Cosas de la edad

Alaska

2008-05-20
Sé perfectamente lo que significan para ti tus amigos, más allá del soporte emocional habitual en las relaciones personales. Sé que eres EL animal social por excelencia, y eso me viene bien para marcar un contrapunto a mi escasa capacidad de aguantar a los demás. Por eso es bueno que nos demos cuerda para despegarnos de vez en cuando y así disfrutar cada uno por su lado.

Mientras tú te lo pasabas fenomenal de concierto con tus Nancys, yo hacía lo mismo en el Festival Mediatic con Fangoria. Fuimos pronto al recinto para ver la actuación de Porta. Bueno, y para conocerle, que para eso me llevé a nuestro amigo Alejandro, que con quince años ha decidido que Porta es su nuevo ídolo. Mientras le mirábamos rapear me vinieron a la cabeza cuestiones relacionadas con la edad. No puedo evitar pensar en cómo me ven estos chicos. En mi adolescencia, había un límite imaginario a partir del cual las personas eran muy mayores, y la cifra rondaba los veintisiete años. Lo mismo se aplicaba a los amigos que a los miembros de los grupos de música que nos gustaban. Algún Ramone ya pasaba el límite. Bowie había cumplido los treinta, pero eso no contaba, porque ese ser marciano estaba más allá de conceptos terrenales como la edad. En cambio Deborah Harry o los Dictators nos parecían MUY mayores. Y ahora yo tengo diez años más que aquellos que nos resultaban escandalosamente mayores. De hecho, las personas de mi edad no existían en nuestro entorno, ni personal (padres aparte) ni musical (¡Cuando Elvis murió tenía dos años menos de los que tengo ahora!). Fuera del ámbito del pop sí que teníamos ídolos más allá de contexto generacional, como Raphael, Lola Flores o Sara Montiel, pero estaban alejados de nuestro estilo de vida. Para entendernos, no te cruzarías con ellos en el Festival de Benicassim como te puedes encontrar conmigo. Recuerdo que una vez me contaste que la cantante de un grupo con el que coincidimos en un festival había comentado que Nacho y yo ya no teníamos edad para hacer lo que hacíamos. El comentario no tiene importancia viniendo de ella, cuyo mérito profesional es haber cazado un marido millonario. Pero tampoco es despreciable, porque refleja esa mentalidad ajena a mi entendimiento que sostiene que a cada edad corresponde una actitud o una manera de vestir o de pensar.

Cuando tenía catorce o quince años no podía entender por qué se suponía que no podía maquillarme como una puerta, teñirme, o usar los tacones más altos de la historia. Por suerte para mí, ya estaba en los Pegamoides y parecía que era cuestión del artisteo, y digo por suerte para mí, porque eso les servía a los demás como justificante. Vamos, que si no me hubiera dado por formar un grupo de música y salir en la televisión, no me habrían dejado tranquila. Las cosas no han cambiado, cuando la hija de Carolina de Mónaco comenzó a salir en las revistas maquillada y con tacones, el comentario general fue que Carlota era demasiado joven para vestir así. En el extremo contrario, me paso la vida defendiendo que Ana Obregón se puede poner lo que quiera, me revienta escuchar que no viste acorde a su edad. ¿Detecto envidia? Al fin y al cabo estamos hablando de mujeres que se pueden permitir hacer lo que hacen. Me temo que ahí está la cuestión, cada uno tiene la edad que se puede permitir, por su salud, su físico, su trabajo, sus obligaciones. Y si exceptuamos la salud, son elecciones personales. Que nadie se queje ni añore su juventud, que no digan que echan de menos salir de noche o ir a conciertos, o comprar discos, o leer como antes, o disfrutar más de los amigos; que no justifiquen sus michelines por una cuestión de edad (véase Madonna).

Observando a Porta también me reafirmo en repetirte que tú y tus amigos ya no sois jóvenes, que es algo que Nacho y yo intentamos haceros entender. Y no me digas que Nacho y yo somos especiales y no nos podemos poner de ejemplo porque empezamos muy jóvenes y lo hicimos todo muy deprisa. Por favor, que esto no suene como una oda a la juventud, nada más lejos de mi ánimo. Siempre me gustaron las personas mucho más mayores que yo. Cuando yo tenía quince años, esas personas mucho más mayores tenían veintilargos. Más adelante, la cifra se fue expandiendo, hasta llegar al hermanamiento con esa generación que me precedió y con la que me separaba un abismo generacional que en los años noventa se diluyó. Los Escohotados, Racioneros, Dragós, Ribas, Povedas. En un curso de verano del Escorial dirigido en 1992 por Elena Ochoa coincidí con ellos. Con ellos y con Albert Hofmann. Estuvo flirteando conmigo. Tenía ochenta y seis años, y mucho éxito con las chicas.. Para mí fue un honor, más allá de la anécdota. Ya sabes que admiro al doctor Hofmann con devoción. Acaba de morir, con ciento dos años. El Economist le ha dedicado una necrológica respetuosa que te dejo aquí colgada para que practiques tu inglés. Algún día tenemos que hablar de cómo las sustancias sagradas han influido en nuestras vidas. Y yo te contaré la postura del Economist y de un sector de los liberales en relación con el debate sobre la prohibición versus mercado controlado de estas sustancias.

NOTA : Acabamos de volver del gimnasio. Te estuve espiando por el espejo mientras entrenabas. ¡Quien me iba a decir que iba a conseguir convertirte en vigoréxico!