El desastre del mercado laboral en un gráfico: dualidad, sueldos y las consecuencias de la crisis

Domingo Soriano

Salimos de la crisis sin resolver los problemas del mercado laboral más dual de Europa. Los jóvenes, principales damnificados.

D. Soriano | 2019-05-05

Que el mercado laboral español no funciona no es ningún secreto. Incluso, que es uno de los que peor lo hace del primer mundo. Junto al italiano y el griego, el más ineficiente.

Esto siempre ha sido un problema. Incluso en épocas de fuerte creación de empleo, nuestro país ha mantenido tasas de paro por encima de la media europea. Y no sólo es cuestión del porcentaje de desempleados: los salarios, el empleo precario, la dualidad, la falta de formación… los problemas se acumulan.

Hace unas semanas, la OCDE publicaba su informe "El futuro del empleo 2019". Como su propio nombre indica, es un estudio destinado a anticipar y explicar las tendencias que marcarán el mercado laboral de las próximas décadas. Y para explicar el futuro, también recurre al pasado, a lo ocurrido en los últimos años y a lo que esto nos puede indicar para los próximos.

Las conclusiones no son nada halagüeñas. España lo ha hecho mal (muy mal) en las últimas décadas y lo previsible es que, si no cambia nada, lo siga haciendo mal en las siguientes. Y no, la culpa no es de la reforma laboral de 2012: los datos ya eran pésimos antes de que se aprobara. El problema es estructural, de un mercado que no funciona (también uno de los más rígidos e intervenidos de los países ricos). Ahora la pregunta es si algún partido se atreverá a hacerle frente a este problema en esta nueva legislatura que ahora comienza.

El gráfico

De todos los datos, tablas y estadísticas que contiene el informe, quizás el siguiente gráfico sea el más significativo en lo que toca a nuestro país. Muestra los cambios que ha habido en el empleo desde 2006, diferenciando entre empleos de "Salarios bajos" (menos de dos tercios del salario mediano), "Salarios altos" (más de 1,5 el salario mediano) y "Salarios medios" (los que están situados entre los dos límites).

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Pues bien, como puede verse, España es el país en el que más han caído los trabajos con sueldos situados en las categorías de "medios" y "altos" y el que más han subido los de sueldos bajos. No es extraño, por lo tanto, el descontento creciente en muchas capas de la población: tras una década (el estudio hace referencia al período 2006-2016) hay pocas noticias positivas en el mercado laboral.

Es cierto que el estudio se deja fuera la mejor parte de la recuperación, los dos últimos años y medio en los que el empleo siguió la tendencia ascendente que comenzó en 2013 y, al mismo tiempo, los salarios comenzaron a registrar buena parte de los efectos de la bonanza económica. Pero más allá de esa cuestión, resulta llamativo la evolución del mercado laboral español en esta crisis y las tendencias salariales que se intuyen en la salida de la misma.

Porque, además, no es cierto, como a veces se dice que la reforma laboral de 2012 haya exacerbado los problemas de dualidad o temporalidad. Tampoco los ha solucionado, eso es evidente, pero la tendencia venía de mucho antes.

Y no es verdad, tampoco, que el mercado español se caracterice por la precariedad, así, en genérico. En realidad, lo que nos define es la estructura dual, con una mayoría de trabajadores fijos, para los que la crisis (si no ha tocado a su puesto de trabajo) ha podido ser incluso un buen período, y una minoría de temporales que soportan los ajustes, los bajos sueldos, la falta de formación… Eso sí, una minoría que se mueve entre el 25-30%, unos niveles desconocidos en la mayoría de los demás países europeos y que no se explica, ni mucho menos, por la estructura productiva o características de nuestra economía.

Una estadística muy significativa, del mismo informe de la OCDE: España es el país en el que más ha aumentado el período medio en el puesto de trabajo entre 2006 y 2017. Pero esto no es una buena noticia, sino el resultado estadístico de esas tendencias de las que hablábamos antes. Como la crisis arrasó con 3 millones de empleos temporales y afectó menos a los fijos, los puestos de trabajo que quedaron vivos tenían una antigüedad media más elevada. Sólo en un mercado laboral tan absurdo como el español el aumento de la antigüedad media es un reflejo en realidad de la dualidad y precariedad que afecta a buena parte de sus integrantes.

Lo que se intuye detrás de todas estas cifras es un mercado laboral dividido en dos grandes grupos, los que consiguen un empleo fijo y los que no. Es cierto que ha caído el número de puestos de trabajo de alta remuneración, pero eso sólo puede querer decir que los que han mantenido su posición han salido reforzados de esta durísima década. Hablamos de los trabajadores fijos, sobre todo de nivel educativo medio-alto, con más antigüedad (y edad, normalmente) y de empresas más grandes (también entran aquí, por supuesto, los funcionarios). Para la mayoría de aquellos que cumplan con este perfil, la gran recesión no lo ha sido tanto.

Y al contrario, para los que no consiguieron subirse al carro del empleo fijo antes de 2007-08 (o los que perdieron el empleo desde entonces), la última década ha sido durísima. Hablamos, sobre todo, de los jóvenes (especialmente la generación nacida entre 1980 y 1995). Estos se estrellaron contra el muro infranqueable de un mercado laboral disfuncional: como no tenían experiencia nadie les hacía fijos; al no ser fijos no recibían formación ni tenían demasiadas oportunidades de desarrollarse profesionalmente; sin formación y crecimiento profesional, no acumulaban experiencia de calidad… y vuelta a empezar. Es la trampa de la precariedad, de la que tanto se habla aunque tan poco se explica.

No es extraño que muchos de ellos estén completamente decepcionados con el funcionamiento de un mercado laboral que intuyen completamente injusto. Algo que puede intuirse mirando el siguiente gráfico.

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Lo que refleja el gráfico es el cambio en el porcentaje de jóvenes de nivel formativo medio y alto que cobraban sueldos bajos-medios-altos entre 2006 y 2016. Pues bien, como vemos, España lidera (en el peor sentido de la palabra) a los países de la OCDE para los universitarios. Es decir, somos el país en el que más ha crecido el porcentaje de jóvenes con estudios superiores que cobra un sueldo "bajo" (por debajo de 2/3 de la mediana del país). Y algo parecido ocurre con los trabajadores jóvenes con estudios de nivel medio (nivel de secundaria superior o bachillerato). Ni siquiera la formación ha sido en estos años un resorte que diese paso de forma automática a un buen empleo y sueldo (aunque hay que apuntar que el bonus educativo en el salario ha aumentado en esta última década, quizás porque a los que se quedaron sin empleo y sin formación les ha ido todavía peor).

Este sábado, en Libre Mercado analizábamos la productividad y el pésimo desempeño de nuestro país en las últimas décadas: unos datos que son causa y efecto de todo lo relatado en este artículo. Los sueldos que se cobran en un país (en España y en todos los países del mundo) dependen, sobre todo, de la productividad de su economía. Es evidente que la dualidad y la falta de estabilidad en el empleo, sobre todo de los jóvenes, no ayuda para nada. Es imposible que una empresa que se nutre de empleados nuevos cada 4-6-8 semanas sea muy productiva; y es igual de imposible que un trabajador en esa situación, con unas expectativas en su puesto de trabajo que se miden en días, tenga algún aliciente a formarse o mejorar su productividad. Y eso por no hablar del fijo que no cambia de trabajo (aunque sea a mejor) con tal de no perder la "antigüedad".

La pregunta que deberíamos hacernos es por qué ocurre todo esto en España. ¿Son los empresarios de nuestro país malvados en comparación con los holandeses, daneses o alemanes? No lo parece. ¿Están los jóvenes españoles mucho peor preparados que sus pares europeos? Pues tampoco es una explicación muy convincente. Lo que sí es diferente en España es la regulación laboral, una de las más rígidas de Europa: no hay muchos países con ese muro entre fijos (ultra-protegidos) y temporales, que condiciona casi todas las decisiones de empresarios y trabajadores. Y por ahora eso no parece que vaya a cambiar.