A vueltas con la fe y la ciencia

Pío Moa

2008-01-18
 
Hace meses sostuve una polémica sobre el ateísmo ciencista con el señor Robredo, de Bilbaopundit, a quien apoyaba ardorosamente mi amigo Miguel Prol, que me dedicó un largo y acre comentario en el blog Radicales libres. No llegué a enterarme de él entonces porque, visto cuán difícil resulta centrar el tema y debatir sin perderse en alusiones personales, afirmaciones enfáticas y argumentos de autoridad, decidí ocuparme más directamente de los propios Dawkins y Pinker. Algo hice, mucho menos de lo que quería, pues el tiempo es limitado y no puede uno atender a todos los frentes. Y ahora vuelve Prol a recordarme lo que entonces escribió, así que insistiré en un par de puntos.
 
Ya he dicho que no me planteo la cuestión desde el punto de vista de si hay Dios o no lo hay (no si “existe”). A mi entender la creencia religiosa radica en la intuición y el sentimiento de que el mundo y la vida no se explican ni adquieren sentido por sí mismos, lo que exige algún factor, por así llamarlo, superior y externo. A partir de los éxitos de la ciencia, ¿podemos esperar de ella, algún día, una completa explicación del mundo que excluya ese “factor externo”, o está la ciencia  autolimitada para llegar tan lejos? Esta es una cuestión interesante, pero no la que me ocupa ahora. Trato más bien de las consecuencias sociales del ateísmo.
 
A este respecto no tiene sentido, según Prol, que yo critique a Dawkins o a Pinker con el argumento de que los ateos comunistas construyeron un régimen totalitario y genocida, porque, a) los autores citados no se declaran ateos en el mismo sentido que los comunistas; y b) las acciones comunistas no derivan de su ateísmo, al menos no derivan necesariamente.
 
Ya observa Gustavo Bueno que hay muchas clases de ateos, y es verdad. Así que, por concretar, llamo ateos a quienes niegan a Dios a efectos prácticos, consideran la religión –en especial la cristiana, con mayor atención a su rama católica– una fuente de errores y maldades, y abogan por una sociedad atea, consígase la misma por las malas, como Stalin o el Frente Popular español, o por medio de una propaganda insistente, estatal o no. Valga esto también como respuesta al reproche que me hace de que confundo laicismo con ateísmo: el laicismo simplemente separa el estado de la religión; el ateísmo ataca directamente a la religión (con todo derecho, siempre que no utilice el poder estatal para sus fines). Otros ateos limitan su convicción a una opinión personal sin mayor trascendencia social o política, pero a ellos, naturalmente no me refiero.
 
En cuanto a Dawkins, señala Prol que su ateísmo es relativo y no una creencia dogmática, como podía ser la de Stalin, pues “mantener una actitud 100% atea supone ir más allá de las evidencias y la razón. Supone tener fe”. Con ello desvirtúa el concepto de fe, que admite, al igual que el ateísmo, muchos grados y modalidades, como demuestra la práctica. Dawkins piensa que la existencia de Dios (valga la contradicción) tiene “muy pocas posibilidades, pero más que cero”. Esta concesión le parece a él (y a Prol) que le salva del dogmatismo. Sin embargo se trata de una pequeña argucia sin interés para esta discusión: “Ateo de facto. «No estoy totalmente seguro, mas pienso que es muy improbable que Dios exista y vivo mi vida en la suposición de que Él no está ahí”. (Por esa vía entra lo de la tetera de Russell y banalidades por el estilo). En suma, el creyente tiene una probabilidad abrumadora de estar en un error, y el ateo de estar acertado, y a cualquier efecto práctico da lo mismo que haya Dios o no, pues Dawkins, y con él todo el mundo, si lo desea, vive su vida  como si no lo hubiera. Y la vive mejor, obviamente, que los creyentes, sumidos en la superstición.
 
Podríamos dar algún valor a esa  declaración antidogmática si Dawkins pasara a hacer un análisis serio de la experiencia de otros ateos prácticos como los stalinistas. Pero no lo hace, y piensa que basta su declaración o declamación antidogmática para evitarle entrar en ese escabroso terreno. Más aún, acusando de dogmático a Stalin lo convierte a su vez en un “creyente religioso” sui generis.  
 
Esto no pasa de ser otra argucia retórica. El hecho real es que Stalin era tan ateo como Dawkins, consistiendo la única diferencia práctica en que el primero pudo dedicarse a extirpar el error religioso desde el poder y con métodos drásticos, mientras que Dawkins carece de ese poder y, aunque comparte con Stalin la opinión de que la religión es enormemente perjudicial para la sociedad, propugna eliminarla por métodos menos rápidos y violentos, también menos consecuentes.
 
Prol replica, citando a nuestro buen Robredo: “Es muy reseñable que, entre las causas del terror estalinista analizadas por Lewin, prácticamente ni se mencione al "ateísmo" o al "ciencismo". Si el estalinismo logró arraigar en la Unión Soviética, ello se debió ante todo al anhelo que el pueblo ruso sentía de un nuevo vohzd (guía) histórico, un patriarca-terrateniente (joziain) “cuyo comportamiento severo se aceptaba, siempre que fuera justo” y que arraigaba en la tradición rusa de autarquía, ortodoxia religiosa y patriarcalismo agrario”. Lo cual no pasa de ser una opinión de Lewin que no demuestra nada, excepto su propia confusión, por no decir sandez: el stalinismo vendría a ser un régimen algo severo, desde luego, pero justo y anhelado por el pueblo ruso, continuación del zarismo y del cristianismo ortodoxo… Esto sí es ciencia y agudeza crítica.
 
E insiste Prol: “¿Tú crees que todos los que murieron directamente por culpa del nazismo o el comunismo en cámaras de gas, fusilados o como fuera, pensaban que eran sacrificados por creer en Dios? ¿Que su muerte era debido al ateísmo? ¿Que sus asesinos o torturadores tenían en mente el ateísmo para algo? (Hablando en general, se entiende.)”. 

Desde luego, bastantes fueron asesinados directamente por su religión, pero probablemente una minoría. Como ya expliqué, el problema está en otra parte: el ciencismo ateo –o la fe en la ciencia, si se prefiere–, destruye la noción de sentido en la vida, y con ella otros conceptos asimilados, como la libertad o la dignidad humana. Eliminados esos conceptos, o declarados irrelevantes, la matanza de los considerados enemigos políticos, incluso si comparten las convicciones ateas, se vuelve una actitud normal. No obligatoria, pero sí normal y lógica, al menos  en determinadas circunstancias. De hecho, el punto de vista de Dawkins no sirve para criticar a Stalin, y la preferencia del inglés por métodos más suaves para extirpar el error religioso no pasa de ser una inconsecuencia o quizá un influjo inconfesado o inconsciente de la moral cristiana. Parece que hay, pues, una relación bastante clara entre ateísmo ciencista y totalitarismo a la staliniana. El sentido general del mundo, que el religioso deposita en la fe en Dios, el totalitario lo transfiere a su propio proyecto político, y el ciencista a la ciencia, la cual, paradójicamente, excluye de su método cualquier noción de sentido.

Creo que esto debería bastar para centrar la cuestión, de la que escurren el bulto una y otra vez nuestros aguerridos ciencistas. No tengo una concepción muy elaborada sobre la relación entre ateísmo ciencista y totalitarismo, solo planteo el asunto y avanzo algunas ideas, que espero desarrollar con el tiempo. Pero mientras los ateos ciencistas no acepten siquiera que hay ahí un problema, el debate no llevará lejos.

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El próximo lunes, día 21, a las 20 horas, en el Club de Prensa de La Nueva España, de Oviedo, pronunciará una conferencia D. Jaime Mayor Oreja, sobre el tema “Los desafíos de España”.  

El acto está organizado por el Ateneo de Oviedo y será presentado por D.Silvino Lantero Vallina.