Mi caja

Carlos Rodríguez Braun

Aquí los dueños del dinero de las personas no son ellas sino las Administraciones Públicas, encarnadas en políticos que actúan como si fueran sus propietarios, no sus inquilinos. Así, la “caja” es “mi caja”, proclama Maragall

Carlos Rodríguez Braun | 2005-04-17
A propósito de la financiación autonómica declaró Pasqual Maragall: “Yo tengo mi caja y él [Solbes] la suya. Y habrá tensiones”.
 
Obsérvese cómo los ciudadanos han desaparecido. Aquí los dueños del dinero de las personas no son ellas sino las Administraciones Públicas, encarnadas en políticos que actúan como si fueran sus propietarios, no sus inquilinos. Así, la “caja” es “mi caja”, proclama Maragall.
 
Pero, además, el manejo de bienes ajenos como si fueran propios explica cómo la política, al quedar fuera del mundo del mercado, promueve “tensiones”. El mercado, en cambio, propicia acuerdos entre ciudadanos libres responsables de sus propiedades, y las tensiones de la negociación no afectan las posesiones de terceros, pero sí desembocan en contratos que crean riqueza y benefician a todas las partes.
 
En el mundo de la política, las pujas redistributivas por las “cajas” vienen marcadas por una notable regularidad: jamás hablan los políticos de bajar los impuestos, es decir, jamás defienden a los genuinos propietarios de las cajas. Por otra parte, en la descarada politización de la financiación autonómica, los políticos a veces no aluden a “mi caja” sino a víctimas colectivas, por ejemplo, “Cataluña paga al Estado más de lo que recibe”. Lo que quieren decir nunca es: queremos que los ciudadanos paguen menos impuestos, sino algo distinto: los políticos catalanes queremos más dinero para gastarlo nosotros.
 
Los más que dudosos cálculos sobre las “balanzas fiscales” son utilizados en tiras y aflojas políticos, pero nunca para cuestionar la propia política. Nunca se acercan las reflexiones a ideas subversivas como, por ejemplo, alguna de las dos siguientes. Primera, los Estados no tienen recursos, porque todo se lo quitan a los ciudadanos, con lo que quizá deberían respetarlos más a ellos y sus bienes. Segunda, dado que los Estados recaudan y gastan pero siempre se quedan con algo, en realidad el conjunto de la ciudadanía inevitablemente paga a las Administraciones Públicas más de lo que de ellas recibe.