¿Qué alternativa tiene la globalización?

Pete Geddes

Pete Geddes | 2003-08-13
Bozeman, Montana (AIPE)- Durante una reciente conferencia hablé sobre ecología y alimentos genéticamente modificados. Varios de la audiencia manifestaron preocupación por la globalización. Algunos quieren detener la difusión de la economía de mercado y de las nuevas tecnologías, pensando que provocan la degradación del ambiente y la injusticia social. Están equivocados y explico por qué.

No hay duda que el capitalismo causa tensiones sociales, pero tales temores se reducirían si sus críticos confrontaran una pregunta: ¿Cuál es la alternativa? El balance de los últimos 150 años es muy claro. Más allá de la familia y de grupos pequeños, el capitalismo es la mejor y más humana manera de organizar las sociedades modernas. Bajo democracias y libre mercado, el nivel de vida aumenta mucho más y más rápidamente para todos. Ningún otro sistema resiste la comparación. Los países en desarrollo que instrumentan reformas de mercado y abren sus economías al comercio mundial avanzan en una sola generación lo que las naciones industrializadas lograron en un siglo. Los demás países se quedan estancados o retroceden.

El Instituto de Economía Internacional ha documentado ese avance. Gracias al más rápido crecimiento en los países de bajos ingresos, la proporción de la población mundial que vive en la pobreza se redujo de 44% en 1980 a 13% en 2000. Gran parte del avance se llevó a cabo en Asia. Lamentablemente, ha habido escaso progreso en las naciones social y económicamente reprimidas del África.

La democracia liberal y la economía de mercado van de la mano. Sólo ellas fomentan y protegen la libertad individual que es clave para la justicia social y el progreso. En vista de éxitos tan obvios, ¿por qué tarda tanto tiempo en difundirse por todo el mundo el sistema político y económico occidental?

El capitalismo indudablemente es un poderoso agente de cambio. Así lo describió en 1942 el economista Joseph Schumpeter en su libro Capitalismo, socialismo y democracia. Schumpeter reconoció el efecto desestabilizador del capitalismo e inventó el término “destrucción creativa”. A medida que empresarios descubren y aplican innovaciones hacen que la tecnología, la experticia y la maquinaria se tornen obsoletas. En algunos casos, comunidades enteras son desplazadas. Para Schumpeter la cuestión no es “cómo el capitalismo administra las estructuras existentes… [sino] cómo las crea y las destruye”. Schumpeter pensaba que la destrucción creativa es esencial para el progreso.

Pero los perdedores resienten amargamente las fuerzas del mercado que causan sus pérdidas. A menudo utilizan su poder político para obtener protección gubernamental. A corto plazo es posible, aunque muy costoso, suavizar los efectos del mercado. Por ejemplo, está claro que el estado de bienestar europeo no es sostenible. Produce alto desempleo, pasivos inmensos en el sistema de pensiones y una juventud descontenta.

Los japoneses han hecho todo lo posible para proteger su economía de la destrucción creativa. El rescate de bancos insolventes por parte del gobierno y la falta de reformas en un sistema político dominado por el compadrazgo han mantenido una recesión por 15 años. ¿No sería mejor dejar funcionar al mercado? Schumpeter predecía que el éxito del capitalismo conduciría a su eventual caída. Pensaba que la fricción social creada por la destrucción creativa generaría una clase intelectual que se ganaría la vida atacando el sistema de libertad y de propiedad privada.

Karl Marx comprendía esas fuerzas sociales. Él y Engels crearon una poderosa y motivante ideología. Pero, trágicamente, sus delirios utópicos produjeron un sistema político que mató a 20 millones de personas en la Unión Soviética y a unos 50 millones en China. Los intelectuales occidentales están enamorados de un sistema de gobierno que promete “justicia social”, pero que conduce al Gulag, los campos de concentración soviéticos. Como el premio Nobel de literatura Saul Bellow dice: “mucha intelectualidad puede transformarse en ignorancia cuando la necesidad de ilusiones es profunda”.

El siglo XX nos enseñó que las ideas tienen poderosas consecuencias. Es ingenuo pensar que la racionalidad y las teorías sólidas triunfarán automáticamente. El antiglobalismo está tremendamente equivocado, pero es poderoso.

Comparto la preocupación sobre derechos humanos, el medio ambiente y el bienestar de la gente, particularmente de los pobres. La furia por los estragos producidos por el capitalismo en el corto plazo es comprensible, pero la alternativa son políticas opresivas que frenan el progreso y destruyen la libertad.

Pete Geddes es director de programas de la Fundación de Investigaciones Económicas y del Ambiente (FREE) y analista de TechCentralStation.

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