Lecturas de Agosto (2)

Federico Jiménez Losantos

2009-08-14

Dino Buzatti, Un Amor

El otro día encontré en la maravillosa librería Miragüano un alijo de títulos de la editorial Gadir, todos en perfecto estado, algunos recién nacidos, otros con apresto de almidón, otros al borde de esa guillotina llamada descatalogación, y otros, supongo, en vísperas de ser convertidos en pulpa para no asustar al contable como bulto de almacén. Compré una veintena de la treintena en oferta y me complugo en extremo ver que libros como los de Dino Buzatti, que apenas eran ya vago fulgor en la memoria, recobraban la furia de la adolescencia, cuando nos llamaban desde el pequeño escaparate de la librería en Teruel, arriba de las escaleras mudéjares del Instituto, o desde el expositor de Plaza y Janés en la papelería junto al Colegio San Pablo, que hacíamos girar con el mayor cuidado, no fuera a venirse al suelo la oferta cultural. Gadir no recupera títulos, sino autores de calidad, con nuevas traducciones y nada menos que de Carlos Manzano, entre otra gente de primera. Y tiene preferencia por Italia, síntoma de alba generosidad.

Me traje un Buzatti en la maleta, Un amor, que el tiempo no ha envejecido. Es la historia de una pasión, la de un hombre solterote, bien acomodado profesionalmente, que se enamora de una prostituta y ese amor va a más con las mentiras y a menos con las certezas, a mucho más con los engaños y a muchísimo menos con los autoengaños, convertidos en la última esperanza de seguir a los pies de la dicha mediocre y a la sombra de esa inmensa máquina de matar que es o puede siempre llegar a ser el amor.

Es interesante la descripción de lo que Pío Moa llamaría el puterío de tapadillo, cincuenta años atrás, no muy distinto en su doblez social de las berlusconerías de hoy mismo. Pero lo mejor es la descripción del sinvivir enamorado, de esa peregrinación de hinojos para seguir comulgando con ruedas de molino, de esa mendicidad envilecida, de ese arrastrarse en agonía para no perder de vista la única luz de una existencia a oscuras.

Nada nuevo, por supuesto, pero muchísimo mejor escrito de lo que hoy se acostumbra.

La mejor Dorothy Sayers y la resucitada PD James

En este verano de Larsson, exitosísimo joven difunto, quizás la mejor novela negra la haya escrito una anciana que pasa de los 90 y que, para mí, sigue siendo la verdadera reina del género: PD James. Se titula Muerte en una clínica privada, trata de un asesinato en un centro de cirugía estética para muy muy ricos y supone la resurrección de quien creíamos ya incapacitada para estos duros menesteres, como Ruth Rendell. No es la mejor novela de PD James, obviamente, pero ya quisieran muchos que hubiese sido así la primera. Sólo he echado en falta que no le dedique espacio a los amores de Dalgliesh, porque la forma delicadísima de tratar los sentimientos del detective poeta era quizás lo mejor de sus novelas penúltimas, entre las que, a mi juicio, destaca como estudio psicológico de Dalgliesh Muerte en el seminario. Esto de irse poco a poco adentrando, enamorando de un personaje que a la vez se va creando en lo sentimental me parece una forma encantadoramente adulta de pasar con él los últimos años. Y un ejemplo para Bela Lugosi y Henning Mankell. Pero en Muerte en la clínica privada nos movemos en la pura tradición británica, es decir, en la búsqueda lenta, a veces desalentadora, siempre minuciosa e implacablemente profesional del motivo del crimen, factor decisivo para encontrar al asesino. Eso, además de un arte, es una técnica, y nadie la maneja como PD James. Que ojalá viva cien años y escriba aún otras diez novelas.

Los misterios de Oxford, de Dorothy Sayers (con prólogo de PD James), es un libro muy distinto. Para mí, hasta ahora, es la mejor de las novelas de Sayers publicadas en español, la que incluye en la peripecia de la investigación criminal un ingrediente de reflexión personal que a mí me resulta especialmente valioso. En primer lugar, porque Sayers es la intelectual más eminente de cuantas se han dedicado a la novela policial; y en segundo lugar, porque lo que describe, o lo que piensa mientras describe es algo de extrema actualidad. Sayers pertenece a la primera generación de mujeres que entró en la Universidad. Una década después, su detective vuelve a Oxford a bucear en los oscuros recovecos del alma humana, pero lo que más afecta a su compañera es el abaratamiento de la experiencia universitaria, cómo la libertad conquistada se convierte en derecho transitado. También, a qué deben, si deben, renunciar las mujeres que emprenden una carrera profesional –un dilema dramáticamente vivido por la propia novelista, teóloga y filóloga, con hijo de padre ignoto, matrimonio de entretiempo y camaradería femenina–. Lo que entristece a Sayers es el avulgaramiento de las jóvenes universitarias, una cierta zafiedad, una evidente pérdida de exigencia estética –siempre paralela a la ética– en las mujeres que ejercen como derecho lo que para la generación anterior fue reto decisivo.

Afrontar que el valor y la valía se marchitan, que lo que para todos se logró no todos lo aprecian, reconocer que ninguna gran victoria social es inmune al deterioro cotidiano de su ejercicio es el argumento de fondo en Los secretos de Oxford. Y además, la novela.

Lecturas al desgaire

Como se retrasó mucho la llegada de las cajas de libros que en vacaciones llevo a cuestas, compré unos cuantos en las librerías miamenses, para las que no existe eso que llamamos actualidad. Un libro puede tener dos meses, dos años o dos décadas y cría polvo con los demás, esperando con aburrimiento tropical al espeleólogo lector que lo redima del abandono. Así he tenido ocasión de releer best-sellers recientes, algunos hijos putativos del cine, como Revolutionary Road, que no está nada mal, aunque confirma la desoladora tendencia de casi todos los intelectuales norteamericanos desde la Primera Guerra Mundial a despreciar lo que los trabajadores de todo el mundo ansían: una buena casa en una bonita urbanización donde los niños puedan crecer sanos y felices.

Por puro azar, he releído otro best-seller de hace veinte años: ¿Se lo decimos a la presidenta? de Jeffrey Archer, autor de la excelente novela política El camino hacia el poder y que si hubiera mantenido la cabeza fría y los pantalones arriba podría haber sido en el Partido Conservador británico el sucesor de Margaret Thatcher. No sé otras obras, pero en esta se aprecia sobre todo la caducidad del machismo en los libros de éxito, o, si se quiere, del sexismo como ingrediente literario necesario aunque perecedero en la literatura de masas. Sucede también con la novela policíaca de los 50 y 60: lo que más ha envejecido en ella –y pronto les otorgará un cierto encanto a lo Thomas Hardy– es la descripción de la mujer tanto en lo estético y lo sexual como en lo profesional. Es tan evidentemente caduca que ni siquiera resulta ofensiva. Aunque no sé qué pensaría al respecto Dorothy Sayers.

Rarezas de almacén que no pasan de moda: la novelita de de Ann Perry Una visita navideña a Romney Marshes (Debolsillo); deliciosa para leerla en una tarde tropical. Un título rescatado que podía haberse quedado inédito: El manuscrito Samurai de Robert Crais (Zeta policiaca). Un título reciente con los mismos deméritos: Bikini de James Patterson (Ediciones B). Más antiguo pero más interesante: Inmoral de Brian Freeman (Ediciones B) aunque lo que mete miedo es la foto del autor en la solapa. Sólo pude con cien páginas de La promesa del alba de Romain Gary (Debolsillo) y no superé las treinta de Más cerca, de Martina Cole (Alianza Editorial), gruesa cuanto intransitable. He disfrutado por lo breve Vi de Gogol (Nórdica) y El padre Sergio, de Tolstoi (Rey Lear). Y he abandonado con hastío Noviembre, de Flaubert (Impedimenta), que por algo su autor mantuvo inédita; y con auténtica indignación Diccionario del amor de Stendhal, bodrioestafa que debería ser denunciada a la OCU.

Además, fui una vez al teatro, a ver Aire Frío de Virgilio Piñera. Buena de verdad y de la que ya hablaré otro día. Y –sin contar 40 dvedés– me he sumergido dos veces en la nevera del cine: 500 días con Summer, entretenida; y Julia y Julie, horripilante.

En fin, que como ya me traía leída la trilogía de Larsson, que por desgracia merece en otro hilo, he podido perder saludablemente el tiempo. De rato en rato.