En la muerte de Joaquín Vidal

Federico Jiménez Losantos

Federico Jiménez Losantos | 2002-04-11
Con Joaquín Vidal desaparece uno de los grandes escritores de periódicos del último cuarto de siglo español. Uno de los mejores y un caso realmente singular. Mucha gente leía sus críticas de toros en El País, pese a tratar de toros y pese a hacerlo en El País, que para muchos es la Biblia y para otros resulta ilegible de puro insoportable. Pero a Vidal se le leía, y exclusivamente por su estilo, por su forma de contar las cosas. No cabe mayor elogio para un escritor. Y Vidal lo fue de una pieza. Con todas sus aristas.

Al margen de sus crónicas taurinas publicó algunos libros de toros –el esencial, El toreo es grandeza–, hizo incursiones en la narración breve y, durante una temporada, su periódico le concedió una de esas columnitas en forma de larva que publica diariamente en la contraportada. Duró poco. No era hombre politiquero y lo que pensara sobre política, en su almario lo guardaba. Pero incluso en las épocas de mayor ostracismo de su sección, siempre se leía a Joaquín Vidal. O siempre llegaba alguien diciendo: “¿Leíste lo de Joaquín Vidal el martes?” Y por lo general añadía: “¡Qué barbaridad!”

Porque Vidal era un purista del toro, un fanático de la integridad defensiva y ofensiva del animal, un implacable debelador de los taurinos y de los toreritos ataurinados, un honradísimo extremista en esa plaza de todos los extremos que se llama Las Ventas. Su crónica era el vademécum de los disconformes y la donosura literaria del crítico suplía el menguado raciocinio de la tribu del pañuelo verde. Yo milité, cuando iba mucho a los toros con mi maestro y amigo Andrés Amorós, en las filas contrarias. Estaba y estoy en las antípodas de la forma de entender el toreo que predicaba Vidal en su página o que creían oírle predicar los del Tendido del 7 y la Andanada del 9. Pero no podía pasarme sin la prosa del crítico paisero, que había sido además uno de los que me resucitaron la afición y me devolvieron a la plaza.

Fue en los años de la Transición, cuando un grupo de intelectuales y periodistas de la izquierda antigua o seminueva –Dragó, Pradera, Aguilar, Diego Bardón, Barquerito, Abella, Amorós, Manolo Arroyo, Ullán, Savater y otros, bergaminianos o no– se empeñaron en redorar el prestigio de la Fiesta y borrar el estigma que la identificaba con el régimen franquista; naturalmente en los medios progres que podían y debían hacerlo: “El País” y Diario 16”. Recuerdo el placer con el que allá por 1980 leía en Barcelona a Joaquín Vidal. Eran los primeros y mejores años del que, por entonces, era también mi periódico, donde empecé a publicar. Por cierto que era una de las cosas que la izquierda catalana le echaba en cara a El País: que tuviera página de toros. Y se equivocaban: lo que tenía era la página de Joaquín Vidal.

Llegué a un compromiso entre mi gusto por su prosa y mis disgusto por sus juicios: sólo le leía las crónicas de las corridas que yo no había visto. Mano de santo. Ya no me indignaba que contase otra corrida y me divertía horrores la ferocidad con que arremetía contra la acorazada de picar o el desagarro con que denunciaba cualquier estafa del palco. Era la hipérbole en subordinadas, era la metáfora en la honda, era el Apocalipsis nuestro de cada día, era el cronista de sus pasiones y el forense del tocomocho. Pero también podía ser el copista devoto del vuelo del capote de algún viejo maestro en una tarde friolenta de otoño. Parecía un niño metido en un hombrón, un adolescente que nunca encontró empleo. No templó pero, a su manera, siempre paró y mandó. Ha sido tremendo.