Marbella o la democracia recalificada

Federico Jiménez Losantos

Federico Jiménez Losantos | 2003-08-15
La escena, en cualquier rincón del verano. En la tertulia nocturna, después de la copiosa cena, la bronceada concurrencia repantigada en la terraza, se muestra francamente escandalizada. Qué digo escandalizada: escandalizadísima. Lo ocurrido en Marbella es intolerable, dicen.

Absolutamente intolerable. Vamos, que no se puede tolerar. Es la degradación de la democracia, aseguran. No sólo la degradación sino la liquidación de la democracia. ¿Qué puede esperarse de un sistema donde ocurren cosas así?

— Pues que después de Gil gane las elecciones Torrente, como Terminator en California –añade el gracioso del grupo.

— Oye, pues no estaría mal. Ja, ja, ja. Seguro que hacía cosas divertidas.

— Yo le votaría.

— Toma, y yo.

— Y yo.

— Menos bromas , que así empezó Gil. Y ya veis.

— Oye, de broma, nada. Yo votaría mañana a Santiago Segura para lo que fuera.

— Para lo que fuera, sí. Para alcalde, no.

— Ja, ja, ja.

En la mesa de al lado hablan de la telebasura. Y de Marbella, claro. En la de más allá hablan sobre los tránsfugas y los partidos. Los de Madrid y Marbella, claro. Lo que no suele ser objeto de discusión, de debate, de chiste o de ocurrencia es el inmenso poder que está detrás de esa corrupción que se adivina inmensa. Un poder que no es otro que el de los políticos sobre la edificación; o lo que es lo mismo, el precio del suelo; o lo que es lo mismo, el precio de la vivienda. Al tal Muñoz no se le sublevaron por liarse con la Pantoja sino por echar al hombre de Gil en el urbanismo marbellí y querer pactar con Chaves el futuro de la construcción marbellí, el PGOU, como también le llaman. A la arbitrariedad con que la Junta de Andalucía y el ayuntamiento del PSOE daba y negaba permisos de edificar, replicó Gil repartiéndolos y repartiéndoselos, y retando a Chaves a derribar media Marbella, que por supuesto no derribó. Al contrario, trataron de hacer de Gil el Le Pen español que impidiera la victoria del PP, como Mitterrand con Chirac. Luego, se les descontroló.

Y bastantes años después, mal juzgado y bastante condenado, Gil sigue ganando las elecciones. Marbella ya no es lo que era, pero tampoco lo que era antes de Gil. Y entre pillos, que no bobos, anda el juego. Pero la gran cuestión, que es la capacidad de la clase política para hacer y deshacer fortunas a capricho, según les sople el viento o el interés urbanizador, sigue ahí. La democracia en Marbella no está más recalificada que en el resto de España. Simplemente, se nota más. Pero ya hace mucho que Santiago Segura empezó a crear su personaje a la sombra de las Torres de KIO, las de los Albertos. Ambos pendientes de recalificación, por cierto.

Cortina en el yate de Matutes, por más señas. No todo es Marbella; ni toda la corrupción está en ella. ¡Ojalá!