Ateísmo socialdemócrata

Pío Moa

2006-12-30

Creo pertinente, ya lo dije, centrar en el nazismo y el marxismo el examen de las consecuencias sociopolíticas del ateísmo, por cuanto otros posibles ateísmos no han logrado implantar regímenes acordes con sus ideas antirreligiosas, y por tanto no resulta fácil observar sus efectos.

La impresión que percibimos a primera vista, aun si todavía no plenamente justificada, es la de una fuerte relación entre ateísmo y totalitarismo. Entiendo por totalitarismo la idea de que el estado tiene algo así como una misión de redención social basada en la ciencia y que da lugar, de modo natural, a regímenes omniabarcantes, donde el estado domina e incluso engulle a la sociedad civil. Esto ayuda a distinguir un régimen autoritario de uno totalitario. Un profesor polaco me explicaba la extrema dificultad de una oposición en su país bajo el comunismo: "Simplemente te expulsaban del trabajo. Y como aquí el estado era el patrón general, no tenías adónde ir ni de qué vivir, como no fuera de ayudas familiares o cosa parecida". Esto nunca pasó en la España de Franco, una dictadura autoritaria con un aparato estatal reducido, comparativamente poco costoso y en este sentido –solo en ese sentido– más liberal que el de hoy.

La identificación entre ateísmo y totalitarismo no puede predicarse, aparentemente, del ateísmo socialdemócrata. Es cierto que cabe acusarle de complacencia y a menudo complicidad con los desmanes marxistas, pero, en definitiva, se ha acoplado a regímenes de libertades y, cuando ha obtenido el poder por vía del voto, no ha implantado campos de concentración o asesinado en masa como los sistema comunistas y nacionalsocialista.

Sin embargo el impulso de quien aspira a una, digamos, acción social científica con eliminación de las tinieblas religiosas, parece caminar siempre hacia el totalitarismo. Este no tiene por qué obrar de forma rápida y violenta. Por meras razones tácticas o de conveniencia, como indicaba ayer, puede preferir vías más suaves y pacientes. El ateísmo socialdemócrata manifiesta la misma tendencia que el marxista, pero sustituyendo la violencia inmediata por la presión persistente, poderosa y a veces casi insensible del estado, el dominio de los medios de masas y la “ingeniería social”. Esta tendencia y su aparente conformidad con ciertas formalidades democráticas ya la percibió Tocqueville con lucidez pasmosa. He transcrito el texto en otras ocasiones, y me parece muy oportuna su difusión masiva como aviso y enseñanza realmente cívica:

Creo que es más fácil establecer un gobierno absoluto y despótico en un pueblo donde las condiciones sociales son iguales, que en otro cualquiera, y opino que si semejante gobierno llegar a implantarse, no solo oprimiría a los hombres, sino que a la larga les despojaría de los principales atributos de humanidad. Ese despotismo me parece, por tanto, el mayor peligro que amenaza en los tiempos democráticos.

Por encima de los ciudadanos se alza un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que sean felices y de velar por su suerte. Es absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue más que fijarlos irrevocablemente en la infancia. Este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Se esfuerza en hacerlos felices, pero en esa tarea quiere ser el único agente y juez exclusivo. Provee a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, regula sus traspasos, divide sus herencias; ¿no podría librarles por entero de la molestia de pensar y el trabajo de vivir?

De este modo cada día se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío; el poder circunscribe así la acción de la voluntad a un espacio cada vez menor, y arrebata poco a poco a cada ciudadano su propio uso. La igualdad ha preparado a los hombres para todas estas cosas: para sufrirlas y con frecuencia hasta para mirarlas como un beneficio.

Después de tomar de este modo uno tras otro a cada individuo en sus poderosas manos y moldearlo a su gusto, el estado extiende sus brazos sobre la sociedad entera; cubre su superficie con una malla de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes, entre las que ni los espíritus más originales ni las almas más vigorosas son capaces de abrirse paso para emerger de la masa; no destruye las voluntades, las ablanda, las doblega y las dirige; rara vez obliga a obrar, se opone constantemente a que se obre; no mata, impide nacer; no tiraniza, mortifica, reprime, enerva, apaga, embrutece y reduce al cabo a toda la nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos cuyo pastor es el gobierno.

Siempre he pensado que esta clase de servidumbre reglamentada, benigna y apacible, cuyo cuadro acabo de ofrecer, podría combinarse mejor de lo que comúnmente se piensa con algunas de las formas exteriores de la libertad, y que no le sería imposible establecerse junto a la misma soberanía del pueblo.

En nuestros contemporáneos actúan incesantemente dos pasiones opuestas: sienten la necesidad de ser conducidos y el deseo de permanecer libres. No pudiendo acabar con ninguna de estas inclinaciones contradictorias, se esfuerzan por satisfacer ambas a la vez. Conciben un poder único, tutelar, todopoderoso, pero elegido por los ciudadanos. (…) Esto les permite cierta tranquilidad. Se consuelan de su tutelaje pensando que son ellos mismos quienes eligen sus tutores.

Creo que jamás se ha descrito mejor el ideal y la práctica socialdemócratas.

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El penúltimo atentado de la ETA: no puede decirse que los asesinos engañen a nadie. Quien engaña sistemáticamente a los ciudadanos es su compinche, el gobierno corrupto, anticonstitucional y de mentalidad totalitaria que padecemos.