Genghis Kahn en el trullo

Alberto Gómez

La paz y la prosperidad en las sociedades civilizadas se consigue con la monogamia y el derecho de propiedad, que son pactos de no agresión entre los hombres.

Alberto Gómez | 2011-05-20

El ocho por ciento de los hombres del territorio del antiguo imperio mongol tienen idéntico cromosoma Y. Son los descendientes directos por línea paterna de Genghis Khan. Los poderosos siempre han tenido mucha descendencia, para lo cual es necesario practicar el sexo. Sin duda, muchas de las relaciones de Genghis Khan eran consentidas, pero seguro que no se lo pensaba dos veces a la hora de utilizar la fuerza.

Con consentimiento o por la fuerza, un hombre realmente poderoso podía hacer lo que se le antojara, sobre todo en la tribu de al lado. A mayor poder, más fácil era que nadie le objetara nada. Con toda probabilidad, en el acto de llevarse un bolígrafo de oro delante de las cámaras y en el de violar a una pobre camarera indefensa participan algunas zonas comunes del cerebro que comparan la percepción de impunidad con el valor del bien ganado. No hay mayor bien en términos biológicos que conseguir descendencia y el sexo es un prerrequisito para ello. No es extraño que muchos ricos, famosos y poderosos tengan una mayor propensión a intentarlo: simplemente, les resulta más fácil. Ahora bien, una cosa es la liviandad o las corruptelas y otra, la violación y el robo.

La moralidad es una adaptación a la vida social y todas las sociedades tienen una solución moral al problema de tendencias individuales que son socialmente deletéreas. En las sociedades más primitivas, ni siquiera se consideraba moral lo que se haga fuera de la tribu. En las sociedades tribales más extensas, como los mongoles o el islam, la pacificación interna se consigue con el derecho y el deber de conquista para lograr mujeres y botín. Finalmente, la paz y la prosperidad en las sociedades civilizadas se consigue con la monogamia y el derecho de propiedad, que son pactos de no agresión entre los hombres.

De todos es conocido el desprecio de los socialistas por ese tipo de pactos morales heredados. No es de extrañar que un tipo rico, poderoso y socialista como Strauss-Kahn sea como es. Y tampoco extraña la doble vara de medir de los socialistas que le defienden, porque el socialismo es una regresión a lo más primitivo: la tribu de Strauss-Kahn son los socialistas.