¿Qué hacer?

Pío Moa

2006-03-30

Dice la vicetiple que el estatuto separatista catalán “es la mejor argamasa para cohesionar el Estado”. Como la gasolina  es la mejor sustancia para apagar los incendios. A qué punto de desfachatez  idiota está hundiendo esta gente la política.

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Las investigaciones de Luis del Pino  no parecen vanas, lo prueban los nervios del gobierno. Lo prueban los sindicatos-Gestapo de la televisión madrileña tratando de censurar el reportaje sobre los puntos oscuros -- tantos y tan oscuros--  del atentado. Lo prueba el cierre en falso de la “investigación” de las Cortes. Lo prueba el intento de dar por zanjado el asunto. A toda costa. “No hay pruebas ni las habrá”.  ¿Recuerdan?

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Algunas claves de la historia no salen  en los manuales:

“—Ha habido reuniones con el PSOE, y con el Partido Socialista francés también. Se está haciendo un curro de la hostia —le explica la dirigente batasuna.
—Miedo me dan a mí estas decisiones –comenta el preso etarra
—¡No, joder! Hay que tantear por todos los lados —y ríe—. Para el PSOE es la hostia, que estén ellos gobernando y solucionar uno de los mayores conflictos que tiene el Estado español. Hay que planteárselo así al señor ZP, o sea: «tú vas a solucionar el conflicto mayor que ha tenido el Estado español. Pasas a la historia, tío, premio Nobel de la paz, te dan el premio Nobel de la paz”.

La ETA sabe, ciertamente, cómo tratar al ilumineta.

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¿Qué hacer? Se trata de un problema de opinión pública y movilización. En una democracia asentada, la opinión pública rechazaría de plano una alianza de socialistas, separatistas y terroristas contra la Constitución y la unidad del país. Pero en España prevalece la confusión, porque la demagogia antidemocrática y separatista nunca ha sido bien criticada, y la mayoría de los medios de masas está en manos de los enemigos de la democracia. Llegar a este extremo ha requerido muchas claudicaciones y muchas desidias, pero eso ahora es lo de menos. Tratemos de ver la situación con claridad, y planteémonos cómo invertirla. No es imposible, aunque el tiempo se echa encima Que hay mucha gente indignada y dispuesta a movilizarse, se ha demostrado ya, pero falta organización y liderazgo. Seguiremos con el asunto.

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Un amigo socialista me comentaba, desalentado: “Con la que cae, y en el partido no hay debate alguno. En Madrid, por ejemplo, todas las riñas vienen de si a uno no le han dado tal cargo o tal beneficio, o al otro le han hecho pasar por delante...”

Entre los dirigentes nacionales, la cosa no es mejor; quizá peor incluso. No hay Besteiros. Podríamos decir que personas valerosas y honradas como Gotzone Mora, Rosa Díaz,  Redondo Terreros o Maite Pagaza (observen la escasez de hombres) salvan el honor del PSOE, pero son tan pocas y están tan aisladas, al menos hoy por hoy…

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Notas para una historia del PSOE. He sugerido en varias ocasiones que algún historiador serio y con criterio escribiera una historia del Partido de los ciento y pico años de honradez. Me ha propuesto la tarea alguna editorial, pero ya tengo bastante que hacer. Ofreceré aquí, no obstante, algunos apuntes, sin orden cronológico,  que quizá sean útiles a quien se ponga a la obra.

1.-  El PSOE fue, con toda probabilidad el partido más infiltrado por la policía franquista. En su excelente libro Clandestinos,  J. R. Gómez Fouz trata algo del caso, referido a Asturias,  y J. I. Gracia Noriega hace en el prólogo estas reveladoras apreciaciones: “La traición es moneda de uso corriente tanto entre quienes se proponen derribar el Estado  como entre los que pretenden apuntalarlo, y, debido a ello, Vasílief  [el último jefe de la Ojrana, la policía secreta zarista]describe una psicología del traidor: “Ocurría, además,  un fenómeno psicológico que se presentaba casi con regularidad  en los colaboradores secretos. Éstos se hallaban en continuas relaciones, tanto con la policía como con los revolucionarios. Esta situación, nada natural, incluía perniciosamente en sus nervios. La traición de que sin cesar hacían objeto a sus propios correligionarios y que no pocas veces conducía a su encarcelamiento o destierro, pesaba sobre las conciencias de estas gentes, mientras que, por otra parte, siempre temían ser desenmascarados o asesinados por los revolucionarios”. El infiltrado es la obsesión de la lucha clandestina (…). Añade Vasílief: “Por este motivo nunca faltaba en la vida de todo colaborador secreto el instante en que súbitamente se arrepentía del doble papel que se había prestado a hacer. En este crítico momento despertábanse en él algunas veces fanáticos sentimientos de odio contra aquel oficial de la Ojrana que dirigía la actividad del agente”

Pero, observa Gracia Noriega, ¿es posible que la delación conviva hasta puntos extremos con el fanatismo? (…)  Las circunstancias de la clandestinidad antifranquista (…) fueron muy distintas de las de los revolucionarios rusos. En España, el confidente delataba por conseguir algún tipo de beneficio, bien en el orden material, recibiendo, de oscuros presupuestos, el equivalente a las treinta monedas, o bien para preservar su seguridad. En este ambiente,  el fanatismo estaba de más. Me contó el comandante Mata que, de inmediato, desconfió de alguien que se había infiltrado en la guerrilla debido a su fanatismo. El delator era, en la España de los años cincuenta y sesenta, por lo general un pobre hombre. Cualquier parecido entre el atormentado Gypo Nolan, de la novela de Liam O´Flaherty, y el delator de la policía franquista, que delataba a cambio de miserables prebendas,  salvo el actos mismo de la delación, es inexistente”

No vamos a caer en la injusticia de pretender que todos los socialistas de la época de Franco fueran como sus infiltrados. Pero algunos de estos “pobres hombres” han llegado a desempeñar cargos muy altos en el PSOE de la democracia. Gómez Fouz ha documentado alguno de ellos, y, desde luego, habrá más. Es parte de una tradición ideológica muy asentada, la del pesebrismo, impuesta hoy decisivamente en ese partido. Gracia Noriega yerra en algo: también el pesebrismo genera conductas fanáticas. ¡Y tanto!