Puro teatro

Carlos Rodríguez Braun

Carlos Rodríguez Braun | 2002-04-02
En el Día Mundial del Teatro, la Asociación de Actores y Directores Profesionales de Catalunya emitió un manifiesto donde se quejó del mercantilismo y la presión comercial que “oprime” la creatividad. Esto lo dijo en ¡el Teatro Nacional de Catalunya! El hecho de que la creatividad dramática del pasado no costara un duro al fisco, y la posibilidad de que hoy los contribuyentes pudieran estar “oprimidos” por las autoridades para financiar el teatro no es algo que inquietó a estos actores y directores “profesionales” catalanes.

Por su parte, la Asociación de Autores Españoles protestó porque los empresarios prefieren poner en escena a Jardiel Poncela en lugar de a ellos. Jesús Campos, presidente de la Asociación, lamentó: “el teatro es riesgo y los empresarios lo rehuyen”. Es un lenguaje raro, porque los empresarios naturalmente aprecian el riesgo. Lo que no hacen es suicidarse, y aquí la mayor parte de los dramaturgos, acostumbrados a escribir para la subvención y no para el público, obviamente han perdido algo esencial en el teatro: eso que se representa debe gustarle a alguien lo suficiente como para conseguir que pague la entrada. Eso, justamente, es lo que sucedía cuando la gente pagaba para ir a ver obras de Jardiel. Y sigue pagando ahora. ¿No será que Jardiel es, simplemente, mejor que nuestros contemporáneos, que desdeñan el “mercantilismo” porque no quieren ni pensar en lo que a la gente corriente y moliente le puede gustar?

Peor que el teatro es el camelo, porque en el teatro te engañan pero te avisan antes. Jacques Chirac pidió –¿no lo adivinan?– un impuesto global contra la pobreza, mientras que Castro –¡Castro!– acusó al liberalismo de “genocidio”. Sergio Ciancaglini, escritor y periodista argentino, autor de un libro llamado nada menos que La revolución del sentido común, aseguró que la Argentina fue “un mercado absoluto”. No contento con esta bobada, repitió una vieja patraña de Perón: “cuando la política no regula, regulan los monopolios”. La consecuencia, por supuesto, es que hay que aplaudir cualquier recorte de la libertad, porque nos rescata abnegadamente de “los monopolios”.

Si esto es lo que se representa, pidamos que caiga de una vez el telón.