Un amigo de la Libertad

Federico Jiménez Losantos

Es tanto lo que ha hecho Juan Pablo II por la libertad -también por España- que nunca dejamos de considerarle uno de nuestros líderes; de los pocos que, durante toda nuestra vida, llevaremos en el corazón

Federico Jiménez Losantos | 2005-04-07
Juan Pablo II ha sido uno de los papas más importantes de la Historia, sin la menor duda. Pero ha sido también uno de los políticos más importantes del siglo XX. Con Ronald Reagan y Margaret Thatcher consiguió frenar la decadencia terrible de Occidente, que caminaba con el silencio de los corderos hacia las fauces del imperio soviético, e invertir la tendencia de una forma radical. Los que no vivieron los años ochenta nunca podrán hacerse una idea de lo difícil que era romper con un paradigma arrollador que en la economía, la política y la religión suponía la permanente y aplastante legitimación intelectual del socialismo; o lo que es lo mismo, la deslegitimación de la Libertad. Los cuatro primeros años de aquella década fueron una titánica empresa de reanimación, en algunos aspectos de auténtica resurrección, de los grandes valores occidentales, frente a un totalitarismo que no estaba dispuesto a renunciar a su presa. No por casualidad, esos tres grandes líderes occidentales de finales del siglo XX sufrieron atentados gravísimos. Y el más terrible de todos fue el del Papa. Si la URSS no hubiera fallado en su designio criminal, es difícil saber qué mundo tendríamos hoy, pero seguro que no era mejor que el actual. Menos libre, sin duda. Sólo por eso, pues, los liberales de todo el mundo, creyentes o no, estamos de luto por el hombre que ha sabido morir como vivió: dando ejemplo.
 
Esas tres figuras gigantescas, que realmente acabaron con el imperio criminal más terrorífico de la Historia, fueron después difuminándose, bien por dejar sus cargos, bien porque ya habían logrado cambiar el mundo al hundirse el Muro, arrastrando a la URSS, y encauzaron su energía en otras direcciones o hacia otros ámbitos. Pero a los más jóvenes les resultará difícil entender el grado de intensidad de su compromiso con una causa casi perdida y cómo consiguieron galvanizar a toda una generación occidental, que es la nuestra. Fueron tres líderes muy distintos pero complementarios. Si desde el punto de vista intelectual fue Thatcher la que más abiertamente desafió el dogma socialista en todos los ámbitos, sólo la extraordinaria tenacidad política de un americano optimista y de principios como Ronald Reagan pudo lograr una reconstrucción económica y militar de Occidente tan gigantesca que, cuando la URSS quiso emularla, se colapsó. Sin embargo, el que quizás partía en peor situación, el que tenía la casa más revuelta, era el Papa polaco, Karol Wojtyla, que no sólo quería y debía hacer frente al totalitarismo soviético que ocupaba su patria y toda la Europa del Este, sino que además tenía dentro de su propia Iglesia un caballo de Troya descaradamente comunista, abiertamente totalitario y prosoviético: la Teología de la Liberación.
 
Plásticamente, nada pueda igualar las imágenes del Papa reuniendo a millones de personas en Polonia frente a la dictadura de Jaruzelsky, que antes de hundirse en el cieno de la Historia cometió asesinatos tan espeluznantes como el del cura Popieluzsko. Pero hay otra imagen que, aparte del teológico, tuvo un valor político, ideológico y moral incalculable: la del Papa en el aeropuerto de Managua, cuando uno de los curas ministros de la dictadura sandinista, Ernesto Cardenal, hincó o fingió que hincaba la rodilla para besarle la mano, encontrándose con el dedo admonitorio de Juan Pablo II, que de forma inequívoca le anunció el final de la tolerancia con el totalitarismo ensotanado. Ese gesto de autoridad, teatral y real, supuso el réquiem de ese leninismo disfrazado de teología que estaba devorando Iberoamérica. También fue la señal para que toda la Izquierda internacional se lanzara en tromba contra el Papa. Nunca se ha insultado tanto a nadie, ni a Reagan entonces, ni a Bush ahora. Pero el mundo supo que, mientras viviera, el Papa no iba a cambiar de principios ni de política. Ha vivido mucho, ha hecho mucho, deja tras de sí el afecto de millones de personas que, incluso sin compartir su fe o sin tener ninguna han vivido con él esa forma de agonía que es siempre la lucha por la libertad. Pese a que en Croacia, en Cuba o en Irak el Vaticano se haya apartado de las posiciones liberales en política exterior, nunca se le ha criticado. Nunca fue un enemigo. Es tanto lo que ha hecho por la libertad -también por España- que nunca dejamos de considerarle uno de nuestros líderes; de los pocos que, durante toda nuestra vida, llevaremos en el corazón.