De Galbraith a Stiglitz

Carlos Rodríguez Braun

Las llamadas "fuerzas impersonales del mercado" son simplemente la gente libre, que decide comprar algunas cosas y otras no. Lo impersonal es presentado como un vicio cuando es una virtud.

Carlos Rodríguez Braun | 2009-01-18
Leo en Cinco Días que para Galbraith "las causas de los malos resultados corporativos son conocidas e invariablemente las mismas: las fuerzas impersonales del mercado, la ausencia de controles públicos, el simple robo". Y otro darling del pensamiento único, Joseph Stiglitz, escribe en El País sobre "el retorno triunfante de John Maynard Keynes", y explica que regresa el célebre economista inglés porque ha reinado en todo el mundo un "fundamentalismo del mercado", de modo tal que no ha habido regulación y los mercados han operado sin obstáculos.

No sé si Galbraith de hecho escribió eso, pero daré por bueno el contenido de Cinco Días. Lo interesante y disparatado es la equiparación de las causas de los resultados de las empresas. Las llamadas "fuerzas impersonales del mercado" son simplemente la gente libre, que decide comprar algunas cosas y otras no. Lo impersonal es presentado como un vicio cuando es una virtud, puesto que si el destino de las empresas no lo deciden los ciudadanos libremente, entonces lo decidirá la arbitrariedad del poder político. Pero comparar la libertad de los ciudadanos con el robo o la ausencia de controles no tiene sentido.

Galbraith no obtuvo el premio Nobel, pero Stiglitz sí, con lo que hay que ser más exigentes con él. Y lo cierto es que su invento del "fundamentalismo del mercado" es una muestra notable de retórica impostora. La expresión fundamentalismo carece de connotaciones que no sean peyorativas. Jamás diría uno, por ejemplo: la Madre Teresa era una fundamentalista del cuidado de los pobres de Calcuta. No. Fundamentalismo sólo puede significar cosas malas: fanatismo, extremismo, crueldad, insensibilidad, etc. Pero además, si fundamentalismo del mercado tiene algún sentido, debe querer decir una especie de libertad excesiva, una anarquía, la desaparición del Estado, de los impuestos, de los controles, de las prohibiciones, de las multas, de las regulaciones, etc. Podemos dejar de lado el debate sobre si eso es plausible o deplorable. Lo que desde luego no es, es verdad.