De nuevo, ciencia y ciencismo

Pío Moa

2008-12-29

Me dice Miguel Prol, indómito ciencista: Te hago notar que has tomado como mío un comentario de Eduardo Robredo . Lo siento, creí que era un seudónimo de Prol.

Lo que yo pregunté en realidad era: "El mismo Moa, ¿qué opina de la mecánica cuántica o la teoría de la relatividad? ¿Se tomará tantas molestias en tratar de discutirlas críticamente como hace con el "darwinismo? Pues no, porque me falta base para discutirlas, en todo caso procuro enterarme algo.

Que no es lo mismo que enfrentarse a la cuestión simple y directa de la gravedad. No me parece que sea tan simple y directa. Nos parece así porque la vemos operar constante y cotidianamente, pero en realidad es muy misteriosa. Y no solo por la razón de que los cuerpos se atraigan. Por lo demás, el por qué de esa atracción no me parece que sea una pregunta metafísica, sino científica.

El (neo)darwinismo, que yo sepa, no está sujeto a discusión de una forma esencialmente diferente a la mecánica cuántica o la teoría de la relatividad. Muy al contrario, está ampliamente respaldado y cada día que pasa continúan incrementándose las evidencias a su favor. No me parece. Para empezar, la mecánica cuántica o la relatividad permiten hacer predicciones y experimentos que las prueben, cosa que no permite el (neo)darvinismo, máxime cuando en él entra con tanta fuerza el azar.

Me encantó tu frase de que "La religión no propone confianza, sino fe." Y te quedas tan pancho. Es buenísimo. Efectivamente, ahí está el quid de la cuestión. No es lo mismo ser científico que ser ciencista. La ciencia nos da confianza, la misma que nos da la manipulación cotidiana de una máquina o la expectativa de que habrá café y bocadillos en el bar. Pero la religión no propone esa clase de confianza, sino la fe en que la vida tiene un sentido, un "para qué", en definitiva y que no se limita a tomar café y bocadillos o manejar unos instrumentos. De esa fe deriva cierta confianza, pero a otro nivel. 

En definitiva, la vida puede representársenos muy bien como "una historia de ruido y de furia, contada por un loco y sin sentido alguno", y la ciencia viene a corroborarlo en apariencia: la evolución es un fenómeno espontáneo, que simplemente crea complejidad, no se sabe muy bien cómo, pues parece contradecir alguna ley física, pero sin sentido alguno. La humanidad podría desaparecer o suicidarse en masa y ello seguiría sin significar nada.

Pero esa impresión se debe solamente a que la ciencia prescinde, por método, de la idea de finalidad, no a que esta idea sea absurda o innecesaria. En realidad, la ciencia no dice nada sobre el sentido de la vida: la cuestión cae fuera de su método y de sus aspiraciones. A la física atómica le es por completo indiferente si su conocimiento se va a emplear para pulverizar una ciudad o para alumbrarla de noche. Aun así, aunque la ciencia sea en sí misma neutra, tiene una doble finalidad implícita: satisface nuestro afán de conocer y nuestro deseo aprovechar ese conocimiento para nuestros propios fines. Pero ese afán y ese deseo no son los únicos que conforman la vida.

La fe religiosa parte de que el mundo no se sostiene –y no se explica– completamente sobre sí mismo, de que necesita un factor externo a él, para que cobre pleno sentido. Es una intuición profunda muy digna de atención. No puede probarse, como tampoco puede probarse la intuición contraria, de que el mundo es autosuficiente y no hay nada aparte de sus leyes físicas o propias de cualquier otra ciencia.

Hay dos tipos de ciencismo: el que acepta de hecho la frase de Macbeth (el nacionalsocialismo, por poner un ejemplo) y el que la dulcifica: "Vamos a procurar evitar el ruido y la furia, que las cosas transcurran con paz y tranquilidad, aunque la vida siga siendo un cuento idiota". También hay un ciencismo más ingenuo, que simplemente traspasa la fe religiosa a una visión de la ciencia que convierte esta en metafísica, en una parodia de fe religiosa, vamos. Este tipo de ciencismo está extendidísimo en España, lo que no es de extrañar, teniendo en cuenta el escaso número de científicos que hay en el país.

(Aguardo, inquieto, la dura réplica de Prol)

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**** Interesante discusión ayer en el blog. Cita Apolinar (112) del blog de Arcadi Espada:

"Para que un mono teclease las trece letras que, en inglés, abren el soliloquio de Hamlet haría falta, según las leyes de la probabilidad, que lo intentase 26 elevado a la potencia 13. Es un número 16 veces superior al número total de segundos que tiene de existencia nuestro sistema solar. Pero, si cada letra correcta se conserva y cada letra errónea se erradica [como hace la evolución] el proceso discurre mucho más deprisa...

He aquí un tema interesante: cómo sabe "la evolución" (supongo que quiere decir el medio) cuál es la letra correcta y cuál la errónea.

**** El caso del juez Calamita vuelve a poner de relieve la cuestión de Antígona. El juez –cosa rara en el gremio– ha actuado conforme a su convicción moral ("prejuicio" le llaman los desprejuiciados chorizos) frente a una ley que, como tantas otras del gobierno colaborador de la ETA y el separatismo, se apartan de la noción más elemental del derecho. La sociedad debe respaldar a este juez contra el gobierno de los viles. 

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Sobre el regeneracionismo (y III)

La común concepción de base (de regeneracionistas y separatistas) sobre España difícilmente podía dar, en realidad, otro fruto que la disgregación y el "sálvese quien pueda". La alternativa azañista de reducir España a "una asociación de hombres libres", al estilo de un club, no mejoraba las cosas, pues los socios, en uso de su libertad, podían entrar o salir en la asociación, o fundar otras a voluntad. Por lo demás, nadie es libre de elegir su lugar de nacimiento, con sus decisivas consecuencias de idioma, costumbres, derecho, tradiciones, historia, y otros rasgos que, precisamente, son los que definen una patria.

En tercer lugar, la tarea que aparentaban echar sobre sus hombros aquellos personajes era realmente titánica: nada menos que refundar una nación. Recuerda un poco al sionismo, y la comparación vale la pena. El sionismo inspiró a un buen número de personajes entregados a su misión, resueltos, capaces de esfuerzos legendarios, extraordinariamente hábiles y hasta, si se quiere, titánicos. Pero salta a la vista que esas cualidades no adornaban de manera especial a nuestros regeneracionistas. Ninguno cumplía mínimamente las exigencias vitales de la misión invocada. Todos ellos se preocupaban ante todo de "solucionarse la vida" ganando alguna oposición a cargos confortables en la burocracia de un estado según ellos asfixiante y execrable, al que decían querer destruir. Con sus virtudes y sus defectos, y el indudable talento intelectual de varios de ellos, pertenecían por lo común al tipo del "señorito" acostumbrado a una vida cómoda, refractario al riesgo y poco animoso, en cuyos ostentosos desdenes y lamentaciones aflora la pose. Nada podía concebirse menos titánico.

Por otra parte, si había en la Restauración jóvenes privilegiados, eran precisamente ellos, pues formaban la élite destinada a mantener y renovar el sistema, beneficiaria de una educación superior, viajes y estudios en el extranjero, etc. Y de pronto esa juventud privilegiada se volvía contra el régimen que la alimentaba. Se trataba de una rebeldía cómoda y no particularmente generosa ni atrevida, pero que no dejaba de causar un daño enorme al sistema, al fomentar un ambiente social quejumbroso, amargado, afectadamente pesimista; ni dejaba de tener un efecto revolucionario al conjuntarse con rebeldías más auténticas, como las marxistas y anarquistas. Esta fue la auténtica tragedia de la Restauración, sobre la que ha hecho abundante luz José María Marco en su libro La libertad traicionada.

La Restauración cayó por tierra, finalmente, bajo los golpes combinados de los revolucionarios, los regeneracionistas y los separatistas. Entonces quedó de relieve que si bien entre todos habían tenido ímpetu suficiente para derribar el régimen liberal, no constituían ni remotamente una alternativa a él, y por tanto, la dictadura se impuso sin el menor problema. Y no menos de relieve quedó el carácter acomodaticio y la escasez de ánimo y creencia en sí mismos de aquellos supuestos rebeldes.

El espíritu intransigente con las injusticias y opresiones, incendiario en nombre de la libertad, se apagó como una simple vela al aliento de un grito de Primo de Rivera. Y no porque la dictadura fuese férrea: al contrario, se trató probablemente de la dictadura más liberal, menos sanguinaria y por así decir más humana que conoció el siglo XX, en España o fuera, como acabarían reconociendo muchos de sus enemigos.