Libros de viajes

Pío Moa

2009-05-08

A mi juicio, el Viaje a la Alcarria es una pequeña obra maestra, el mejor libro de viajes que se haya escrito en los últimos siglos en España, donde no es un tipo de literatura muy frecuentado. Comprenderán que me alegre de que alguien compare con él mi Viaje por la Vía de la Plata, aunque se trata de dos libros de concepción muy diferente, excepto por el hecho de que son viajes a pie. Los otros libros de viajes del propio Cela quedan muy por debajo del de la Alcarria. Del Miño al Bidasoa llegó a aburrirme, y el del Pirineo de Lérida no conseguí terminarlo. Me han dicho que está muy bien Judíos, moros y cristianos, pero no he podido leerlo aún. Tuve un tiempo intención de andar las riberas mediterráneas desde Cádiz hasta el Peloponeso, un proyecto que no llegaron a permitirme las perras ni la salud (pocos años después del de la Vía de la Plata tuve que operarme de dos hernias discales). Los viajes a pie tienen un carácter muy distinto de los demás, como confirmarán quienes hayan hecho el camino de Santiago, que ha vuelto a ponerse de moda. Es la forma más primitivamente humana de viajar, y apenas puesto en marcha uno percibe cómo cambian la sensación del tiempo y tantas sensaciones más, propias de la vida corriente. Ello no ocurre en tal grado cuando uno viaja en compañía, por lo que es preferible andar en solitario, si puede soportarse (mucha gente no lo soporta, como tantos no soportan comer solos; cosa curiosa, porque mi gato Rodolfo también se empeña en ser acompañado mientras come). Cuando anduve (mejor que anduve) por la Vía de la Plata nadie lo hacía; ahora he podido comprobar que lo sigue mucha gente. Eso tiene sus ventajas, pero en cierto modo le quita aliciente.

Otro viaje:

http://findesemana.libertaddigital.com/en-las-mestas-1276232262.html
http://findesemana.libertaddigital.com/camino-de-nunomoral-1276232299.html
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http://findesemana.libertaddigital.com/antes-era-mas-duro-1276232440.html
http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276232472
http://findesemana.libertaddigital.com/la-senora-isabel-1276232506.html
http://findesemana.libertaddigital.com/a-san-blas-abogado-de-la-garganta-1276232536.html
http://findesemana.libertaddigital.com/adios-1276232571.html

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**** "La próxima visita será con dinamita", gritaban los mafiosos de sindicatos, de IU y del PSOE a Esperanza Aguirre. La nostalgia del terrorismo, ¡tienen tanto en común con él! La política hoy en España, cuando no es farsa, es actividad mafiosa.

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LA CELESTINA EN SU ÉPOCA

De 1499 data la primera edición conocida de La Celestina, o Tragicomedia de Calisto y Melibea y de la puta vieja Celestina, una cumbre de la literatura, no solo de la española. Quizá tuvo dos autores, pues el más conocido, Fernando de Rojas, dice haber ampliado una obra anterior que encontró en Salamanca, escrita con "agradable y dulce estilo" (lo cual suena a ironía, pues de dulce tiene muy poco) y la convirtió en primer acto de la Comedia de Calisto y Melibea, ampliándola luego y rebautizándola Tragicomedia.

El argumento viene a ser: Calisto encuentra por casualidad a Melibea y se enamora perdidamente de ella. Ambos son nobles, bellos e ingeniosos, pero ella le rechaza con duras frases. El mancebo parece volverse loco y amenaza matarse, pero su criado Sempronio le propone seducir a Melibea mediante los servicios de una vieja alcahueta llamada Celestina, antigua prostituta y hechicera que tiene en su casa un pequeño burdel con una ramera joven, Elicia, amiga de Sempronio. Este quiere compartir con Celestina las ganancias que extraerán a Calisto por la seducción de Melibea. A partir de ahí los hechos siguen una lógica marcada por las pasiones y caracteres de los protagonistas. Otro criado de Calisto, Pármeno, joven leal al señor, a quien previene en vano contra tales maquinaciones, es corrompido por Celestina, que le ofrece trato sexual con otra prostituta llamada Areúsa, y termina entrando en el negocio. Mediante tretas y magia, Celestina parece conseguir que Melibea se enamore de Calisto con la misma intensidad que este de ella, aunque en realidad la joven ya había mudado de actitud y aprovecha la ocasión que le brinda la alcahueta. A esta, aunque muy sagaz, la codicia le pierde. Los dos criados van de madrugada a su casa a reclamar su parte en la ganancia, y al negársela ella, la asesinan. Los gritos y estruendo llaman la atención de los guardias y, por huir, Pármeno y Sempronio saltan de una ventana y se descalabran, siendo capturados y decapitados por la mañana. Calisto ve su honor arruinado, pero ha quedado en acudir al huerto de Melibea la noche siguiente, y allí va con otros dos criados. En la Comediatras el encuentro se mata al caer de la escala con que había subido al muro del huerto; la Tragicomedia alarga y complica la trama suponiendo un mes de citas clandestinas, e introduce un intento de venganza de Elicia y Areúsa por la muerte de sus amantes Sempronio y Pármeno: las mozas encargan al rufián Centurio que mate a Calisto cuando este vaya a ver a Melibea. Centurio piensa engañarlas, concertando con unos amigos que alboroten y den pie a huir al noble enamorado y sus criados; pero el resultado será distinto. Calisto, creyendo que sus dos criados son atacados, deja a Melibea para socorrerles y con las prisas y la oscuridad cae de cabeza de lo alto del muro y se mata. Melibea, desesperada, sube a una torre de la casa y se tira de ella. La obra termina con la lamentación Pleberio, padre de Melibea, mientras la madre de esta, Alisa, parece que muere de la impresión.

En una obra literaria o más en general artística, hallamos al menos tres planos: el estético-moral, el social-histórico y el técnico. Los dos últimos, más concretables, suelen servir al análisis: la técnica artística, en este caso el género (tiene algo de novela y de obra teatral, sin ser una ni otra), los recursos literarios, las influencias, etc.; y el reflejo de los conflictos y peculiaridades de la sociedad en ese momento, enfoque muy en boga a partir del marxismo. Pero el valor real de una obra no depende ante todo de sus habilidades expresivas, pues quedaría en puro artificio, ni de su relación con la sociedad del momento, pues entonces apenas podría ser apreciada o entendida en otra sociedad o época. La Celestina, como gran obra literaria, traspasa las épocas y las sociedades. Rojas, consciente de ello, la considera un libro "jamás en nuestra castellana lengua visto ni oído", poniéndolo implícitamente por encima de los italianos al señalar que no procede de "las grandes herrerías de Milán", sino de "los claros ingenios de doctos varones castellanos". Y declara ufano cómo la sutileza y brillantez del trabajo da lugar a muchas interpretaciones, otro rasgo de una obra lograda.

La ética y la estética mantienen entre sí relaciones oscuras pero ciertas, no muy desemejantes de las existentes entre ética y religión. Los mitos, la propia Biblia con sus relatos de apariencia ambigua, congenian difícilmente con una exposición ordenada y precisa de reglas morales, y por algo la Iglesia no insistía en ponerla al alcance de todo el mundo, aunque divulgase sus relatos centrales. Los mismos Evangelios, de tan arduo cumplimiento incluso para quienes, generación tras generación, han tomado a su cargo predicarlos, dan pie, entre otras cosas, a la sátira anticlerical, presente asimismo en La Celestina.  El ser humano vive en el ámbito moral como el pez en el agua, pero ese ámbito desborda su capacidad intelectiva: la promesa del demonio a Adán y Eva de conocer la ciencia del bien y el mal y ser como Dios, resultó vana, y el libro de Job avisa de esa limitación, a veces trágica. Ni el hombre más racional logra prever todas las consecuencias de sus actos, que al mismo tiempo se complican de modo inextricable con los actos y consecuencias ajenos. El autor presenta a La Celestina en tono convencional aludiendo a sus "muchas sentencias filosofales" y a su trama como edificación de mancebos, para mostrarles "los engaños que están encerrados en sirvientes y alcahuetas"; o, más concretamente, la da por "compuesta en reprehensión de los locos enamorados que, vencidos de su desordenado apetito, a sus amigas llaman y dicen ser su dios". De ahí pudo salir una colección de ejemplos moralistas más o menos tópicos o entretenidos. Pero el libro va mucho más allá, es una de las más profundas y complejas exposiciones literarias de la condición humana.

Parte del valor de La Celestina se encuentra en los caracteres de los personajes, tan individualizados y tratados con extraordinaria penetración psicológica; o en episodios como las últimas palabras de Melibea a su padre y la desesperación de este, en términos realmente conmovedores, aun si para el gusto actual puedan sonar algo retóricas. Otra escena de extraordinaria fuerza es la del último encuentro de los amantes. Melibea viene cantando quedamente en la oscuridad, y en ella el ansia de placer y el sentimiento poético van juntos: "Mira la luna, cuán clara se nos muestra. Mira las nubes cómo huyen. Oye la corriente de esta fuentecilla cuánto más suave murmullo lleva por entre las frescas hierbas. Escucha los altos cipreses cómo se dan paz unos ramos con otros por intercesión de un templadico viento que los menea. Mira sus quietas sombras, cuán oscuras están, y aparejadas para encubrir nuestro deleite". Su observación encierra un augurio que ella no puede imaginar, pues los cipreses suelen simbolizar la muerte, y a ella saludan cuando se "dan paz". La elevación poética parece truncarse con la reprensión a su criada Lucrecia, que, ayudando a quitar la armadura a Calisto, se arrima a él en demasía: "¿Tórnaste loca de placer? Déjamele, no me le despedaces". Y aún más cuando advierte a Calisto, mientras se rinde a él: "Tus honestas burlas me dan placer, tus deshonestas manos me fatigan cuando pasan de la razón. Deja estar mis ropas en su lugar", para obtener la zafia respuesta: "Quien quiere comer el ave, quita primero las plumas". Quizá hay ahí una parodia del amor cortés, pero zafiedad y elevación se complementan para crear un clima al mismo tiempo chocante y natural.  

El relato roza a veces la pornografía, sin llegar a chabacano. La alternancia constante de lo trágico y lo cómico, lo poético y lo vulgar, la parodia y la reflexión moral, el lenguaje elevado y el soez, funciona de tal modo que ningún elemento destruye al otro, manteniendo un peculiar equilibrio. La mezcla de pasión física y nobleza de espíritu lleva a Melibea a apreciar en Calisto cualidades ilusorias, pero no por ello queda la joven por necia. Calisto parece más bien un apuesto chisgarabís encaprichado y de cierta bajeza (su recurso a Celestina lo define); su muerte, accidental y debida a un error de percepción o quizá a un hastío momentáneo tras satisfacer su deseo con Melibea, carece de tono heroico o romántico, en contraste con el final trágico de su amante.

Todos los personajes, salvo Melibea (y su familia, en principio) conciben el amor como un ansia egoísta de goce. "Todas las cosas son creadas a manera de contienda o batalla", explica Rojas en la el prólogo, y el ambiente de esa contienda es aquí sórdido, plagado de rivalidades, pendencias y engaños entre quienes se pretenden amigos o benefactores. Pero varios de los personajes, destacadamente Celestina, son ingeniosos, saben penetrar en la psique ajena, en sus puntos flacos, en los intereses verdaderos bajo la retórica; saben razonar y defender su propia causa y supuesta dignidad, invocando incluso la religión, y así invierten los valores en una constante ironía grotesca y cómica que construye un mundo al revés. Tiene en ello algo de común con la tragedia griega, cuyos protagonistas explican y justifican racionalmente sus motivos que, sin embargo, les llevan al desastre.

Pero aquí el desastre procede, excepto en Melibea, de la insinceridad esencial de sus discursos: viven una farsa, y la argucia ingeniosa no les saca de una existencia mísera en cualquier sentido. Celestina, el gran modelo, lo aclara al seducir a Pármeno con la promesa de los favores de Areúsa. La finada madre de Pármeno, amiga y maestra de Celestina en sus artes, le había abandonado de niño y él se había criado un tiempo en casa de la misma Celestina; pero había conservado una inteligencia y honradez esencial. La alcahueta le cuenta hazañas de picaresca y brujería de su madre que disgustan al muchacho, el cual pregunta si las dos eran cómplices cuando la justicia había prendido a Celestina: "Juntas lo hicimos, juntas nos sintieron, juntas nos prendieron y acusaron, juntas nos dieron la pena esa vez". Algo sin importancia, indica Celestina, porque "cosas son que pasan por el mundo. Cada día verás quien peque y pague, si sales a ese mercado". "Verdad es –replica el mozo–; pero del pecado lo peor es la perseverancia; que así como el primer movimiento no está en la mano del hombre, así el primer yerro; donde dicen que "quien yerra y se enmienda...", etc.". La respuesta de Celestina da una clave de toda la obra. Dice para sí: "Lastimásteme, don loquillo. ¿A las verdades nos andamos? Pues ahora espera, que yo te tocaré donde te duela"; y, en voz alta, insiste: "Hijo, digo que sin aquella prendieron cuatro veces a tu madre, que Dios haya, sola. Y aun la una le levantaron que era bruja (...) Y mira en qué tan poco lo tuvo por su buen seso, que ni por eso dejó en delante de usar mejor su oficio. Esto ha venido por lo que decías del perseverar en lo que una vez se yerra. En todo tenía gracia; que en Dios y en mi conciencia...". La parodia es realmente magnífica. Nada más inconveniente en la vida que "andarse a las verdades". Como lamentará Pleberio ante el cadáver de su hija, el mundo parece "un laberinto de errores".

El valor de La Celestina es sin duda intemporal, como prueba la infinidad de glosas y explicaciones a ella dedicadas. Pero aquí interesa más bien lo temporal, es decir, su relación con la sociedad de su tiempo. Describir una sociedad, dadas sus mil variables manifestaciones, es prácticamente imposible salvo a muy gruesas pinceladas. En nuestro tiempo ha estado en boga, y aun no ha desaparecido, la interpretación a partir de la lucha de clases, y así se ha interpretado la hostilidad de Areúsa y Elicia a Melibea y Calisto, las trampas de Sempronio a su amo, etc.; pero existe una hostilidad de fondo entre casi todos los personajes, como parte del micromundo descrito. Por otra parte, suele ser peligroso describir una sociedad por su literatura, ya que esta tiende a tomar por asunto situaciones extremas o infrecuentes. Nada sería más erróneo que ver en La Celestina una descripción del ambiente general del país, extender a la vida social aquel egoísmo y resentimientos, o al conjunto del clero la afición a celestinas; como no era común que la pasión amorosa llevara a tales conductas. La literatura extrae de los extremos implicaciones psicológicas y morales en que todos pueden reconocerse, aun si llevan una vida real más calma. Precisamente en este punto resalta la mayor falla de verosimilitud de la Tragicomedia –hasta las obras de ficción más cuidadosas contienen elementos inverosímiles–: Calisto y Melibea pertenecían a la misma clase social, sus familias se conocían y no aparecen obstáculos a que sus amores se encauzasen al matrimonio, como normalmente ocurría, evitándose así la tragedia. Que ella afirme preferir ser "buena amiga que mala casada" no cambia nada en aquel contexto. Quizá sirva aquí el enigmático, acaso burlón, comentario de Helena en Troya: "Zeus nos dio mala suerte, a fin de que sirvamos a los hombres venideros de tema para sus relatos".

Por lo demás, el libro está escrito cuando Colón realizaba su tercer viajes a las Indias, estaba en marcha una reforma para elevar el nivel cultural y moral del clero, el final de la Reconquista desencadenaba la expulsión de los judíos y nuevos problemas internos (conversos y moriscos), y externos por la implicación en Italia, herencia asumida de Cataluña y comienzo de la larga serie de conflictos con Francia, la gran potencia europea del momento; nada de lo cual, como de otros muchos sucesos, refleja la obra. La vitalista sociedad española de la época estaba generando gran número de personajes extraordinarios en la política, las armas, las letras, el pensamiento, la navegación, el arte, etc. El propio autor de La Celestina y su obra entran plenamente en ese espíritu del tiempo: su supuesto pesimismo moral, más bien realismo, no revela una actitud desfalleciente, sino un vigor creativo fuera de lo común. En rigor, inaugura con la máxima brillantez el que será llamado Siglo de Oro, en realidad dos siglos entre finales del XV y finales del XVII. No parecen acertadas dos equiparaciones que hacen muchos críticos al interpretar la obra: a) el pensamiento de los personajes es el del autor –cosa más fácil de creer si tal pensamiento no concluyera tan mal–; b) el microcosmos de la trama reproduce a la sociedad en conjunto, un supuesto arbitrario, aunque muy difundido en el siglo XX.

La vida de Fernando de Rojas, en lo poco que sabemos de ella, proporciona indicios sobre el espíritu de su tiempo. Nació en la Puebla de Montalbán, en torno a 1474, y hacia los quince años de edad fue a estudiar a la universidad de Salamanca, que debía de contar con unos cinco o seis mil estudiantes. Allí pasaría una primera etapa obligatoria de tres años en la Facultad de Artes, con estudios de Aristóteles y sus comentaristas, de latín y retórica, y probablemente de escritores griegos y romanos (La Celestina, como otras obras de la época está repleta de referencias y erudición clásica, no menos que refranes populares). Después hubo de inscribirse en la prestigiada facultad de Derecho, otros seis años preceptivos de duros estudios, después de los cuales debía ocuparse un año o dos más como ayudante en la enseñanza dentro de la facultad. Así, habría recibido el título de bachiller no mucho antes de 1500, época en la que debió de entrar en aquella universidad otro personaje destacado de la época, Hernán Cortés. Sería en Salamanca, durante la última década del siglo, cuando conociera el primer acto de la Comedia, si realmente la escribió algún otro autor y no es un artificio para difuminar su propia autoría. No mucho más tarde se instaló en Talavera de la Reina, donde vivió hasta su muerte, en 1541. Parece haber disfrutado de una posición de hidalgo, próspera y sin problemas, llegó a alcalde de la ciudad, perteneció a una destacada cofradía mariana y en su testamento ordenó ser enterrado con hábito de San Francisco, en el convento de la Madre de Dios.

Lo que sabemos de él no autoriza versiones difundidas que atribuyen su supuesto nihilismo a no menos supuestas aflicciones ocultas de converso. No fue converso porque nunca fue judío, sino cristiano de tres generaciones atrás. Se casó con la hija de un converso, y su suegro sí tuvo algunos problemas con la Inquisición, pero no Rojas, como observa Peter E. Russell, al punto de que el suegro alegó a los inquisidores su parentesco con el autor de la Tragicomedia, dato indicativo de que este gozaba de prestigio ante la Inquisición. La idea de que los conversos estaban entonces muy inquietos generaliza en exceso: la mayoría, probablemente, se habían cristianizado en serio, y no faltaban entre ellos los partidarios de mano dura contra conversos judaizantes.

Por otra parte, el éxito de La Celestina fue inmediato y sin igual en la literatura española de esos siglos. Hasta mediados del siglo XVII hubo al menos 109 ediciones en castellano, algunas de ellas publicadas en Italia, Países Bajos o Francia; también 24 ediciones en francés, 19 en italiano, cinco en flamenco, dos en alemán, y otras. Ello plantea un problema: ¿cómo pudo ocurrir tal cosa en una sociedad descrita a menudo como rígida y de espíritu estrecho, máxime con un libro tan expuesto a interpretaciones contradictorias? Pues, en efecto, bastantes clérigos y laicos lo tacharon de inmoral, y esa impresión persiste en la crítica de hoy: el texto sería nihilista, materialista y ateoide, ajeno al cristianismo y a la noción de pecado. Todo lo cual, deducen, revelaría una cristianización social muy deficiente o inexistente en amplios ámbitos; o bien los verdaderos sentimientos de Rojas. Pero en tal caso la Inquisición se habría ocupado de censurar la obra, cuando lo cierto es que ni siquiera la incluyó en ningún índice de libros prohibidos hasta finales del siglo XVIII. Es obvio que la mayoría de sus lectores, aun si sorprendidos o algo escandalizados por la crudeza moral y los agudos discursos justificativos de los personajes, los entendían en relación con su catastrófico final. O, como lo calificaría Cervantes: "libro divino si encubriera más lo humano".

La obra expone asimismo la amplia difusión de la cultura humanista en los ámbitos cultos, y de rebote en los populares: debe mucho a autores latinos e italianos, especialmente a Terencio y a Petrarca. También se encuentra en ella familiaridad con la tradición española representada por el Arcipreste de Hita, particularmente en la alegre desvergüenza y moralidad ambigua de muchos trozos; salvo que el Arcipreste nunca abandona el tono festivo, mientras que Rojas conduce la farsa a la tragedia.