Delicias progresistas

Carlos Rodríguez Braun

Carlos Rodríguez Braun | 2003-06-08
Maruja Torres y Juan José Millás ratificaron su condición de ídolos del progresismo esta semana: ella reclamó “un término medio” entre el capitalismo y el comunismo, y él afirmó: “bajar los impuestos, además de ser de derechas, es un crimen”.

La señora Torres llamó la atención por calificar de “hijos de puta” a los votantes del PP. Fue muy reprochada por ello, cuando en realidad no hacía más que condensar en una expresión soez la regla universal de la izquierda: se cree mejor que el resto. Esto es ridículo y monstruoso, pero cierto: la izquierda reivindica la primacía moral e intelectual. Así, los que no son de izquierdas, naturalmente, son unos hijos de puta, y se queda tan ancha doña Maruja. Sentada su superioridad ética, prosigue con este diagnóstico económico: es menester encontrar un punto medio entre “Cuba, donde hay cuarenta mil médicos y no hay ni una aspirina… y el sistema capitalista, donde no hay médico y hay cuarenta mil aspirinas carísimas”. Vamos, que son dos regímenes análogamente rechazables.

Lo del señor Millás revela también “fatal arrogancia”, que diría Hayek. Su tesis de que “subir los impuestos es de izquierdas” estriba en que con más dinero se pueden aumentar los gastos en sanidad, vivienda, educación, etc. Pero el dinero de los impuestos es de los ciudadanos: pedir que el Estado usurpe más y más, para gastar en sanidad o educación, supone que el Estado gasta mejor que los ciudadanos el dinero de éstos. Con tal supuesto, como mínimo cuestionable, la pregunta es: ¿y por qué les deja algo?

El ilustre columnista, con aire de quien ata todos los cabos, ya sabe cómo se cobrarán los mayores impuestos: serán recaudados a las personas como él, y más ricas, como si eso justificara cualquier desposeimiento forzado, como si el Estado no cobrara impuestos a los pobres, y como si alcanzara la expropiación de los ricos para pagar el gasto público.

El señor Millás termina manifestando paladinamente su apego a la coacción y por qué teme la libertad como si fuera un crimen: “viva la declaración de la renta”, dice.