Cavilaciones de Cebrián

Pío Moa

2008-07-04

Esta semana en Época

¿POBRES CONTRA RICOS?

Lamento no haber leído en su día el libro de Felipe González y Juan Luis Cebrián El futuro no es lo que era, por suponerle un valor intelectual nulo. Y tal es su valor, como compruebo ahora; pero ello no impide que se trate de un libro influyente, muy influyente: como que traza las líneas maestras de la actual involución política. La falsedad, ya lo decía Revel, es hoy la fuerza más poderosa.

El pedestre nivel intelectual (y moral) del influyente orientador de la opinión de izquierda queda constantemente de relieve en frases como estas: "Uno de los personajes de mis novelas, una mujer perteneciente a una buena familia de la sociedad madrileña, explica que la guerra civil fue una guerra entre ricos y pobres, y la ganaron los ricos. Ese me parece un resumen perfecto de la historia reciente de España, hecho, además, y no con cinismo, por alguien que pertenecía a los vencedores. Sin embargo, estas consideraciones no les dicen mucho a los jóvenes de ahora".

Cebrián inventa un personaje de ficción y a seguido le atribuye un "resumen perfecto de la historia reciente", ¿cabe argumentación más fina y sólida? Una simplificación, o mejor simpleza, que ni siquiera el barato marxismo carpetovetónico sostendría tal cual. Y reveladora de ignorancias profundas, ni siquiera tolerables en un discutidor de taberna.

Pues entonces deberíamos creer que la mitad de los españoles, que lucharon en el bando nacional o lo apoyaron, eran ricos; y que gentes como Negrín, Prieto, Companys, Aguirre, Azaña y los demás jefes del Frente Popular eran pobres o los representaban, como asimismo Stalin. Sorprendentemente, aquellos pobres demostraron muy poco interés por su propia causa: su bando se quedó con todas las reservas financieras, la gran mayoría de la aviación y la marina, las municiones y las fábricas, la mitad del ejército y más de la mitad de las fuerzas de seguridad...para retroceder rápidamente. Todos los episodios de heroísmo (Simancas, Alcázar de Toledo, Oviedo, etc.) los realizaron los ricos, mientras los pobres tuvieron que ser forzados a luchar mediante reglamentos terroristas y fusilamientos a mansalva, sin parangón con los métodos de los ricos. Y a retaguardia no había modo de inducir a los pobres a trabajar de firme por su pretendida causa: las campañas de propaganda llamándoles a esforzarse nunca lograron su objetivo, como demuestran las cifras de producción, en permanente descenso; o como indican testimonios sangrantes de Azaña, Zugazagoitia y otros. Los pobres, en fin, se detestaban tanto unos a otros que ni la permanente amenaza de los ricos les disuadió de asesinarse, torturarse y emprender dos guerras civiles entre ellos. En fin, los pobres contemplaron cómo sus ejemplares jefes se iban al exilio con inmensos tesoros desvalijados al patrimonio histórico y artístico del país y a particulares, hasta a los montes de piedad: ahí sí resultaron pobres, en el doble sentido de la palabra.

Besteiro condenó el "Himalaya de mentiras", el "envenenamiento de las conciencias" en que se sustentó el Frente Popular; Marañón, Pérez de Ayala y Ortega, padres espirituales de la República, terminaron maldiciendo en frases inolvidables a aquel régimen y sus líderes: "estupidez y canallería", "constante mentira", "bestial infamia de esa gentuza inmunda", "fracaso trágico", "crimen, cobardía y bajeza"...; el propio Azaña renegaba de aquella "política tabernaria, incompetente, de amigachos, de codicia y botín, sin ninguna idea alta".

Cebrián, lumbrera inspiradora de la izquierda, promotor del cambio de la unidad contra la ETA y el separatismo en unidad de todos ellos contra la derecha, no se identifica con Besteiro, Marañón y los demás citados, sino con gente tipo Negrín y Prieto. Propugna, por tanto, renovar el "Himalaya de mentiras", a fin de que los "jóvenes de ahora", sepan qué deben pensar y saber, tanto del pasado como del presente.

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(De Años de hierro)

Mientras el afianzamiento del régimen y los problemas de la reconstrucción absorbían la atención del gobierno, al norte de los Pirineos y en Extremo Oriente se gestaba un enfrentamiento general.

Así como en los años 20 y principios de los 30 el comunismo fue la principal fuente de perturbación en Europa, el triunfo de Hitler en Alemania, en 1933, instaurando el III Reich, convirtió al nacionalsocialismo en el mayor peligro para la estabilidad europea, sin que por ello desapareciese el primero. Comunismo y nazismo se habían combatido a muerte en Alemania, y entre los dos habían empujado a la ruina a la democracia de Weimar, surgida de la I Guerra Mundial.

Ambas ideologías tenían mucho en común: una idea del estado mucho más totalitaria que en España o incluso en Italia; el mensaje de una radical emancipación, humana o racial, proyectando sobre un agente definido –la burguesía o el judaísmo– toda la carga de la culpabilidad histórica; un desprecio radical por los intereses y la misma vida de los declarados culpables, cuya eliminación, incluso física, tendría efectos liberadores; un concepto muy elástico de dichos "culpables": la burguesía podía incluir desde los financieros a los propios comunistas disidentes, pasando por los campesinos o los intelectuales. Y el judaísmo designaba a un pueblo acusado por igual de plutócrata  y de promotor del comunismo, pero el odio y desprecio nazis abarcaban a otros muchos pueblos, en particular a los eslavos; el comunismo era militantemente ateo, y el nazismo, de rasgos paganoides, venía a serlo de hecho; uno y otro se proclamaban científicos y evolucionistas, con una u otra interpretación de Darwin; y, un tanto paradójicamente, cultivaban el heroísmo y el sacrificio, si bien con estilos distintos.

Tampoco faltaban algunos rasgos comunes entre los máximos líderes de ambas ideologías, Hitler de 50 años, y Stalin, de 61. Los dos se sentían poseídos de una misión histórica ante la cual deberían ceder cualesquiera otras consideraciones, y mostraron en todo momento una resolución despiadada hacia sus enemigos, incluso hacia sus correligionarios. Nadie había matado hasta entonces más comunistas que Stalin, empezando por la plana mayor de los revolucionarios de octubre del 17, y seguiría con esa costumbre hasta el fin de sus días; Hitler había hecho asesinar, en 1934, a unos 200 seguidores suyos de las primeras horas, en la "noche de los cuchillos largos", entre ellos la plana mayor de las SA, (Sturmabteilungen o Secciones de asalto), que tanto le habían ayudado a conseguir el poder; si bien, al revés que Stalin, no insistiría en esa línea contra los suyos. En lo demás, diferían. Hitler tenía una mentalidad más militar, y Stalin más policíaca; el historial de Hitler era más bien el de un agitador de masas, y el de Stalin el de un conspirador y terrorista; el alemán preconizaba abiertamente el fanatismo y la violencia, y el georgiano empleaba demagogia seudohumanista. Éste poseía también una amplia cultura, bastante superior a la del líder nazi. En 1939, Stalin cargaba ya con montañas de cadáveres, siendo aún escasas las víctimas de Hitler. Compartieron también el sistemático "culto a la personalidad", como sería llamado más tarde.*

Los nacionalsocialistas habían llegado al gobierno sobre la ola de la frustración popular por una crisis económica que golpeaba al país con especial crudeza, del resentimiento por las condiciones abusivas del Tratado de Versalles impuesto a Alemania cuando ésta perdió la I Guerra Mundial, y del temor al comunismo. Alcanzado legalmente el poder, destruyeron las leyes y libertades democráticas, aplastaron a los comunistas y aplicaron una planificación económica que dio, de principio, excelente fruto. El paro galopante fue absorbido y la industria volvió a trabajar a pleno rendimiento, mucha de ella para el ejército. En solo seis años, de 1933 y 1939, Alemania recobró el rango de gran potencia.

El mayor peligro del dinamismo nazi provenía de sus pretensiones expansivas. Según sus doctrinas, los alemanes tenían derecho a un "espacio vital" a costa de las naciones vecinas. Hitler expresaba doctrinalmente esas aspiraciones, y al mismo tiempo afirmaba que sus proyectos señalaban el camino hacia una "paz auténtica y duradera", superando los abusos del pasado. Parejamente Stalin, constructor de la dictadura quizá más absoluta que había conocido el mundo, y director de la Comintern, dedicada en cuerpo y alma a atacar el capitalismo, predicaba sin descanso la democracia y la paz.

Para el Kremlin, el ascenso nazi había sido un flagelo, no sólo porque había aniquilado al partido comunista alemán, puntero de la Comintern, sino, sobre todo, porque auguraba la agresión a la URSS, aunque ésta se hallase protegida, de momento, por los estados intermedios Checoslovaquia, Polonia y Rumania. Esa inquietud había cambiado la anterior estrategia comunista, de subversión directa y violenta contra la burguesía en todos los países, por la de "frentes populares", buscando acuerdos con las potencias democráticas y con amplios sectores burgueses a fin de aislar al fascismo en general, y a Alemania muy en particular. En la doctrina y mentalidad soviéticas, tanto las democracias como los fascismos eran potencias "imperialistas" que colisionaban entre sí, en su afán por nuevos mercados y por la explotación de las colonias. Stalin venía anunciando la proximidad de una nueva guerra imperialista, y esa idea determinaba su orientación global. El dilema era: ¿empezaría ese conflicto como una agresión nazi a la URSS, o como un choque entre las potencias democráticas y las fascistas? Su máximo interés estaba en lo segundo, pues entonces todos sus enemigos se agotarían luchando entre sí, dejando la Europa centro-occidental aún más devastada que la guerra del 14, y a la URSS como árbitro absoluto de la situación, abriendo paso a la revolución en todo el continente.

Por lo mismo, Stalin temía que las democracias hiciesen concesiones a Hitler, a fin de desviar su agresividad hacia la URSS. Temor no irreal, dado que muchos políticos demócratas temían más al comunismo que al nazismo, y la aniquilación mutua entre ambos no dejaba de parecerles una salida interesante.

Sólo dentro de esa concepción general había cobrado sentido el apoyo de Stalin al Frente Popular español, pues, evidentemente, sus protestas de simpatía por la democracia carecían de valor. La intervención en la guerra española había sido una aventura arriesgada para la URSS, por las grandes distancias y por el riesgo de conflicto abierto con Alemania; y también costosa, si no en dinero –se aseguró el pago de la ayuda mediante las reservas de oro españolas– sí en prestigio. Pero la empresa merecía la pena, porque mantenía lejos de sus fronteras, al otro extremo de Europa, un dramático foco de tensión entre Italia y Alemania, por un lado, y Francia y Gran Bretaña por otro, que debiera abocar al conflicto armado entre ellas, anhelado por Stalin. De paso, la ayuda a España ofrecía la oportunidad de asentar, bajo cobertura democrática, un nuevo régimen de tipo soviético a espaldas de la Europa capitalista.*

Pero las democracias no habían respondido a los cálculos del Kremlin. Inglaterra, en menor medida Francia, habían tratado de aislar el foco bélico y revolucionario español, aprensivas de su contagio, y no habían visto mal que las potencias totalitarias se enzarzasen entre ellas a través de España. Además, el asolamiento del país les facilitaría condicionar la política de Madrid al llegar la paz, mediante créditos para la reconstrucción que ni Italia ni Alemania podían ofrecer. Por ello, en lugar de actuar directamente en la contienda, como deseaba Stalin, las democracias habían optado por la no intervención, haciendo la vista gorda a las intervenciones soviética y germanoitaliana, procurando al mismo tiempo mantener el equilibrio entre ambas. Por otra parte Hitler había coincidido con Stalin en el interés por alargar la guerra española, si bien por razones distintas: el primero buscaba alejar la atención de sus maniobras expansionistas en el centro de Europa, dirigidas contra Austria y Checoslovaquia y distanciar a Italia de Gran Bretaña.

Así pues, Moscú no había sacado nada en limpio de su aventura española, salvo bazas propagandísticas como supuesta defensora de la libertad frente a la traición de las democracias "burguesas". Pero mientras intentaba promover el cerco de Alemania y el conflicto en occidente, Stalin, con su clásica ambigüedad "dialéctica", y con el mismo fin de alejar de sí la agresión nazi, procuraba acercarse al III Reich. El acercamiento empezó a concretarse en la primavera de 1939, cuando la lucha en España tocaba a su fin, y se aceleró durante el verano.   

A su vez las democracias se hallaban atenazadas por la propaganda pacifista y por el recuerdo de las enormes pérdidas humanas y económicas de la guerra anterior. Ante el enrarecimiento de la situación, habían emprendido un impopular rearme. Gran Bretaña, más fuerte y decidida, parecía vacilar entre la idea de empujar a Hitler contra la URSS –lo cual significaba sacrificar Checoslovaquia y Polonia–, y su política tradicional de equilibro de poderes en el continente. De la anterior guerra europea, Londres había sacado la lección de la inconveniencia de implicarse demasiado en los asuntos continentales, pero Alemania se estaba configurando como un poder excesivo, al que Francia no podría contrapesar por sí sola. Esta trama de expectativas inciertas y contradictorias se desarrolló a lo largo de 1939.  

* Aunque el "culto" a Hitler era algo más sobrio que el aplicado a Stalin: "El camarada Mirónof tocó una tonada y todos nos unimos en la cantinela familiar: Cantemos una canción, camaradas/ al más grande de los hombres/ al más grande y el más amado/ A Stalin cantemos una canción" (1). Se esperaba incluso, y en gran medida se cumplía, al menos externamente, que las propias víctimas de Stalin le profesaran casi adoración, algo que los hitlerianos no llegaban a exigir.

* La actitud soviética hacia España ha sido objeto de debate. Bastantes historiadores dan por buena la versión oficial soviética de que Stalin solo quería contener a Hitler mediante la defensa de la democracia española y la alianza con las democracias europeas. Por supuesto, quería eso, pero también mucho más. El análisis de su postura exige tomar en cuenta otros factores: las ideas soviéticas cobre los "países imperialistas", sus tácticas de frentes populares, su desconfianza radical de las democracias, y su política concreta en España, que persiguió por sistema el adueñamiento del poder por los "demócratas" comunistas. Y la democracia española había dejado de existir antes de la guerra civil, debido en parte menor, pero no desdeñable, a la política del PCE.

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"Estimado amigo,

El pasado martes, 1 de julio de 2008, volvió a ver la luz el desaparecido Diario YA, aunque en esta ocasión lo hace a través de internet. Es un proyecto que nace desde la humildad y que no persigue otro objetivo que recuperar una línea editorial que, desde 1996, ningún otro medio de comunicación generalista, impreso o digital, ha querido o sabido defender: las raíces cristianas de España y el espacio que a los católicos nos corresponde en la sociedad actual.

Los medios materiales son escasos, pero mucha la ilusión y la responsabilidad. Sabemos que nos dirigimos a una España distinta a la de la Transición o a la de los años dorados del viejo YA, también diferente a la que observó estupefacta cómo desaparecía una cabecera histórica. Y sin embargo, tenemos la firme convicción de que la empresa, como ya demostró el Cardenal Herrera Oria hace casi un siglo al fundar la Editorial Católica, merece la pena. Somos herederos de una tradición periodística que tiene que ver con el respeto a la verdad, con la defensa incondicional de la vida humana desde el momento de la concepción, con la dignidad del Hombre, con el compromiso social que todo medio de comunicación debe tener siempre. En definitiva, hemos de ser coherentes con nuestra condición de católicos.

DiarioYa.es no será un medio de comunicación clerical. En España se hace mucha y buena información religiosa en otros medios generalistas, pero nuestro objetivo es otro, más ambicioso, seguro que más difícil también: ofrecer a nuestros públicos una visión integral de la realidad desde la perspectiva católica. Interpretar cada hecho, cada acontecimiento, cada declaración a través del prisma de nuestra fe. Para ello, además de desarrollar un trabajo editorial asentado en el humanismo cristiano, hemos contado con algunas de las mejores firmas del mundo universitario (Universidad San Pablo CEU de Madrid) y periodístico; porque, como dijo el Padre Herrera, "no sólo se trata de hacer un periódico católico, antes que eso debe ser un buen periódico".

La lista de nuestros colaboradores, que irá creciendo en los próximos meses, contiene nombres tan importantes como el Padre Ángel David Martín Rubio, el periodista y sacerdote Manuel María Bru, los profesores José Luis Orella, Carlos Gregorio Hernández, Javier Paredes y José Escandell, Manuel Morillo (Foro Arbil), la psicóloga Pilar Muñoz, etc. Además de conocidos reporteros del mundo del deporte, como Pedro Pablo Parrado, Miguel Ángel Guijarro o Fernando Ballesteros.

Nuestro consejo asesor también demuestra la línea de compromiso con nuestros valores que hemos adquirido, y a la que de ninguna manera vamos a renunciar en este largo camino que aún tenemos por delante: el escritor y articulista Juan Manuel de Prada, el psiquiatra Aquilino Polaino, los periodistas Manuel María Bru y Alberto Delgado o el ex director de Informativos de TVE Alberto Miguel Arruti dan buena muestra de ello.

En definitiva, un apasionante proyecto periodístico en el que vamos a tener muchas dificultades, sin duda, pero en el que estamos decididos a continuar, porque creemos que hace falta. Porque hay muchas cosas que contar en esta España a la que algunos han robado parte de su propia historia. Porque es crucial la batalla por los valores y los principios que sólo los católicos, con la ayuda de nuestro Padre, podemos desarrollar con firmeza y humildad. Porque, en parte, es también nuestro deber como seguidores de Jesucristo.

Si quiere conocer cómo es el nuevo DiarioYa, sólo tiene que "pinchar" en la siguiente dirección: www.diarioya.es

Muchas gracias.

Rafael Nieto

Director de DiarioYa.es