir con mi amiga Violeta cerca de General Ricardos. Clara no podía estar en Madrid por alergia a los humos, y nos ofreció en condiciones muy ventajosas la mayor parte de su piso, donde permanecimos bastante tiempo junto con un hijo de Mick, Alistair, un chino de Formosa, Chang, que aprendía español, y "Luis el de Burgos", que preparaba oposiciones. Luego Violeta y yo nos fuimos a un apartamento en Cuatro Caminos. En una ocasión, al salir del restaurante Pereira, cerca del Ateneo, nos encontramos con Clara y Mick. Clara nos dijo: "¡Dais envidia, por lo bien que os lleváis!". "Pues veníamos hablando de separarnos". Como así ocurriría, aunque bastante después. Entonces volví a recalar en su piso, por la época del viaje por la Vía de la Plata.

Clara y Mick, muy generosos, me invitaban a menudo a su casa en Galapagar, más tarde a otra por la sierra, o quedábamos en Madrid para comer en algún restaurante. Mick cocinaba muy bien, comida inglesa, que no es mala como dicen, recuerdo sus shepherd´s pies, y Clara cocinaba aún mejor, comida húngara. Tengo un gran recuerdo de las conversaciones, tan agradables; uno de los verdaderos placeres de la vida es una buena conversación con una buena comida. Mick ocurrente, con su ingenioso y punzante humor inglés, muy divertido sin ser nunca chocarrero. Bebíamos él y yo quizá un poco de más, porque ayuda a ver la vida con colores más vivos y anima la charla, pero yo nunca llegué al alcoholismo, y él sí. Siempre invitaban ellos y por temporadas me retraía, un poco mezquino, por no poder corresponderles.

Hace años, no recuerdo cuántos, montaron una academia de lenguas bajo el lema "El idioma en la universidad", es decir, en la práctica el inglés, pues aunque daban clases de francés y de alemán, la demanda abrumadoramente mayor se dirigía al primero. Mick se volcó en la empresa y diseñó métodos de enseñanza propios, en los que incluía actividades sobre cultura inglesa y useña. Lo de la cultura fracasó, porque casi todos los universitarios españoles, con su habitual pragmatismo a ras de suelo, buscaban solo el título. Pero la empresa fue un gran éxito, era una idea original, aunque terminarían por salirle competidores deshonestos que aprovechaban los contactos con la burocracia universitaria y ofrecían cursos peores, pero más "oficiales". Algo desgraciadamente típico en España. Mick llevaba muy bien el trabajo; tenía algo de sangre irlandesa: "En el bar soy irlandés; en el negocio, inglés". Fue muy propio de él y de Clara que, al saber el nacimiento de mi hija y que no nadábamos en la abundancia, nos ofrecieran un aula en su local a un alquiler bajo, con lo que yo pude dar clases de lectura rápida durante siete años, hasta que publiqué Los orígenes de la guerra civil, con un éxito inesperado.

Después, nos veíamos con bastante menos frecuencia, en parte porque he pasado estos años escribiendo contra reloj. Supe que el alcoholismo estaba haciendo estragos en él. Intentó superarlo en centros especializados, aquí y en Inglaterra, pero recaía, para dolor y desesperación de Clara. Por fin decidió abandonarse y seguir por ese camino, resultara lo que resultase. Hace pocos meses nos telefoneamos: "Tenemos que vernos. Te echo de menos. Seguramente más que tú a mí". "Pues vamos a quedar de una vez, que parece que no hay manera". "¿Sabes que de nuevo estoy leyendo mucho a Marx y a Engels? Cada vez me parecen mejor" "¡Venga ya!" "Sí, de veras. Claro que como tú has evolucionado..." "Ya sabes que para mí el PP es la extrema izquierda...". No pudo venir. Estaba tan deteriorado, me dijo Clara, que encontraba difícil trasladarse del pueblo a la ciudad y orientarse en ella.

Y hace unos días falleció. Tenía 64 años y había sido un hombre idealista e inteligente, afectuoso y bienhumorado, pero había caído en una corriente autodestructiva difícil de explicar. Acaso sentía que podía haber sacado mucho más de sus dotes, y ello le deprimía. Nunca acabamos de saber lo que pasa por la mente de los demás e incluso, a menudo, por la propia. ¿Qué se puede decir? La muerte nos deja sin palabras, de tal modo supera nuestras facultades. Mi muy buen amigo Mick.