Cuando Franco pidió a Rappel adivinar su futuro familiar

Manuel Román

El vidente ha debutado como actor teatral y prepara sus memorias. 

Manuel Román | 2017-07-08

Aparece estos días anunciado en las carteleras de un teatro de la Gran Vía madrileña como protagonista de un vodevil. En el mismo local donde hace sesenta años se estrenara El último cuplé, de Sara Montiel. Rappel está eufórico tras su debut como actor en El secuestro del adivino, función en la que incorpora el papel del vidente más conocido de toda España, al que una banda secuestra. En realidad, unos "pringaos" que quieren lucrarse con el rapto. Él dice que esto viene a ser un broche en su carrera y piensa recorrer cuantas teatros de toda España se interesen para contratarlo de aquí a fin de año. Por supuesto que en el escenario salen a relucir sus habituales túnicas y la pedrería que siempre se pone encima. Yo me lo encontré una mañana en una feria de bisutería fina adquiriendo material. Con sorna, comenta: "Con esta obra que me permitirá viajar tendré que llevar consigo un baúl, como la Piquer".

Rappel está preparando sus memorias, que presumo serán jugosas, aunque no me atrevería a decir si exentas o no de fantasía. Porque, juzguen ustedes: asegura que un día acudió al Palacio de El Pardo para adivinar el futuro familiar de Franco y su esposa, doña Carmen Polo, y que al concluir sus videncias, contempló al anterior Jefe del Estado con lágrimas en los ojos. ¿Es o no es una experiencia sensacional? Porque durante los cuarenta años que el llamado Caudillo gobernó España no hay constancia en documentos, en fotografías y en crónicas que en las audiencias que presidía recibiera a otras personas que no fueran militares, cargos públicos y algunos personajes relevantes de la vida española. Pero jamás, fuera de la recepción anual en el Palacio de la Granja, conmemorando el Alzamiento Nacional del 18 de julio cuando daba la mano a los artistas que actuaban ante él y el Cuerpo Diplomático, se tiene noticia que en su residencia recibiera a nadie que no fuera de la condición antes aludida. Pero habrá que esperar la salida del libro de Rappel para juzgar sus recuerdos, entre los que dice se cuentan sus encuentros con la Reina Victoria Eugenia de Bettenberg (a quien tampoco era fácil ver, salvo en Lausanna, y que en su única visita a España para el bautizo del hoy Rey Felipe, su bisnieto, aceptó un besamanos en el Palacio de Liria); con la Condesa de Barcelona, a la que confeccionaba algunos vestidos, la Emperatriz Soraya, Elizabeth Taylor y un largo etcétera. Esas memorias llevarán por título "Rappel y sus cien estrellas". Los posibles beneficios de la venta del libro irán a parar a Misioneros de la Paz, las obras del padre Ángel, lo que es sin duda un generoso rasgo del vidente.

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Rappel en 2015 | Archivo

Rappel cumplirá setenta y dos años el próximo 20 de agosto. Nacido en Madrid, se llama Rafael Francisco Payá Pinilla, y el sobrenombre habrán adivinado es consecuencia de unir las dos primeras sílabas de su nombre y primer apellido. Rappel, en lenguaje comercial, es el descuento que obtienen como ganancia las empresas. Y bien que se ha ganado la vida nuestro personaje, aunque por su elevado tren de vida en los últimos tiempos haya tenido que poner a la venta su elegante piso del madrileño barrio de Salamanca, uno de los más caros de Madrid, si no el que más, y desprenderse de alguna de sus empresas que arrojaban números rojos en sus libros contables, misión de la que viene ocupándose su compañero de hace treinta años, José, al que se unió en feliz convivencia tras divorciarse de su esposa, Luisa Chaverri, con quien tuvo tres hijos, el varón de los cuáles lo ha convertido en abuelo.

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Una de sus famosas entrevistas | El Desván de Alaska

Desciende de familia de acomodados comerciantes. Su padre mantenía relaciones en su negocio con Cristóbal Balenciaga, el gran modista español afincado en París. En el piso superior de la vivienda familiar Rappel instalaría su negocio de sastrería y moda, situado en la madrileña calle de Ayala. Había estudiado en un colegio de jesuitas y luego asegura que hizo un curso de francés nada menos que en la Universidad de la Sorbona. Pero no quiso dedicarse a la docencia: le atraía más ese mundo del diseño y confección de vestuario. La Alta Costura, cuando todavía a mitad de los años 60 era rentable, le proporcionó a Rappel amén de buenas ganancias u contacto con lo que se llamaba "la buena sociedad". Yo lo recuerdo en esos años y en los 70 acudiendo frecuentemente a estrenos teatrales y cinematográficos, a saraos y fiestas de alto copete, encantado de aparecer de vez en cuando en las páginas de las revistas rosas. Hasta que un día abandonó el mundo de la moda convencido de que poseía unos poderes especiales para adivinar el futuro de la gente, o aproximarse a los problemas de los demás, aconsejándoles bien a través de los naipes o de otros medios habituales en quienes aseguran poseer tales dones, como "leer" en los posos de una taza de café.

Y entonces fue cuando Rappel comenzó su escalada hacia la popularidad, anunciándose en las páginas de anuncios de periódicos y revistas y compareciendo en diversos programas de televisión, ataviado de túnicas cual si fuera el mismísimo maharajá de Kapurtala, con sus cabellos recogidos en trenzas o coletas. No se perdía los veranos en Marbella, donde integrantes de la denominada "jet set" lo consultaban a menudo. En cualquier caso, Rappel es un singular personaje, dicharachero, divertido, que tenga o no poderes sensoriales siempre es el perejil de cualquier salsa que se precie, llámese Gran Hermano Vip o un espectáculo folclórico. Anima cualquier jolgorio y se pasea por ese mundillo frívolo como pez en el agua.