Savater y la Inquisición / Gracián, Calderón

Pío Moa

2009-08-07

Ha escrito Savater: "La Inquisición inauguró unos procedimientos de buceo en la intimidad de las mentes y castigo de los disidentes que después culminaron en el Terror revolucionario, el Gulag y demás abusos totalitarios que recientemente algunos hagiógrafos han cargado nada menos que a cuenta ...¡de la Ilustración!"

Ocurre que el "buceo en la intimidad de las mentes y el castigo a los disidentes" es tan antiguo como la civilización misma, por lo que no se entiende que Savater los fije particularmente en la Inquisición.

Y da la casualidad de que ni los autores del terror revolucionario ni los del Gulag reivindicaron jamás la Inquisición, sino, precisamente, la Ilustración: se consideraban ilustrados consecuentes ¿Estarían equivocados? Es más: tenían a la Inquisición por un organismo criminal, como el propio Savater.

 En realidad, los del terror y el Gulag no estaban equivocados más que en una cosa: en considerarse los únicos consecuentes con la Ilustración. De ninguna teoría se deduce una consecuencia rectilínea, una conducta social, política o moral férreamente determinada. Cualquier teoría abre más de una dirección posible incluido el camino a la catástrofe, aunque no necesariamente. Una de las vías abiertas por la Ilustración lleva claramente al terror y al Gulag. Savater no es partidario de esa vía, lo que le honra, pero dice poco de su perspicacia que no la vea, o haga como que no la ve. Y encima la achaque gratuitamente a la Inquisición.

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**Baltasar Gracián, hijo de un médico, nació en 1601 cerca de Calatayud, patria también de Marcial, el ingenioso escritor satírico hispanolatino. Estudió en Calatayud, en la universidad de Zaragoza y en Toledo. Con 26 años se ordenó jesuita, y como tal enseñó en Calatayud, Valencia, Lérida y Gandía, llevándose mal con sus cofrades de Valencia. En 1636 fue enviado a Huesca, donde publicó su primer libro, El héroe, con apoyo de un mecenas local, Vincencio Juan de Lastanosa, un personaje interesante: erudito, políglota, interesado por las ciencias y por la alquimia, que lucharía en la guerra de Cataluña al frente de tropas de Huesca; coleccionaba en su palacio un verdadero museo con cuadros de Tintoretto, Rubens, Ribera, Tizianoy otros artistas célebres, monedas griegas y romanas, estatuas romanas, armas antiguas, fósiles y piedras raras, etc. En su gran biblioteca de 7.000 volúmenes, mayoritariamente de temas científicos, reunía una tertulia literaria a la que acudían varios de los mejores intelectuales aragoneses, incluyendo la monja poeta Abarca de Bolea. Años después de su muerte, su palacio fue derribado y dispersada su biblioteca.

Gracián formó parte de la tertulia de Lastanosa hasta 1639, cuando volvió a Zaragoza y pronto a Madrid. En la corte se relacionó con los círculos literarios, un ambiente bastante áspero, como indican las sátiras y disputas entre sus miembros, y no fue bien comprendido en ellos. Allí publicó en 1640 El político, y preparó Arte de ingenio, tratado de la agudeza. En 1642 pasó a Tarragona como vicerrector del colegio jesuita, y ejerció de predicador de los soldados que lucharon en Lérida contra el ejército franco-catalán. Enfermó y fue a curarse al hospital de Valencia, que disponía de una buena biblioteca, de la que se sirvió para escribir El discreto. Este lo publicó en Huesca, adonde volvió como profesor de teología hasta 1650 y allí preparó la primera parte de El Criticón. La obra le valió quejas de los jesuitas valencianos por haberla publicado sin permiso de la superioridad. La segunda parte el libro aumentó las protestas, y la tercera acabó de enojar a sus superiores, que le impusieron penitencias a pan y agua y lo desterraron al pequeño pueblo de Graus. El Criticón se difundió rápidamente por Europa occidental, sobre todo por Alemania. Otro libro suyo, el Oráculo manual y arte de prudencia ha sido reeditado una y otra vez en Inglaterra y otros países, incluso hasta nuestros días en Usa, y ha llegado a ser traducido al chino y al japonés. Es conocida la admiración que profesaron al Oráculo Schopenhauer ("Un libro absolutamente único"), Nietzsche ("Europa no ha producido nada más fino ni elaborado en sutileza moral"), y el autor ha influido hasta el presente en autores tan diversos como Voltaire, Gide o Lacan. Posiblemente nuestro autor haya sido más apreciado fuera que dentro de su patria.

A raíz de los castigos impuestos por sus superiores, Gracián pidió pasarse a otra orden religiosa pero no se le permitió, y, encontrándose muy enfermo, falleció en Tarazona, con 58 años, el mismo del siglo y de la batalla de las Dunas o Dunquerque.

** Pedro Calderón de la Barca nació en Madrid, de padre alto funcionario (secretario del consejo de Hacienda) y madre de ascendencia noble alemana o flamenca. Más longevo que los anteriores, vivió 81 años, y presenció el paso del declive a la franca decadencia con Carlos II. Estudió con los jesuitas en Madrid luego en las universidades de Alcalá y Salamanca, donde adquirió una vasta erudición, reflejada en sus obras. Su temprana afición a la poesía y la comedia no evitó que su juventud fuese algo turbulenta, habiéndose visto mezclado en un homicidio y en el quebrantamiento de sagrado en un convento de monjas, al perseguir a un actor que había dado una puñalada a un hermano suyo (a veces los perseguidos por la justicia se acogían "a sagrado" en iglesias donde no podían ser arrestados). Esto último le valió la enemistad de un conocido predicador, que lo atacó desde el púlpito, y de quien se burló Calderón en una comedia.

Su desahogo económico disminuyó por gastos en pleitos por enmendar el testamento de su padre, que se había casado en segundas nupcias al enviudar. Se le ha atribuido alistamiento en los tercios y combates en Italia y Flandes entre 1625 y 1635, aunque si fue así se trataría de acciones ocasionales, pues hay constancia de su presencia en Madrid por esos años. Sí es cierto, en cambio, que se distinguió como soldado en el sitio de Fuenterrabía en 1638 y en la guerra de Cataluña en 1640, donde fue herido en el sitio de Lérida, y no escatimará elogios de tinte democrático a los soldados: "Porque aquí a la sangre excede / el lugar que uno se hace / y sin mirar cómo nace / se mira como procede. (...) Fama, honor y vida son / caudal de pobres soldados; / que en buena o mala fortuna / la milicia no es más que una / religión de hombres honrados

Al igual que en el caso de Lope y de Velázquez, la calidad de las obras de Calderón fue pronto reconocida y le ganó el aprecio de Felipe IV, tan aficionado a coleccionar arte como a la comedia y a las actrices. A Lope ya en sus últimos años le disputaba Calderón la primacía entre los dramaturgos, y se le supone haber dado formas más perfeccionadas a la originalidad y espontaneidad de aquel. En cuanto a su vida íntima, cabe suponer que, dada su juventud alborotada y el libertinaje atribuido a la farándula, Calderón compartiría en alguna medida esa circunstancia, pero en realidad se sabe tan poco de ella como de la de Velázquez, salvo que tuvo algún hijo ilegítimo. Como fuere, a los 51 años, acaso por efecto de alguna crisis personal, se hizo sacerdote y llegó a capellán mayor de Carlos II. No por ser sacerdote dejó de componer teatro de tono más religioso, como autos sacramentales, que llevó a su perfección aprovechando sus profundos conocimientos teológicos; pero siguió escribiendo obras más profanas, lo que le valió críticas a las que prestó poca atención. Hacia el final se orientó a los temas mitológicos, orientación interpretable como evasión ante la áspera realidad de la decadencia del país. Escribió más de 200 obras entre dramas, autos sacramentales, entremeses y zarzuelas, un género que alternaba recitación y canto, comenzado por Lope. Vivió sus últimos 30 años como sacerdote y, pese a su popularidad y la protección regia, en sus últimos tiempos parece haber sufrido apuros económicos. En su testamento mencionó "las públicas vanidades de mi mal gastada vida".

** De las tres biografías aquí esbozadas, solo la de Calderón guarda similitudes vitales con las de los otros tres autores citados más atrás en relación con la tónica cultural del cambio de siglo. Puede señalarse otra similitud más común: la cercanía, al menos espiritual, de todos ellos con la Inquisición. A Calderón le llamó "poeta inquisitorial" Menéndez Pelayo, por buenas razones, aunque no fue familiar del Santo Oficio, como sí lo fue Lope de Vega. Esto obliga a replantear, como indica el ya citado J. Dumont, algunas realidades habitualmente pasadas por alto. Como se ha observado a menudo, la Inquisición no impidió el espléndido florecimiento cultural de España en el Siglo de oro (ni la abolición de la Inquisición, a principios del siglo XIX determinó nada parecido a un florecimiento intelectual). Pero no solo no lo impidió sino que contribuyó a él. Muchos altos inquisidores se dedicaron a algo más que a perseguir herejes, también promovieron bibliotecas, escuelas, estudios y practicaron el mecenazgo, faceta que no suelen citarse. El Greco y Zurbarán, entre otros, recibieron encargos o fueron protegidos por los dominicos, el oficial valenciano de la Inquisición, Vicente del Olmo, escribió algunos de los infrecuentes libros de geometría en España, Jerónimo Zurita, el célebre historiador aragonés, fue secretario inquisitorial, el padre Mariana, primer historiador español de entonces, fue consejero de la institución. Al revés que en otros lugares, no fueron prohibidos en España pensadores como Giordano Bruno, incluso Hobbes, a quien el Parlamento inglés impidió continuar su obra, por considerarlo ateo.

También se ha querido ver en la Inquisición un precedente del totalitarismo, pero eso es muy difícil de sostener. Tal interpretación aparece, por ejemplo, en el relato "El gran Inquisidor", de Dostoiefski, profético (como su Demonios) pero que confunde al protagonista, a quien describe con un discurso demasiado próximo al de un utópico de los siglos XIX y XX; también la negación de la libertad o libre albedrío, que le achaca, lo asimila más bien al protestantismo.