Los Ángeles 1932: demasiados conflictos para tan poco juego

Tolo Leal

Unos Juegos sin fútbol, sin recursos, con menos participantes, y con la polémica exclusión de Paavo Nurmi fueron el resultado de volver a América.

Tolo Leal | 2016-03-24

Después del indudable éxito que habían alcanzado los Juegos en su organización en Europa, Baille-Latour decidió darles la prueba de fuego definitiva, al volver a dar el salto a Estados Unidos. Debía ser su consagración como evento mundial, después del fracaso de 1904.

El producto ya estaba mucho más macerado. Sus resultados eran de cada vez mejores, el nivel no paraba de crecer, y por lo tanto el espectáculo era a cada vez mayor. Así que nada podía fallar. Esta vez era la buena. Con lo que no contaban los miembros del COI era con la temible crisis financiera de 1929, que supondría un nuevo y enorme palo para los Juegos.

Aún así, se decidió mantener la sede, pese a que resultaba un arma de doble filo. Ante la precaria situación que se vivía, y la cantidad de protestas y levantamientos que se sucedían, todo podía volverse en un gran fracaso. No obstante, Los Ángeles sería la sede, como medida reparatoria para el país.

Triste despedida de Nurmi

Y quizá por todo lo comentado anteriormente, los Juegos tuvieron sus más y sus menos. Se redujo drásticamente el número de participantes, en gran parte a causa del largo y costoso desplazamiento que se debía afrontar. Así, de 46 países en Amsterdam 1928 se pasó a 37, y de 3.014 atleta, a 1.408.

Completamente ajeno a Los Ángeles pero igualmente doloroso para los Juegos fue el fracaso en el campeonato de fútbol. Después de la reciente creación de los Campeonatos del Mundo, cuya primera edición había visto la luz dos años antes en Uruguay, las selecciones dejaron de prestarle importancia a los Juegos, y de hecho en esta edición incluso se vio cancelada la competición por la falta de equipos.

Pero donde sí tuvo que ver, y mucho, Los Ángeles, fue en una decisión tan lacerante como injusta: la exclusión en la competición de Paavo Nurmi, el primer gran héroe de los Juegos Olímpicos. Todo, por el conflicto ya existente desde muchos años atrás del profesionalismo en el olimpismo.

El caso es que diversos países denunciaron que Nurmi había cobrado por correr en diferentes pruebas, y que por ello era profesional, y por ende no podía competir. Finlandia lo negó, y apuntó a su atleta, aunque 'sólo' en el maratón. Nurmi, de hecho, llegó a viajar a Estados Unidos, pero el día antes de la ceremonia inaugural se le comunicó que no podría competir.

Nurmi se quedó sin sus cuartos Juegos, después de haber conquistado nueve medallas de oro y tres de plata en las tres ediciones anteriores. Triste adiós para un gran campeón, aunque se tomaría su especial venganza 20 años después en Helsinki.

Una superproducción de Hollywood

De todas maneras, en Los Angeles también se hicieron muchas cosas muy bien. Gracias a la aportación del gobierno –un millón de dólares- y a una suscripción de bonos –un millón y medio de dólares- se construyó el estadio más grande que jamás ha albergado unos Juegos Olímpicos, el Los Angeles Memorial Coliseum, con capacidad para 105.000 espectadores.

No fue la única gran construcción. Una piscina para 10.000 espectadores, y la conversión en velódromo del estadio de rugby de Pasadena, con capacidad para 85.000 personas, también fueron escenario de los Juegos. Así como una versión mejorada de la Villa Olímpica que ya había ideado París 1924, y que colmaba los anhelos del espíritu olímpico de Coubertin.

Eso, unido a la proximidad hollywoodense, hizo que el acontecimiento angelino se montara como una superproducción, con una gran afluencia de reconocidos cineastas y actores que se mezclaban entre el público.

Una mujer, la estrella

En contraposición a la polémica vivida cuatro años antes con las atletas –y que también estuvo presente en Los Angeles cuando las 127 mujeres inscritas tuvieron prohibido alojarse en la Villa Olímpica, quedándose todas juntas en un hotel-, una mujer, Mildred Didrickson, fue la gran estrella de los Juegos.

Didrickson, más conocida como Babe, conquistó la medalla de oro en las pruebas de 80 metros vallas y de jabalina, y la de plata en altura. Y eso que vio cómo los árbitros anulaban su mejor salto "porque había pasado antes el listón con la cabeza que con los pies". En realidad era una avanzada a su tiempo, pues el salto Fosbury, el que hoy practican todos los saltadores, no nacería hasta 36 años después. Pero los árbitros no supieron verlo...

Seis meses después de aquel brillante éxito, Babe se pasó al golf, ganando 17 campeonatos internacionales, y siendo reconocida, junto a Jim Thorpe, como mejor deportista del medio siglo.

Otros atletas destacados de estos Juegos fueron el sueco Ivar Johansson, vencedor de tres medallas en lucha libre y lucha grecorromana; el argentino Juan Carlos Zabala, campeón olímpico de maratón; la esgrimista británica Judy Guinness, quien en un más que noble gesto hizo rectificar a los jueces que le habían otorgado la victoria en la final al reconocer que su adversaria austríaca Ellen Preis la había tocado dos veces anteriomente; o los niños-nadadores japoneses, quien con Niyazaki, con15 años y Kitamura, con 14, a la cabeza, se adjudicaron cinco de las seis pruebas de natación disputadas.

Y es que pese a la reducción de participantes, el nivel de Los Angeles 32 fue alto, con unas grandes marcas, y un total de 18 récords mundiales. Estados Unidos volvió a reinar en el medallero, pese a que Japón la sorpendió en natación y Finlandia siguió dominando el medio fondo, con un total de 103 medallas, 41 de ellas de oro. Italia fue inesperadamente segunda, con 12 medallas de oro, 12 de plata, y 12 de bronce.

Un bronce español

España, por su parte, apenas se iba a desplazar hasta Los Angeles. Tan solo mandó a cinco tiradores y un balandrista, siendo Julio Castro del Rosario el abanderado. Pero si los tiradores pasaron sin pena ni gloria por suelo estadounidense, el veterano Santiago Amat, en sus terceros Juegos Olímpicos, logró una formidable medalla de bronce al cabo de las once regatas disputadas.

En definitiva, la actuación española podría considerarse a la par que los Juegos de Los Ángeles 1932: poco, pero bueno. La intención de demostrar que el evento ya estaba maduro como para dar la vuelta al mundo quedó colmada, y pese a la reducción de países y participantes, el nivel de los presentes y la magnífica organización permitieron de nuevo un más que aceptable espectáculo.

Todo lo contrario de lo que iba a suceder cuatro años más tarde cuando, en Berlín, el que se suponía debía ser el mayor espectáculo de todos los vividos hasta la fecha, terminó viéndolas de todos los colores.