La crueldad española

Pío Moa

2007-01-17

Hace cosa de un par de años Fernando Sánchez Dragó y Jorge Verstrynge tuvieron la amabilidad de presentar mi libro 1936. El último asalto a la República, editado por Áltera (prácticamente ninguna repercusión mediática, igual que cuando la presentación del libro anterior 1934. Comienza la guerra civil, por Stanley Payne y Álex Vidal Quadras). La discusión derivó hacia la especial crueldad española, tan ponderada en diversos países europeos. Los dos presentadores coincidieron en que no faltaba base para tal acusación. Sánchez Dragó, creo recordar, aludió a la Inquisición y a la forma realmente ensañada como se produjo a menudo la represión durante la guerra civil. Verstrynge señaló otros episodios, como la expulsión de los moriscos, en la que, según parece, murió gran número de expulsados; o las cifras del exilio, demostrativas, a su juicio, del  terror que despertaban los nacionales entre las izquierdas. La falta de tiempo cortó lamentablemente el debate.

No sé por qué me vino esto a la memoria, hace un rato. Mi impresión difiere de la de ambos presentadores. En primer lugar, debemos tomar con cautela las cifras del pasado. Si resulta difícil establecer hoy las cifras de las represiones recientes, pese a contar con la prensa, testimonios inmediatos abundantes (y a menudo contradictorios) y los registros, todo lo cual no impide la frecuente circulación de datos puramente propagandísticos, podemos imaginar qué ocurrirá con respecto al pasado lejano.

Así, la Inquisición española ha sido considerada durante siglos el paradigma de la represión brutal y masiva; pero, sin negar su carácter, hoy casi todos los tratadistas convienen en que la tortura, empleada sin duda por ella, era, con todo, más suave que la de los tribunales civiles; o en que el número de muertos ocasionado está en torno al millar en sus tres siglos de existencia. Como se ha dicho, ese número puede superarlo la policía política de una dictadura “progresista” en cuestión de meses y hasta de semanas. Cabe compararlo también con la quema de brujas en gran parte del resto de Europa occidental, que causó probablemente cien o cientos de veces más víctimas en mucho menos tiempo. La Inquisición, precisamente, salvó a España de ese horror, así como de las terribles guerras religiosas. Téngase en cuenta al hacer el balance.

En cuanto a los crímenes de la guerra civil, no me parecen nada excepcionales en la Europa contemporánea. Aquí, como en todas partes, cuando la ley cae por tierra, surgen las atrocidades, porque sale a flote lo peor de mucha gente y ya no se lucha por un simple triunfo electoral, sino por la supervivencia. Y si en torno a medio millón de personas se exiliaron, ello ¿testimonia un pánico fundado, o la eficacia de la propaganda izquierdista, que presentaba a los nacionales como una horda de asesinos? Por otra parte, más de dos tercios de los exiliados volvieron muy pronto a España, señal del carácter pasajero de aquel pánico.

Valgan estas observaciones para un posible debate.